Mentiras de alto vuelo

El descargo de doña Laura sigue siendo el mismo de algunos de sus antecesores. No sé nada, lo desconozco, me engañaron, no me acuerdo,

No ha pasado mucho tiempo de que una diputada guanacasteca, Maureen Ballestero, fue acusada de utilizar un avión de la Fuerza Pública para asuntos políticos y personales. Al final, ningún ilícito, según el Ministerio Público, y unas cuantas lágrimas de falso arrepentimiento, fueron suficientes para que el asunto se declarara caso cerrado. El supuesto delito fue archivado. Pero «el final feliz» de ese «avionetazo» no es, no ha sido, ni será un caso único y excepcional en la vida política nacional. Cientos de situaciones delictivas han caminado de la mano de muchos y muchas funcionarias públicas. Una especie de «matrimonio consensuado» en nuestro quehacer político ha llevado a que delinquir, pedir perdón, llorar, echarles la culpa a otros o pedir renuncias, deje en la impunidad delitos de enorme gravedad. Amparados en la ignorancia politiquera de un pueblo, en las fallas periciales del Ministerio Público,  en la voracidad lucrativa de abogados reconocidos, en el poder económico, en la falta de ética o flojera de muchos jueces, miles de funcionarios públicos, incluyendo de los máximos poderes de la República, hoy gozan de libertad disfrutando de miles de millones de colones que le han robado al pueblo costarricense. Incluso, muchos de esos delitos se han cometido en alianza con extranjeros mafiosos  o bandas organizadas del crimen internacional. El uso de bienes públicos para beneficio personal o la utilización de «favores» o «donaciones» de empresarios que luego exigen ser «retribuidos» por los gobiernos de turno, ha sido y es una práctica muy común en el ideario político tradicional. El último escándalo ocurrido con el viaje de la gobernante Laura Chinchilla y su séquito de confianza en un avión privado de procedencia cuestionada, así lo confirman.

El descargo de doña Laura sigue siendo el mismo de algunos de sus antecesores. No sé nada, lo desconozco, me engañaron, no me acuerdo, la culpa no fue mía, yo confío en quienes me rodean, tomaremos drásticas medidas, que esto nos sirva de ejemplo, van a rodar cabezas, será inmediatamente sustituido, no se volverán a dar situaciones como estas…  Existe un léxico político muy bien orquestado para ocultar la verdadera gravedad del delito. Y doña Laura, como discípula y fiel representante de una clase política tradicional que apesta, sabe cómo responder ante una situación delictiva. Aparte de eso, es fácil pedirle la renuncia o echar del puesto a gente que sabe que llegó ahí, no por capacidad ni solvencia moral, sino porque si mira hacia atrás observará que dispone de un gran rabo siempre expuesto a que se lo majen.

La señora Chinchilla no puede esconder su nivel de responsabilidad. Quien gobierna un país no puede alegar desconocimiento de lo que hacen sus  más cercanos colaboradores. Menos de aquellos que se encargan de su seguridad personal. No imagino al presidente Barak Obama subir a su avión presidencial sin haber siquiera solicitado y recibido un mínimo informe de sus agentes de seguridad. En mi caso personal, siempre que le pido un viaje a mi  «taxista pirata», le solicito un informe de la ruta que va a seguir. Ahora, imagínese usted, si un gobernante de una República se sube en un avión privado sin saber de quien es y cómo lo consiguieron, lo único que demuestra es una irresponsabilidad total de sus funciones como gobernante.

La señora Laura Chinchilla no puede esconder su irresponsabilidad en un falso desconocimiento. El filósofo Jean Paul Sartre nos recuerda que somos culpables por acción o por omisión. Por lo que hacemos o por lo que dejamos de hacer. Nadie es tan ingenuo para montarse en un avión privado sin saber cuál es su procedencia. Si este fuera el caso, estamos ante una situación muy grave y verdaderamente peligrosa.  Y a partir de aquí podemos deducir dos cosas. Quien nos está gobernando es sumamente ingenua e ignorante y cualquiera la puede engañar. O simplemente es nuestra señora presidenta la que nos está engañando a todas y todos los costarricenses. Sería de mucho reconocimiento público que aquellos que renunciaron por este caso tan lamentable, asuman públicamente su responsabilidad o cuenten al pueblo costarricense los verdaderos pormenores de lo que está pasando en Casa Presidencial y el tipo de clase política tradicional que lleva las riendas de este país.  De lo contrario, de no actuarse a tiempo y con honestidad, la delincuencia política acabará con lo poco bueno que ya nos queda de nuestro país.

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