Los argumentos, estadísticas y proclamas ya no convencen

La incapacidad estatal de dar respuesta efectiva a exigencia de dignidad ha precipitado una sensibilidad de recelo y decepción. Ha pasado el mal gobierno, pero sus efectos persisten, por ello en la protesta callejera resuena firme la voz del alma desconfiada. El ciudadano reacciona ante un presente desgarrado por la decadencia de las representaciones figurativas […]

La incapacidad estatal de dar respuesta efectiva a exigencia de dignidad ha precipitado una sensibilidad

de recelo y decepción. Ha pasado el mal gobierno, pero sus efectos persisten, por ello en la protesta

callejera resuena firme la voz del alma desconfiada. El ciudadano reacciona ante un presente

desgarrado por la decadencia de las representaciones figurativas de una Costa Rica regionalmente

excepcional.
La categoría ideológica “suiza centroamericana” sustentaba la visibilización de la arquitectura rural y

urbana como materialización “evidente” de la belleza patria, a la vez favorecía la invisivilización de los

tugurios como materialidad evidente de la grosera tosquedad del país. Esto ya no es funcional. La linda

casita de campo ya no ciega la vista del rancho.

La vivencia cívica nacional se medió durante tiempo por elementos estéticos y éticos-políticos que

soportaban la articulación de expectativas cívicas adecuadas a las definiciones de significado del ser

costarricense. Aquella mediación se encuentra hoy deteriorada, con ello las expectativas han dado su

lugar a decepciones. Indignado con la situación de su mundo inmediato desprecia su presente, levanta

la voz, no se conforma con discursos de algún diputadito que se cree padre salvador de la patria.

El sujeto cívico concreto enfrenta la necesidad de sobrevivir sin referentes ideológicos invisibilizantes

entre los recodos de una sociedad que le empieza a resultar despreciable, decaída en su belleza, ausente

de progreso.

La certeza de las viejas expectativas se encuentra así vaciada de significado. La vivencia cívica se

encuentra entonces al borde de un desfase agudo. Una muy peligrosa tendencia hacia la anomia

cívica. Esa, por sí misma, podría precipitar la aparición de un escenario donde cualquier mal puede

engendrase y crecer.

El ciudadano costarricense sostuvo la firmeza de sus expectativas y confianza cívica en el agrado con

su mundo. En la íntima belleza de ser alguien en un mundo excepcional se gestó históricamente el

orgullo de ser costarricense.

Con el agotamiento de la estética de bienestar y progreso, esencia misma del ethos cívico

costarricense, la participación ciudadana decae, la patria es incapaz de despertar heroísmo. En la

vivencia cívica no hay ya aquel orgulloso compromiso con nuestra realidad histórica con el que

crecieron nuestros padres. Irremediablemente la conducta ciudadana se distorsiona. Los actividades

patrias parecen serle actividades abrumadoras, no le apasionan, más bien le generan menosprecio.

En múltiples conductas disfuncionales se corporalizan las diversas manifestaciones de desprecio por el

curso presente de nuestro mundo. Rupturas parciales, no abandonos.

El sujeto cívico sustituye expectativas por exigencias, constituye otras formas de dinámicas ciudadanas

ya de recelo, ya de protesta callejera. No hay una nueva forma de ser costarricense, sino reacción

ciudadana bajo otras condiciones.

No se trata de que se han desarticulado las superestructuras que organizan el espíritu civismo tico, sino

tan solo que se han debilitado las condiciones que median su materialización en conductas.

Pese al deterioro del mundo no se visualizan aún alternativas políticas sólidas, solo rostros plagados

de incertidumbre y decepción. Por ello, nuestro régimen de derecho puede aún traducir sus tensiones

estructurales en una solución superestructural.

La exigencia de una resignificaron de la democracia nacional que recupere el bienestar y el progreso

efectivo de nuestro mundo puede ser acogida como constante de estado para revitalizar la patria. Lo

que se requiere es la fortaleza de un gobernante que capaz de reconocer que no se gobierna para el

presente. El ciudadano necesita ver realizado su deseo de un mundo mejor; los argumentos, estadísticas

y proclames ya no lo convencen. Hay que remozar nuestra democracia antes de que un puñado de

brutos nos robe la alegría de ser quienes somos.

Profundizar el actual debilitamiento de las condiciones de mediación conductual cívica solo podría

disparar un escenario de aguda dispersión, un verdadero mundo de incertidumbres, dentro del

cual las opciones de radicalización atentarían contra él con demasiada facilidad. Las exigencias

ciudadanas pueden definir aún un cambio de rumbo en el curso de nuestro mundo que sea evidente y

tranquilizante.

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