¿Más cárcel? No, gracias: Cartago y la delincuencia juvenil

La cárcel como encierro surgió hace muchos siglos; sin embargo, como sanción propiamente dicha no sobrepasa los últimos 300 años de la historia humana.

La cárcel como encierro surgió hace muchos siglos; sin embargo, como sanción propiamente dicha no sobrepasa los últimos 300 años de la historia humana. No obstante lo anterior, se ha inculcado en el pensamiento de los miembros de la sociedad actual que es la única forma de control de la delincuencia.

Los medios de comunicación -al respecto- han cambiado su papel de formadores de opinión con la de creadores de opinión, al introducir en el ciudadano la búsqueda de la seguridad aun en detrimento de su propia libertad y al vender la errónea idea de que el delincuente es el “otro”, alguien por el que no se debe tener la mínima consideración, ni en sus derechos y mucho menos en sus necesidades.

Pregonando incluso la renuncia a los derechos humanos en aras de una pretendida seguridad utópica, así no se atacan las causas que generan la delincuencia, provocada entre otras cosas por la mala distribución del ingreso y la marginalización de amplios sectores de la sociedad de verdaderas oportunidades de desarrollo.

Ya es necio decir que la cárcel no cumple con los supuestos fines que le son magnificados por sus defensores: no resocializa, no soluciona el conflicto social, no reinserta al delincuente en la sociedad, no brinda seguridad al ciudadano, las víctimas no ven resarcidas sus necesidades más allá del que pretenda un venganza por el mal sufrido y no controla la delincuencia; al final se convierte en un fin en sí mismo y no en un medio efectivo para resolver los problemas de inseguridad ciudadana. La sobrepoblación carcelaria no ha logrado reducir la delincuencia; al contrario, estamos creando con ella una nueva generación de delincuentes con un mayor resentimiento social.
Ante esta verdad, han surgido nuevas formas de buscar cómo solucionar el conflicto social surgido por la comisión del delito, en donde la víctima sea una verdadera parte del proceso y sean tomadas en cuenta sus necesidades para la solución del caso, sin que sea un juez ajeno a la realidad de las partes en conflicto quien decida que le conviene o no a las mismas; todo lo anterior en apego de la legislación nacional y sobre todo en un respeto total a los derechos humanos de ambas partes.
Como experiencia efectiva, al ser miembro del equipo penal juvenil del circuito judicial de Cartago, puedo señalar que estas formas alternativas de resolver el proceso penal, lejos de ser una alcahuetería como lo propugnan los hacedores de opinión y sus analistas estrellas, son una verdadera manera de darle a la víctima un resarcimiento por el daño causado, sea este efectivo o simbólico, involucrando a la sociedad y a la familia en su verdadero rol de controladores sociales.
La realización de servicios comunales, acercándonos en estos momentos a las quince mil horas de servicios gratuitos a diferentes instituciones de la provincia, que se han apuntado con la idea de que la solución de la inseguridad ciudadana es responsabilidad de todos, el impulso de efectivos programas sicológicos y sobre todo a la verdadera reinserción de estos jóvenes a la comunidad han motivado que la reincidencia haya bajado en estos jóvenes casi a cero, hecho importante porque rompe la carrera delincuencial; cada joven recuperado es un delincuente menos  a quien temer y un ciudadano más en quien confiar; las víctimas han abandonado la venganza y buscado la reconciliación.
Claro está, no todos los delitos pueden recibir este trato; habrá casos tan graves que deben seguir la vía tradicional; por dicha son pocos y la cárcel como debe ser se aplica solo como último recurso, sabiendo de antemano que estos jóvenes encarcelados tendrán muy poca posibilidad de salir de este círculo vicioso de cárcel-delincuencia.

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