Las guitarras de San José

Como nota armoniosa de otros tiempos, las guitarras nos perfuman con su delicada nostalgia de una época pretérita. La guitarra se presta a este

Como nota armoniosa de otros tiempos, las guitarras nos perfuman con su delicada nostalgia de una época pretérita. La guitarra se presta a este tipo de invocación. La mente se transporta a mejores y más felices periodos de una humanidad latinoamericana. Tiempos cuando el romance era central y nadie se moría de hambre en las calles. El concepto del ser humano no estaba basado en una explotación voraz aun del espíritu y de su jornada hacia la eternidad. La mente recorre fiestas del corazón que no habían sido aún naufragadas  contra  las rocas de una ausencia de piedad y de altruismo. No había hiperenriquecimiento o hiperempobrecimiento. Los ricos no creaban desigualdad extrema y no faltaba el trabajo remunerado. Un cinco  conseguía el queso del día.

En una exquisita entrevista realizada recientemente a Z. Bauman, este declara que la incertidumbre generada a partir  de una antropología deshumanizada, crea pánico y terror. Crea un ser humano cuyo grado de certidumbre ha sido convertido en añicos y cuyos años de retiro pensionado están en jaque mate. Vidas aterrorizadas adentro de una matriz social carente de solidaridad y respaldo interpersonal.

No quepa la menor duda que la sociedad moderna es una que se desenvuelve contrariamente al mensaje de los Evangelios y para ese caso de todas las tradiciones religiosas que el hombre haya conocido. Su materialismo no yace en meramente mantener un consumismo obsesivo y adictivo, sino además de engrandecer ideales, que no son de orden o capacidad funcional espiritual. Si nos ponemos a investigar cuáles son los mensajes que nos llegan día a día, encontraremos que es el consumir y adorar de los productos de compañías y consorcios carentes de toda bondad humana posible. ¡Se está adorando a un dios que pide sacrificios humanos! A un cruel becerro de oro. Se desearía adorar un Donald Trump y su derecha económica, que grita contra los templos de Dios en la tierra. ¡Tiranos pues de un época poco merecedora de distinciones o alabanzas!

Joseph Stiglitz recientemente publicó un artículo en Vanity Fair en que habla del creciente poder del rico sobre el resto de la humanidad. Un 1 % de la población norteamericana tiene la riqueza de más de la mitad del resto del país. Esta superacumulación y sus consecuentes manipulaciones, contrarias al resto de la población, realmente son parte de la mancha cancerosa del presente medio. Es precisamente eso que causa la incertidumbre de las masas humanas planetarias, en la actualidad. La vida como un hecho impredecible, especialmente en materia de  sobrevivencia económica, causa estrés. ¡Eso hasta en las ratas de laboratorio se puede comprobar!

La humanidad no puede llegar a ser tantas mansiones rodeadas de océanos de tugurios, sin que existan perturbaciones mentales y conductuales de la máxima seriedad. Vivir en un estado de terror psicoeconómico es una consecuencia de un  terrorismo, tanto como el de ser acosado por Al Qaeda. Llega a ser  un hecho intrapsíquico, sin dejar de ser  un hecho externo. Se llega a internalizar. Si poco después de haber nacido, comenzamos a desarrollar los pánicos clásicos de un síndrome postraumático del estrés, habría que cuestionar a qué cámara de tortura hemos arribado en nuestra cuna.  La incertidumbre no permite el desarrollo de los niveles más altos de la personalidad humana. Maslow y su jerarquía de necesidades estaría de acuerdo con esto. Se está trayendo para abajo al hombre en vez de destacarlo cada vez más.

Se hunde al arcoiris en la cequia, en vez de ser elevado a la obra de consagración del héroe y del erudito. Lo prominente y egregio, no existe por mucho tiempo en los caños de los tugurios. No viene al caso ser tan sentimentalista, que no notemos ese asesinato del espíritu humano, que constituye el precario.

No se puede continuar padeciendo de una problemática del entendimiento o para ese caso una parálisis del corazón. El espíritu entumecido si bien busca un refugio, debe en algún momento, salir de su covacha conveniente, para emprender la lucha contra la desigualdad. Si la sociedad se enferma, todos nos enfermamos también. El pobre y el desamparado tienen algo en común con su opresor. ¡Es el terrible hecho de que ambos son humanos!

Esto es lo más lamentable; a saber: que el humano es el que destruye al humano. Nadie más lo hace. Ni extraterrestres, ni jirafas, ni terribles demonios, son los que producen la explotación. Es el hombre que mata al hombre. Lo subyuga para producir competitividad y luego lo deja abandonado en un tugurio. Ahí como puede ha de crear a sus hijos y vivir con su compañera. Las campanas de una muerte temprana se escuchan a su doquier. ¿Solamente porque es moreno o quizás extranjero, acaso ha de tocarle ese destino? ¡Su patrono vive en la mansión, que él le construyó!

Mas reza el Evangelio de San Lucas: “Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el reino de Dios”.

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