La maquinaria del deporte Siglo XXI

En el país del vacilón y su pura vida, se habían encendido algunas luces iluminadoras. Jóvenes de nuevas generaciones querían triunfar, ser los primeros

En el país del vacilón y su pura vida, se habían encendido algunas luces iluminadoras. Jóvenes de nuevas generaciones querían triunfar, ser los primeros en sus campos, no ponerse límites.

¿Qué los mantenía con los pies y las alas amarrados en tierra? La mediocridad de las políticas de Estado y la codicia de las distintas gerencias de la empresa privada y federación deportiva.

Durante el siglo veinte, las distintas prácticas deportivas tuvieron su bautizo para que fueran ejecutadas por atletas de alto rendimiento; una élite de privilegiados se llevó las palmas de la victoria con sus hazañas. Y con cada victoria premios económicos y muchos otros beneficios. El país también salía ganando, se proyectaba su imagen, la calidad de su producto humano, su gente, su visión positiva, la unicidad de su producto interno.

La competencia entre atletas y naciones se había puesto cada vez más feroz. No era el valor de la persona atleta, sino la marca país que representaba cada participación con victoria, primero a nivel regional, luego nacional y finalmente la internacional.

Las aspiraciones humanas de ser felices pero aburridos , se volvieron cántico de perdedores y consumidores abúlicos.

Cada nación quería ver a los suyos no solo en el campo de los enfrentamientos deportivos, sino verlos ganar, escuchar en los podios su himno nacional, ver su  bandera izada y su orgullo nacional elevado al encuentro de una identidad suprema a través de sus atletas.

A esa fiebre contagiosa por épocas calendarizadas, había que posicionarle una inyección de energía al espíritu, fuente de poder y orgullo personal, nacional e internacional; hacer historia, ser la historia deportiva misma.

El único obstáculo en ese país de héroes locales inflados por la prensa de bocones era su propia mediocridad cultural, traducida en la satisfacción garantizada con solo clasificar y luego participar bien modositos, con coloretes en la mejilla como la “Heidi” del cuento. Se había hecho costumbre egregia y suficiente con la asistencia, y no la dura y despiadada confrontación con los otros atletas internacionales.

Se va para ganar, se compite para ocupar el primer lugar, solo a esos recuerda la historia. Y al que no le gusta, quédese en casa y sea testigo pasivo y amodorrado de los eventos por la virtualidad de la imagen, falsa o verdadera.

Hasta que un día, 24 años después de que se encendieran las pequeñas luces iluminadoras, el país del cuento tuvo la genialidad de crearse y recrearse con una nueva clasificación a la competencia deportiva mundial por excelencia, con tan mal augurio en la rifa eliminatoria por grupos de haber caído en el de la muerte, ese del que solo salen airosos los más plantados.

No le dieron ninguna posibilidad de sobrevivir, pero lo hicieron, y superaron su propia incertidumbre. Y querían más, pero en el deporte hay cosas que tienen su momento de gloria total, y esta no era la ocasión.

Sí se pudo avanzar y superar peldaños. ¿Cómo fue ese milagro?

Cabeza de entrenador y juego de los ejecutantes. Los jugadores por sí mismos nunca lo hubieran hecho. De ahí la disciplina férrea, estrategia, sistema táctico, cuido médico, control alimenticio, fe y confianza en un círculo cerrado que es la idea de equipo, todos para uno y uno para todos. Fue una fiesta nacional completa.

Además de bañarse en gloria nacional y sorpresa internacional, todos (as) sin excepción se hicieron ricos y famosos, algunos más de lo que ya eran. Hasta que surgió el pecado de exceso. El entrenador fue acusado de todos los maltratos y bajezas posibles en detrimento de los jugadores. Eso sí, ninguno devolvió la gloria obtenida ni los premios económicos.

El héroe entrenador se convirtió en antihéroe. Los dirigentes y jugadores en execrables hipócritas por haber callado los excesos a que fueron sometidos, pero qué sonrisa de inmortales se traían.

Y en el país del vacilón todo volvió a la mediocridad deportiva, fracaso tras fracaso.

En el siglo XXI solo sobreviven y triunfan los más fuertes, los que se preparan en grado superlativo y con exceso de celo, como el entrenador que mataron de inmediato.

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