La orientación sintomática del desarrollo

La idea del desarrollo parece abrigarse al amparo de un principio psicoanalítico que establece que el deseo no se satisface. En este sentido, mientras

La idea del desarrollo parece abrigarse al amparo de un principio psicoanalítico que establece que el deseo no se satisface. En este sentido, mientras se persigue con mucho ímpetu y mediante el sacrificio de los diversos recursos naturales y humanos que este requiere, el desarrollo se acerca apenas como para advertir a quienes lo anhelan que aún sigue distante. Como sucede con la neurosis histérica, también el desarrollo seduce y se sustrae. En el nivel de imaginario social, se crea la fantasía de que una vez alcanzado se resuelve el objeto del deseo. La patología consiste en que no existe tal realización del deseo, pues cuanto más deseos se satisfacen tanto más cantidad de expectativas generan.

El desarrollo no fuera tan peligroso si la idea difundida e impuesta -vía ideología, que se ha fortalecido en grado sumo después del advenimiento de la globalización y el libre mercado- no estuviese acompañada de la promesa tecnológica. El avance tecnológico ha diezmado el principio de realidad y ha magnificado el principio del placer; es decir, se piensa que el rumbo al cual se dirige acaba en la meta de poder solucionar cualquier problema y satisfacer toda necesidad o demanda. Entretanto, los gemelos del desarrollo y el avance tecnológico caminan juntos, impulsados por la lógica de mercado; ambos se nutren de la necesidad de la producción, la industrialización y la manufactura a gran escala, procesos que  desencadenan también índices cada vez más altos de extracción de recursos naturales, contaminación y una mayor vulnerabilidad ante eventuales desastres mal llamados naturales. Valga agregar, eventos que surgen como contraindicaciones de una medicina que con frecuencia lesiona, ocasiona pérdidas materiales significativas y causa víctimas fatales.

 

Una sociedad cuyo sentido de vida se halla en el consumo de bienes y servicios, se asemeja al sujeto que ha carecido de afectos indispensables e intenta resarcir sus insuficiencias emocionales con efectos de consumo contenidos en los múltiples objetos-mercancía, sobre los cuales este ha proyectado aquellas debilidades. De este modo, en el ámbito de lo social la incapacidad estatal para propiciar espacios de desarrollo humano constituyen, al fin y al cabo, la causa que estimula la orientación equívoca del desarrollo y el avance tecnológico. Desde esta perspectiva, como se ve, estamos hablando también de una epidemia mundial. Se nos hace creer a diario que tanto el desarrollo como el avance tecnológico solo pueden avanzar en una única dirección y esta está relacionada con la producción y atención de la demanda de bienes de consumo. Las iniciativas de desarrollo local, además de ser invisibilizadas, se conciben y se hacen parecer como proyectos, unas veces solo posibles en determinados contextos de características específicas, otras tantas como emprendimientos de personas o grupos excéntricos.  

 Al margen de toda objetividad y comprometiendo el don del sentido común, la idea dominante y dogmática de desarrollo crea prejuicios del tipo, “los proyectos de desarrollo local o economía solidaria tienen limitaciones para su expansión debido a su naturaleza misma”, “estos proyectos pueden permanecer como expresión de la diversidad del mercado global pero no constituir mercados alternativos”, “los proyectos locales o de economía solidaria no  pueden crear fuentes suficientes de trabajo mientras que las megaempresas tienden a satisfacer toda necesidad laboral”, “el crecimiento económico es idéntico a la idea de desarrollo”, “un país desarrollado es un país de gente feliz”, entre otros. De tal manera, que el desarrollo más que un proceso que según la propaganda estatal, discurre de forma espontánea, en una única dirección y siempre acarrea bienestar, no es más que una manifestación evidente de nuestra sociedad enferma.

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