No a la guerra contra el terrorismo

El mismo día que Bush inició su guerra ilegal, y  en medio de  cientos de cánticos por la paz, me encontré dentro un tumulto

El mismo día que Bush inició su guerra ilegal, y  en medio de  cientos de cánticos por la paz, me encontré dentro un tumulto de manifestantes frente a la embajada Norteamericana en Holanda, a unos  jóvenes que a mi parecer señalan la diferencia de la nueva era que los señores Bush, Blair, y sus cómplices menos afamados, como Abel Pacheco, le están regalando al mundo:  Moda urbana europea de tenis de marca, buzos Adidas, de barrio pobre, y de un olor a Hashish comprado en el coffeeshop de la esquina.  Lo primero que les ví fue la bandera: dos lunas entrecuzadas en rojo y negro. Luego vino la bandera de Israel pintada a mano que de inmediato quemaron  en el piso con un poco de alcohol.  Serían unos quince jóvenes, quizás entre los veintidós y veintiseis años de edad.

Apenas llegaron empezaron los cánticos a favor de Hamas, Hezbola y la célebre frase reconocida por cualquier musulmán alrededor del mundo: «No hay más Dios que Dios y Mahoma es su profeta». Se trataba efectivamente de una discursiva de protesta de tinte integrista islámico… Pero algo estaba mal en esta escena:

En primer lugar, estoy hablando de una manifestación en medio de La Haya, a unos quince metros de la entrada de la embajada estadounidense. Muy distinto de los países árabes y musulmanes, en  donde los gobernantes no permiten que manifestantes en contra de la guerra, se acerquen ni siquiera al distrito en que se encuentran situadas la embajadas; ese el es caso de Jordania, Egipto, Turquía, Arabia Saudita, por solo mencionar algunos ejemplos.

Otro elemento que le  daba un pincelazo buñueliano a la escena era  el hecho  de que, en una época en  donde la CNN y la BBC nos transmiten a diario imágenes desde Karachi o Islamabad, con  integristas musulmanes  que se manifiestan en contra de la guerra caracterizados  a la moda Bin Laden (entiéndase: con turbantes, barbas y  chilabas); por el contrario, en esta manifestación en la ciudad de la Corte Internacional Penal, no se veían turbantes, ni  barbas de talibanes, sino anillos y collares  de oro de veinticuatro kilates y tenis Reebok. Simplemente no me cabía en la cabeza lo que estaba viendo. Sonaban a radicalismo islámico pero se veían como la moda Hip – Hop de MTV.

Me acerqué a un manifestante  que  estaba un poco más alejado  del grupo que más gritaba.  Su nombre era Nabil. Me explicó que la bandera era de un movimiento  político de menos de un año de existencia: la Liga  Europeo-Arabe (www.arabeuropean.org),  conocido en holandés como la AEL. El movimiento había nacido en Bélgica y en menos de un año ya había cruzado las fronteras y ya tenía varios grupos organizados en diferentes ciudades holandesas.

Me afirmó que estaban completamente a favor de la destrucción del estado de Israel. Esto realmente me sorprendió. No me esperaba para nada posiciones tan  radicales en La Haya, que,  al fin y al cabo, es una ciudad diplomática. Incluso entre las diversas facciones palestinas que luchan en contra de la también ilegal ocupación militar y genocidio que practica el ejército israelí, ya nadie habla de la destrucción del Estado de Israel. La discursiva de los años setentas y principios de los ochentas que prácticamente apuntaba a echar a los israelíes al mar, ya no tiene cabida para los palestinos que ahora se esfuerzan  por terminar la ocupación y declarar un estado árabe en Cisjordania y Gaza.

Pero era el día uno de la ofensiva militar ilegal de Bush y había otros asuntos más candentes.  El resto de mi entrevista sirvió para que Nabil me explicara lo que constituye la esencia del movimiento detrás de la AEL.

El grupo se nutre de  jóvenes musulmanes y de ascendencia árabe,  nacidos en Europa y  que están hartos de la discriminación que sufren en su propio país. «Si tienes  el cabello un poco oscuro, o hablas árabe te miran extraño, ya estamos hartos, nosotros somos militantes, no nos importa que nos vea la policía. Míranos, no nos tapamos la cara, si nos tenemos que enfrentar,  nos enfrentamos».

Sólo basta leer la crónica roja de la prensa europea para entender la vida y los odios que enfrentan las poblaciones árabes europeas en los barrios pobres. Constantemente se encuentran ejemplos de crímenes xenofóbicos en su contra.

Es desde estas poblaciones pobres, socialmente excluidas por generaciones,  donde empiezan a salir los militantes de los grupos radicales  islámicos europeos del siglo XXI. Se trata de gente que está furiosa no solo por la guerra, sino que tienen varias cuentas pendientes con el estado y la sociedad europeas que les excluye aun  cuando portan  el mismo pasaporte, pagan los mismos impuestos, y trabajan por los mismos salarios. Ni chicha ni limonada. Algunos como Nabil no han estado más que de paseo en el Medio Oriente, y probablemente visiten la mezquita solo en los días festivos y se olviden de los cinco rezos al día que dicta el Corán. No se les puede calificar estrictamente como integristas islámicos por el simple hecho que el proyecto político fundamental de la AEL no es el de una Europa gobernada por la ley del Corán; de hecho no parece haber propuesta política fundamental, lo que sí hay es organización, movilización de masas y mucha, mucha rabia.

En los cálculos hollywoodenses de la administración Bush, luego de la caída del regimen de Hussein, las masas radicales musulmanas serían controladas por los líderes prooccidentales de siempre, que hoy no les dejan ni siquiera acercarse a las embajadas Británica y Estadounidense para demostrar su oposición. Colorín colorado.

Dentro de  esa ecuación  no parecen haberse hecho cálculos para jóvenes como Nabil, que no necesariamente representan al mundo islámico pero sí lo defienden, y no necesariamente defienden  al mundo occidental  pero sí lo representan.

Dentro de la lógica de Bush y de Blair, los once millones de manifestantes que salieron a las calles el 15 de febrero a decirle NO a la guerra ahora tienen que quedarse calladitos ya que la guerra fue «rápida» ,»eficiente» y hasta «compasiva». Para el Europeo sin vínculos con el Medio Oriente esto puede ser fácil de aceptar. Despúes de todo, ya se demostró que, haya manifestación o no, los guerreristas norteamericanos siempre bombardean cuando así lo requiere Wall Street.

Pero Nabil y sus colegas tienen otra ageda en mente,  porque ya ellos no se sienten parte de una identidad occidental que bombardea inmisericordemente una de las ciudades más viejas de la historia humana.  No se sienten parte de esa identidad, de esa cultura occidental, pero sí viven en ella, sí trabajan para ella, sí tienen sus pasaportes y sus visas de entrada, sí tienen acceso a diario a sus edificios más altos, a sus puentes más largos, y a sus túneles más profundos.

El terrorista, dentro de la nueva discursiva de Washington, es cualqiuer persona que «no esté con nosotros en la lucha contra el terrorismo». En otras palabras, terrorista soy yo, o cualquier persona que se ha manifestado en contra de la guerra de Bush y Blair (que avala nuestro ilustrísimo presidente). Sin embargo, evidentemente también son terroristas los que escogen la lucha armada sin preocuparse por tener un Estado (y por ende ejército formal). Los que se sienten excluidos y que no ven más opciones que la de un cielo prometido al que se accede luego de morir por una causa santa. La clave para entender la opción armada de los grupos radicales es comprender  que existen condiciones deplorables, que pueden hacer pensar que  morir es mejor que el infierno de vida que brindan los opresores. Por otro lado, la clave para entender quien es «terrorista» (según el léxico de Bush) es comprender que existen situaciones donde no estamos de acuerdo con Washignton y por ende nos convertimos en terroristas. Siguiendo esta lógica tanto  Nabil como yo o como la señora Holandesa que llegó a reclamarles que aquella manifestación era una acividad pacífica, todos somos terroristas por no estar con Occidente en esta gran cruzada en contra del terrorismo.

No creo que Nabil y los muchachos que conocí se suban a un avión mañana y destruyan el Big Ben de Londres. Pero conocerles me dejó convencido que cuanto  más bélico se vuelva occidente contra  ese  enemigo fantasmagórico que Washignton prefiere denominar como «Terror»,    supuestamente escondido   entre las poblaciones de todo el mundo islámico;  cuanto más absurda, ilógica y abusiva le parezca a la población europea-islámica esta guerra, más terror va a haber en el Viejo Continente. Ese terror no va a venir en aviones o tanques desde Bagdad, va a venir del hombre de tez aceituna que  vende Shawermas en la calle, que ya está harto de la xenofobia  racista que  lleva décadas en Europa, y que ahora se  combina con el ataque militar  al país de origen. Porque al fin y al cabo si dentro de la léxica Bushiana ya son terroristas por no estar con Norteamérica, su estatus no cambia si ponen una bomba debajo de este puente o adentro de aquel túnel.

Cuanto más vean Nabil y sus amigos que tanto gobernantes como sociedad civil aceptan sumisamente los designios de la guerra contra el terrorismo, cuanto más cambien los resultados de los sondeos de opinión, y termine por justificarse el irrespeto de Estados Unidos y Gran Bretaña a la ley internacional y se interpreten estas acciones como un bien para la humanidad, más furibundos van a estar los de la AEL.

Conocerlos me dejó preocupado. A menos que empecemos a combatir  la exclusión y la cacería de brujas en contra de árabes y musulmanes,  a menos que empecemos a solucionar la xenofobia imperante,  a menos que aquellos quienes estamos abiertamente en contra de la guerra sigamos trabajando con la misma fuerza de movilización para combatir la gran falacia del nuevo milenio llamada «guerra contra le terrorismo», no se va a apaciguar la furia que estos jóvenes mostraron el primer dia de esta  campaña bélica ilegal, antes siquiera  de haber visto lo peor de los bombardeos.  Hasta que todo esto no suceda, Europa nunca va a poder despreocuparse de Nabil y sus amigos.

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