Mora en nuestra independencia

Leía una noche de estas el artículo uno del decreto del veintiocho de febrero  de mil ochocientos cincuenta y seis y me preguntaba qué clase de acierto tuvo este gobernante al cobrar tributos a quienes más tenían para financiar la guerra filibustera, a solo 35 años después de la independencia de España. No había mayor […]

Leía una noche de estas el artículo uno del decreto del veintiocho de febrero  de mil ochocientos cincuenta y seis y me preguntaba qué clase de acierto tuvo este gobernante al cobrar tributos a quienes más tenían para financiar la guerra filibustera, a solo 35 años después de la independencia de España.

No había mayor tradición bélica aquí y había que enfrentar una ocupación militar en el área algo parecida a la que enfrenta hoy México y otros países del continente. Firma el decreto además Manuel. J Carazo, de Hacienda y Guerra.

El decreto de marras significó un préstamo. Estableció un “empréstito” de cien mil pesos distribuido entre “capitalistas” del país, para proveer  los gastos de la guerra  en defensa de la independencia nuestra y de toda la América Central.

Me llama profundamente la atención el decreto, por cuanto -habiendo de por medio una guerra inminente- Juan Rafael Mora Porras “salva” de tributar a aquellos cuya casa no valga más de mil pesos y su gobierno “reconoce a los prestamistas el 1%  mensual” sobre las cantidades que entren en el Tesoro Público.

De esta manera, Mora Porras nos da a la generación del siglo XXI un retazo de su innegable personalidad como político. A mi modesto parecer, él vio por encima del resto de centroamericanos que en la cruzada contra Walker –independientemente que fuera con apoyo oficial o camuflado de Estados Unidos- se jugaba, en aquel momento, el futuro de todos los centroamericanos.

Esto es innegable y la historia no puede arrebatárselo. Pero tampoco pueden elevarlo al paladín antiimperialista, desde el principio, que otros le otorgan. Distingo un “antiinjerencista”, que los hechos después nos demostraron que la guerra emprendida por él terminó en unos de los primeros acontecimientos antiimperialista que libra América Latina, contra la naciente potencia del norte.

En cuanto a Juan Rafael Mora Porras como  militar, percibo desde la escuelita José María Zeledón su guerra como foránea e injusta a todas luces. Hacer la guerra fuera de los centros de la población del Valle Central me hace pensar además que estaba claro en cuanto a dos importantes factores en cualquier acontecimiento bélico: tiempo y terreno. Las grandes distancias cubiertas por los combatientes parecieran indicarme asimismo que estamos ante un mando militar muy bien estructurado y disciplinado.

Estos dos últimos factores –estructura y disciplina militar- me hicieron cambiar la percepción enseñada en mi querida escuelita rural. Los hechos demuestran que no había tales soldados harapientos. Había armas modernas enviadas de Gran Bretaña (potencia colonial entonces) y existía una estructuración del ejército costarricense formado bajo la más férrea disciplina europea.

No fue, por tanto, Juan Rafael Mora Porras el Satanás con que lo vistieron quienes acabaron con él; ni el Dios que estuvo por encima del bien y el mal. Lo veo luchando por lo que se definirá claramente después como Nación (territorio, idioma y pueblo) al amparo del derecho a la autodeterminación; valga decir conjunto de facultades y responsabilidades de afiliarse y desafiliarse con esta o aquella tendencia filosófica o política; lo veo elaborando  sus propias reglas de financiamiento, de organización social, económica y política. En fin: configurando un concepto de soberanía.

El no “injerencismo” implica siempre el clamor por el respeto al derecho interno y al derecho internacional; por el contrario, la manifestación de dominio político y económico sobre los demás Estados, sea por la fuerza, subterfugios jurídicos o ambos, siempre encuentra resistencia en el “antinjerencismo”, pudiendo esta posición evolucionar hasta entender la agresión de que es objeto la soberanía de una nación por quienes llenan de tropas el territorio ajeno y cunden de barcos los mares que nos les pertenece.

Así, William Walker tiene una concepción clara del mundo que deseaba; Juan Rafael Mora Porras tuvo claro que la guerra  significaba  la supervivencia o  la muerte, como decía el clásico estratega chino Sum Tzu.. (El arte de la Guerra; Capítulo I, pág 1, párrafo 1).

Esto explica a este mortal por qué cuando un sector de la clase pudiente dio a Mora Porras el golpe de Estado, alegando que hacían un gran sacrificio por la Patria – palabras más, palabras menos, de Mariano Montealegre- el depuesto prócer fuera a parar a Estados Unidos por algún tiempo.

Su guerra contra Walker fue por lo que el filibustero  representaba para  Centroamérica, no porque fuera anti Estados Unidos. El “antinjerencismo” puede llevar a enfrentar la política del imperio, como sucedía con Roma antigua, pero no necesariamente dejar de guardar aprecio por el pueblo norteamericano o los romanos como sociedad. El “antiinjerencismo” puede ser circunstancial; el antiimperialismo es una manera de sentirse vivo.

A 189 años de la independencia política de España y 154 de la guerra contra el filibusterismo el legado que nos deja una y el otro es que, la independencia, se construye día a día y no es nada acabado. Y que los gobernantes de América Latina, en la medida que centren sus preocupaciones por lo que otros piensen de nosotros, las diferencias servirán a esos otros para dividirnos como continente, en lugar de ver en nuestras   diferencias  la fortaleza del continente de la esperanza.

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