Milagros de la ginebra

 Mamá e hijos nunca imaginamos que llegara a escribir tal libro a pesar de que ya había compuesto un simpático “corrido” dedicado a su

A mi Tata siempre le gustó la ginebra; en particular, la conocida como “extra concha” y cuando la disfrutaba solía decirnos que algún día escribiría un libro titulado: “Milagros, Virtudes y Defectos de la Ginebra”. 

 Mamá e hijos nunca imaginamos que llegara a escribir tal libro a pesar de que ya había compuesto un simpático “corrido” dedicado a su caballo, el rifle, las botas y perros de cacería.

Y es que papá tenía mucha gracia para contar sus travesuras e historias de juventud. Para nosotros eran famosas sus historias de “revolucionario” irresponsable, de cazador o de cantor y bailarín de tangos en San Ramón de Alajuela. Sin embargo, ante la posibilidad de que escribiera la mencionada obra, podíamos fácilmente imaginar el texto dedicado a los defectos de ese licor.

Aún así, siendo yo un adolescente me correspondió vivir junto a la familia una experiencia memorable cuyo final feliz bien podría considerarse como uno de los milagros que papá le atribuía a la mencionada bebida espirituosa. Era el verano de 1961 y papá decidió que toda la familia, incluyendo primos, cuñados y nueras, disfrutáramos de una semana de vacaciones en la casona de la hacienda que tenía Evelio Benavides en Playa Tambor de Puntarenas (Décadas más tarde, esta hacienda daría origen al Hotel  Barceló de ese litoral).

Papá conocía muy bien la parte Sur de la península de Nicoya porque en años anteriores había trabajado allí como “dientista”; es decir, extraía piezas dentales en mal estado y las sustituía por puentes o “planchas de dientes” artificiales. Nunca cobró mucho dinero por sus servicios y además aceptaba arreglos de pago de los pobladores, la mayoría de escasos recursos. En realidad no fue un oficio lucrativo pero le alcanzó para cubrir sus gastos y aficiones personales y enviar algún dinero a mi madre e hijos que vivíamos en Calle Blancos.   

A principios de los años 60, Tambor y Montezuma todavía eran pequeños poblados costeros, compuestos de caseríos de madera, donde el progreso apenas empezaba a llegar. Sus playas eran limpias y prácticamente vírgenes, pero muy poco frecuentadas por los turistas nacionales o extranjeros, ya que la principal vía de comunicación era un servicio de cabotaje que los comunicaba con Puntarenas. Las vías internas eran simples carreteras de tierra y la gente utilizaba bestias y  carretas de bueyes como medio principal de transporte. Aunque existían oficinas de telégrafo, no había puestos de salud sino boticarios y las escuelas primarias generalmente tenían un solo maestro que impartía lecciones hasta el tercer grado. La mayoría de los habitantes de la zona se dedicaba a la ganadería bovina y de cerdos, la pesca, así como a la producción de arroz, maíz, frijoles y plátanos. La producción de granos la compraba el CNP y la acopiaba en su bodega de Montezuma y luego era embarcada junto con pasajeros, cerdos y gallinas en lanchas rústicas que llegaban los miércoles y domingos de cada semana y cuyo destino final era el “Muellecito” de Puntarenas. En ese trueque comercial, las lanchas traían bienes de consumo y marquetas de hielo empacadas en sacos de yute con granza de arroz.

En Montezuma existía la tienda de Rafael Rojas, una construcción grande de madera con un amplio corredor que daba al mar. Parecía un comisariato de la Zona Bananera, pues además de comestibles, abarrotes y otros artículos de primera necesidad, también ofrecía telas, zapatos, monturas y sus aparejos, cuerdas de pescar, licores y los sábados, helados de sorbetera. Cóbano era otro caserío cercano, pero parecía más un pueblo polvoriento del legendario oeste norteamericano pues no tenía mar; sólo tenía un aeropuerto de tierra visitado por avionetas que partían de la Sabana; no obstante, ese transporte quedaba reservado para las emergencias médicas o viajeros de mayores recursos. 

Volviendo al relato del viaje familiar hacia Playa Tambor, éste se inició cuando nos embarcamos, en la lancha “Don Bosco”, capitaneada por un marinero obeso apodado “Fincho”. Papá lo conocía bien, pues ya había viajado en esa embarcación en varias oportunidades. La lancha partió a la una de la mañana de un lunes,  sin embargo, pronto nos enteramos que la Don Bosco no viajaría hacia nuestro destino programado sino que se dirigía directamente hacia Montezuma, situada unos 15 kilómetros más al oeste de playa Tambor. Viajar hasta Montezuma significaba que de allí, todo el grupo tendría que viajar en carretas y/o bestias de montura hacia Tambor, cargando además con todo el equipaje; misión por demás difícil pues la disponibilidad de esos medios de transporte no era segura y el grupo era muy numeroso; por otro lado, representaría un gasto adicional importante para mi Tata y el resto de la comitiva. 

Como se podrá imaginar, el problema era difícil pero mi padre le buscó una solución inmediata. Recordó que llevaba una garrafa de plástico llena de ginebra “extra concha”. Así que decidió ir a la cabina del Capitán para invitarlo a tomarse “un traguito”. Como era lunes de madrugada, Fincho probablemente ya iba de resaca y por ello aceptó gustoso el convite de mi Tata. Para hacer “el traguito” más agradable, papá le sugirió a Fincho que consiguiera algunos limones y azúcar para hacer un jugo como “liga” de la ginebra. El Capitán asintió y le ordenó al cocinero de la lancha que buscara los ingredientes y preparara una gran cantidad de limonada. Como la lancha disponía de hielo en abundancia, muy pronto mi padre y toda la tripulación del Don Bosco bebían deliciosos cócteles de ginebra con limonada. Papá después nos contó, que el cocinero  inclusive preparó algunas “bocas” de pescado frito.

Conforme avanzaba la noche, papá continuó distribuyendo a granel ginebra entre los marineros de la Don Bosco. Después de dos horas, el ambiente ya era de fiesta y se escuchaban fuertes risotadas que provenían de la cabina del piloto, en particular de Fincho quien conversaba animadamente con mi padre. El “convivio” se prolongó por unas horas más y de pronto, Fincho dio la orden de que la lancha debía cambiar de ruta enfilándose hacia Tambor. Papá vino a darnos la buena noticia y todos nos llenamos de alegría. Sin embargo, el desvío de la lancha hacia Tambor significaba un giro de unos 10 kilómetros adicionales de navegación y probablemente una hora más de retraso para los pasajeros restantes. Además, el cambio de ruta también representaba un gasto extra de combustible y de trabajo para la tripulación durante las operaciones de atraque y zarpe en el muelle de Tambor.

Dejando de lado esas injustas externalidades, el hecho real fue que gracias a la afición de mi padre y de Fincho por la ginebra, pudimos desembarcar cómodamente un lunes en la madrugada en el recién inaugurado muelle de Tambor. Durante el resto de la semana, toda mi familia disfrutó de las cálidas y limpias aguas de Bahía de Ballena. No obstante,  cincuenta años más tarde mantengo la duda de si el éxito de ese viaje memorable se debió al ingenio de mi Tata o fue un milagro más de la ginebra, como él posteriormente acostumbraba presumir en diversas reuniones sociales.

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