La policía y la sediciosa universidad

Asimismo –hasta por su edad es posible que lo recuerden- conocerán del movimiento estudiantil de la Universidad de Berkeley, a mediados de los

Quot servit tot hostes, Séneca
«Tantos siervos, tantos enemigos».

En principio cualquier jerarca estatal, que haya pasado por las aulas universitarias, ha oído hablar de “La Reforma Universitaria”. Esos jerarcas, por elemental decencia académica, tienen que tener alguna noticia acerca de La Reforma de la Universidad Nacional de Córdoba y el Manifiesto Liminar (Argentina, en el lejano 1918).

Asimismo –hasta por su edad es posible que lo recuerden- conocerán del movimiento estudiantil de la Universidad de Berkeley, a mediados de los 60; además de los anhelos de los universitarios del Mayo Francés, en 1968.

Sí, han de conocer esos, y otros, sucesos.  Pero como no es cosa de ilustrar a los ya ilustrados, dejémoslo de este tamaño. Sí digamos que es con estos acontecimientos, grosso modo, que se fragua el concepto de Autonomía Universitaria.

Amén de una independencia administrativa y académica, siempre se entendió que “autonomía universitaria” solía implicar la inviolabilidad de los edificios universitarios por parte de las fuerzas de seguridad. Se buscaba, con las reformas dichas y la idea de inviolabilidad, que no hubiera intromisión directa de las policías regulares en el quehacer universitario.

Pero, ¡oh sorpresas!, nos vamos dando cuenta -fiscal general y director del OIJ, mediante- que eso son pamplinas y a otros con esa amapola. Ellos interpretan que el concepto no da para entender que la policía universitaria tenga alguna función y que el campus es tierra libre para la persecución… y puede que tengan razón.

Concedamos que existe la posibilidad de interpretaciones –jurídicas o profanas- que justifiquen la intromisión de “la fuerza pública”. Otorguemos que hay normas que permiten el envió de 60 “efectivos” armados a un campus repleto de estudiantes y profesores, en principio, desarmados. Asintamos en que no es necesaria la coordinación con la rectoría para enviar refuerzos a la Universidad (y enviar estudiantes al hospital) y que no hay quebranto de textos jurídicos (aunque haya quebradura de dientes). Sí, admitamos que existe un ordenamiento que faculta a la policía a actuar tal y como actuó el lunes 12 de abril de 2010. Eso nos lleva, por arte de la analogía, o de birlibirloque, a entender -¿justificar?- el histórico actuar –y el andamiaje jurídico que los respaldaba- de la Ojrana zarista, El Checa leninista, la NKVD Stalinista, la Gestapo hitleriana (y hasta la oficina del senador Joseph McCarthy). Todas estas policías contaban con un puntilloso apoyo legal. Ahí, para entrarle a doble carrillo, la discusión está servida.

Lo que sí es lamentable ha sido las declaraciones de Francisco Dall’anese (Ministerio Público) y Jorge Rojas (OIJ) posteriores al hecho. Sus argumentos se han reducido a una falacia de “ad baculum”, una falacia de apelación a la fuerza. Y consiste este tipo de “razonamiento” que se apela a la fuerza, o amenaza de fuerza, para provocar la aceptación de una conclusión. “El OIJ no tiene por qué pedir permiso”; “La policía ingresó y podrá seguir ingresando”; “No fue un error no pedir autorización”; “Tiene que quedar muy claro que las autoridades universitarias no tienen ningún poder especial”; “Yamileth González [rectora] está sosteniendo una interpretación incorrecta [de autonomía]”; “Habrá que individualizar a las personas; ellos cometieron un delito de resistencia agravada y se les acusará”; “La policía no va a dejar de cumplir sus responsabilidades, deberes y órdenes porque haya ciudadanos que no quieren que se cumplan”. Podrá notar el lector en cuánta testosterona chapalean estas sentencias. ¡Aquí sí hay hombres, carajo!
 
Existe la idea de que la policía está para resguardarnos. A esto, según parece, hay que agregar un adendum: Los jerarcas de las entidades represivas, informan con toda gravedad, que ahora la policía está para resguardarnos… hasta de nosotros mismos. Y al que asome la cabeza que se cuide los dientes, porque en el quehacer policial uno no se anda con fruslerías.

¿Las normas, discutir sus alcances? Eso no importa. ¿Cómo no hemos aprendido, de tanto ver Hollywood, que El Bueno tiene que pasarle por encima a cualquier garantía para que El Malo sufra la justísima humillación y el necesario escarnio?

Si un oficial de tránsito corrupto se mueve dentro de la corrupción, si un vándalo comete vandalismo, si un asesino mata, las cosas están en su orden “natural”. Pero si la policía –órgano llamado a protegernos- violenta, golpea, aporrea y hasta puede llegar a asesinar a los protegidos, ahí sí que las cosas se pusieron patas pa’arriba.

 El fiscal general dijo que entraron a la Universidad y que seguirán entrando cuantas veces sea necesario. ¡Claro que lo podrá hacer! Lo hará siempre y cuando tenga un revólver al cinto o una pistola en la mano; lo podrá hacer si tiene una porra, si despliega bombas de gas, si gasta violentos artilugios, si usa proyectiles, si utiliza instrumentos de agresión; si está dispuesto a golpear, si está dispuesto a matar. Claro que entrará, si es la fuerza -y no la razón- el argumento. Por supuesto que ingresará cuando tenga a bien y cómo tenga a bien si una atormentada psicología lo lleva a sentir placer de provocar miedo. Claro que lo podrá hacer.

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