Los Morera son de ojos azules

En dos horas de viaje en autobús, desde Ciudad Quesada hasta La Virgen de Sarapiquí, son múltiples y coloridas las escenas del diario vivir

En dos horas de viaje en autobús, desde Ciudad Quesada hasta La Virgen de Sarapiquí, son múltiples y coloridas las escenas del diario vivir que experimentamos los ciudadanos de a pie. Esto aparte del disfrute del paisaje que va quedando en el camino y de algunas peripecias que se sufren cuando se llena el camión.

Una tarde lluviosa de domingo, en julio pasado, me dirigía de San Carlos a Sarapiquí cuando, a la altura de Aguas Zarcas, subieron al bus tres jóvenes tamborileros, de los que a punta de lira, tambores y platillos se encargan de conectar el oído con el tuétano óseo del candoroso espectador los quinces de septiembre.

Eran tres adolescentes –señorita y dos varones− que regresaban a sus casas después de su práctica dominical. La joven se sentó contiguo a mi butaca, en el asiento del pasadizo; los muchachos delante de mí.

Una vez acomodado el trío, su plática inicial tocó el tema del olvido de los bolillos de un tambor por parte del más despistado de ellos quien, celular en ristre, resolvió el problema al instante gracias a la acción poco afanosa de un compañero que permanecía en el lugar del ensayo.

Superado el contratiempo, el diálogo, acaparado por la chica y uno de sus colegas, cambió de rumbo. Hablaron algo sobre la práctica del día, después sobre alimentos (era tarde y no habían almorzado) y acerca de las virtudes y defectos de sus pueblos de origen; por último sacaron a colación cuestiones del apellido y su pedigrí.

-¿Los Morera son de aquí, o hace poco vinieron a esta zona?- preguntó el compañero a la señorita Morera. –Bueno −contestó ella−, nosotros somos de los Morera de San José, aunque tengo tíos también en Alajuela. Mi abuelo se vino solo para acá hace muchos años; después lo siguieron dos hermanos. Ahora la familia es muy numerosa. Pero los Morera no son de Costa Rica … vinieron de España, y son todos altos, machos y de ojos azules. Los que viven en San José aún son así.

-¿Qué piensas hacer después del colegio?- inquirió el mismo muchacho. –Apenas salga del cole jalo para el norte, la yunai; allá tengo una hermana casada y con dos chiquitos –una pareja− que, por cierto, hace poco estuvieron en la casa casi dos semanas. Los niños hablan en inglés y casi no entienden el español- dijo en tono animado y mirada vivaz la señorita Morera.

-¿Y los niños son machos y gatos?- intervino el otro chico, que atento escuchaba. –No, resulta que mi hermana se casó allá con otro tico, bajito y moreno; por eso los güilas son como los de aquí- respondió la niña con ojos de lamento y tocando el timbre para bajar. Un poco confundidos, los chicos cambiaron de tema y bajaron más adelante.

Mientras, mi fuero interno se preguntaba: ¿tendrá en su casa o en la de algún tío o vecino, o habrá visto en su vida la hija de Morera algún gato de los que llaman “moriscos”?; y si la respuesta es afirmativa, ¿se preguntaría alguna vez la niña si existe relación etimológica entre las palabras adjetivos-apellidos “morisco”, “Mora”, “Moros”, “Morillo”, “Murillo” o “Morera”, que tan moriscos suenan? Por el “muro” (palabra  alternativa de cuya acepción diminutivo-peyorativa pudo derivarse el apellido Murillo) obstaculizador del conocimiento que significa un sistema educativo sin arraigo historicista, como el nuestro, me temo que no. Lo que sí salta a la vista cual realidad educativa reflejada en el imaginario cultural, es que el discurso de la Morera lo escuché, por primera vez, hace más de cuarenta años, cuando mi familia se trasladó de la montaña al pueblo de San Ramón, donde abundan los Mora, Murillo y Morera, y todos con marcados rasgos físicos de origen árabe, que pueden ser altos y blancos, pero rara vez rubios y de ojos azules. Además, entre ellos, los Mora han sido buenos comerciantes y asiduos buscadores de fortuna. Entonces sentí que el espacio-tiempo del  ser cultural tico no se movía desde hace cuarenta o cincuenta años.

Eso sí, los nostálgicos de la pureza genealógica siempre se quejan de la contaminación que su sangre ha sufrido por mezclarse con negros o con indios, como si las hormonas respetaran las barreras del racismo.

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