Nadie, absolutamente nadie…

¡Toc, toc! Y del otro lado de la puerta alguien contesta: no hay nadie. El que toca replica: ¿Cómo que nadie? ¿Y usted quién

¡Toc, toc! Y del otro lado de la puerta alguien contesta: no hay nadie. El que toca replica: ¿Cómo que nadie? ¿Y usted quién es? Yo soy nadie −responde una vos tímida desde dentro−. ¿Y usted, entonces, qué es? Yo no soy, sirvo.

Entonces, el visitante preguntón se va cavilando, cincelados sus pensamientos por aquella triste lápida que obtuvo por respuesta ante su impertinente pregunta final, en aquel diálogo corto pero aleccionante, corto pero razonable, simple y profundo.

Una lección impartida por alguien que, irónicamente, se autorretrata como una nulidad. ¡Vaya manera!

Por eso un indígena Mapuche decía verdad: “No nos olviden. El olvido es peor que la muerte”.

Y cuántos olvidados han quedado –y seguirán quedando− en el espaldón de la vida, sin que los notemos mucho, siquiera a veces, quizá nunca.

¿Qué tanto usamos a la gente y qué tanto nos servimos de ella sin siquiera ver a los ojos para agradecer, sonreír para incidir, o desear un “buen día” que no sea puro automatismo o protocolo?

¿Nos interesamos realmente por los niños de la calle, por los pobres del cantón, la servidora de la casa o el guarda del barrio? Y no se trata de salir en navidad a compartirle un pírrico tamal al “guarda” o de regalarle la ropa vieja a la “empleada”. Sino de interesarse por la humanidad de esa persona que, con su inocencia interrumpida, nos pide plata en el semáforo para dársela a un mafioso que lo explota por detrás. De pensar a los pobres que comen una vez al día cuando mucho. ¡Sí, cuando mucho! Y de esos hay muchos –digo mucho, muchas veces, porque ya uno es mucho− en este paraíso, el país más feliz del mundo, la Suiza Centroamericana, nuestra Costa muy Rica.

Se trata no solo de preocuparnos porque “pobrecita” la servidora doméstica a la que no le alcanza para llegar a fin de mes, pero seguimos pagándole lo mismo, y que, para terminarla de hacer, vive maltratada por su pareja. No solo ella, sino también su prole. ¡No que va! Se trata de ocuparnos éticamente, no solo de preocuparnos insípidamente. Porque la distancia del observador se parece mucho a la del cómplice.

Al final, de lo que se trata, precisamente, es de no olvidar. De liberar a esos presos del olvido, ese olvido que todos construimos, todos. Aunque unos más que otros, eso es claro. Mostrándonos adaptados a una sociedad enferma, donde más bien debiera ser preocupante estar del todo adaptado y ciertas “inadaptaciones” debieran lucirse como medallas.

Se trata de ocuparnos de los problemas inmediatos, sin esperar que alguien más los resuelva. Sin solazarse en la comodidad de ese olvido, que tanto se parece a la ignorancia pachuca. Sin abandonarse a la conciencia masificada, que no es más que inconsciencia a fin de cuentas. Sin permitirse por cierto, el sesgo de la burda autocomplacencia, tan cercana siempre al autoengaño.

Olvidar, a veces, puede ser peor que matar. Por eso, justamente por eso, nadie debiera ser “absolutamente nadie”. Nadie, absolutamente nadie…

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