La retórica: El primer poder de la República

“Un hombre se encuentra a otro y le exclama:Hombre, había oído que habías muertoPues no parece -se ríe el otro-. ¡Como ves, estoy bastante

“Un hombre se encuentra a otro y le exclama:

Hombre, había oído que habías muerto

Pues no parece -se ríe el otro-. ¡Como ves, estoy bastante vivo!

No puede ser. El tipo que me lo dijo era mucho más de fiar que vos”.

La palabra, para los entendidos, es el resultado que deviene de nombrar las cosas. Posibilita la comunicación y expresa la interpretación que se tiene sobre el entorno. No obstante, hablemos. Si bien hay quien sostiene que la palabra es un barco en el que viaja la cultura y todos estamos de acuerdo en que materializa la comunicación, yo particularmente pienso que en muchas ocasionas reniega de su propósito. Claro que la falencia no es suya sino de quienes se sirven de ella.

Desde hace días vengo viendo y sufriendo su poder. El Estado se estremece si algún osado levanta voces en su contra. La conducta administrativa queda por mucho proscrita del terreno retórico, del uso del lenguaje que en consecuencia con el pensamiento platónico, que rememora al maestro, solo adula. Allí no encuentra representación. Pobre Sócrates, iluso. La retórica hoy como antaño sirve a muchos amos, ninguno, por supuesto que se identifique con la justicia.  Entonces, el paso pausado y los  traspiés lo marca la palabra en boca de Gorgias. De ese artífice de la oratoria plantado en el centro de una plaza que anuncia papas como remedio para alcanzar la eterna juventud, aún en contra del criterio del hombre cuyo conocimiento le impone responsabilidad, el instruido en la materia, que a su lado desmiente sus embustes.

Pero ¿será que debemos resignarnos? ¿El conocimiento no tiene valor alguno porque Gorgias es autoridad en las masas que se anuncia representante de los valores más excelsos de esta Democracia, el control social? Pienso yo que no.  Sus especulaciones y desidia ocupan el lugar de una verdadera conciencia crítica. Disfraza su intención. Salva con sus discursos a quienes se procuran alguna ganancia. La elocuencia de sus mentiras no solo es recibida por espectros boquiabiertos, sino que es alimentada con información sesgada de sus erráticos discípulos, para finalmente arremeter en contra de las instituciones estatales.

Exhibe su socarrona sonrisa, porque mientras asegura que quiere aliarse a la gestión eficiente, acuchilla con palabras los aciertos de tantos años. En Costa Rica primero fue el Instituto Costarricense de Electricidad y ahora, día a día, lanza desde la cúspide de la Caja Costarricense de Seguro Social ladrillos que la desmoronan desde su cabeza. Porque su discurso es “ecuánime”, de un hombre de fiar.

¿Y saben qué es lo peor? Que las papas no procuran la eterna juventud.

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