Notas policiales

El policía en cuestión, muy enojado conmigo, llamó una patrulla de la que bajaron cuatro efectivos con aspecto de campesinos recién reclutados. Me aplicaron

No hay quien no haya tenido algún encuentro con la policía.  De los míos  recuerdo uno en particular. Por circunstancias que no mencionaré para no perder espacio se me ocurrió escribir, en mi libreta de apuntes, la identificación que llevaba un policía en su camisa porque me pareció sospechoso de soborno. Sucedió hace algunos años un sábado por la mañana en una esquina de Los Yoses.

El policía en cuestión, muy enojado conmigo, llamó una patrulla de la que bajaron cuatro efectivos con aspecto de campesinos recién reclutados. Me aplicaron una llave que me produjo un agudo dolor en los hombros y me arrastraron con el entusiasmo de haber capturado al capo de un cartel. Una vez dentro de la patrulla discutí la legalidad de mi detención y el que parecía de mayor rango, enfático, me aclaró: “nosotros no tenemos que ver con la ley; nosotros estamos para reprimir donde nos mandan”. Para mi alivio, enrumbaron hacia el OIJ  y no a la detención general donde hubiera pasado un fin de semana tenebroso. Largo rato subimos y bajamos por el edificio del OIJ sin que nadie hiciera caso a la petición de encarcelarme por el delito de (sonrían por favor)  “obscenidades en la vía pública”. A la vista de mis canas, la burocracia judicial encontró poco verosímil la falsa acusación y a despecho de mis captores, me devolvió la libertad.

Entonces, como nadie, nunca, me pidió cédula ni nombre, me quedó la sospecha de si tal vez fui una cobaya circunstancial para prácticas represivas. Según lo que observé el 8 de este mes frente a la CCSS, el entrenamiento continúa. No vi un cuerpo represivo  profesional como Carabineros de Chile que, tengo entendido, instruye a la policía costarricense. La Fuerza Pública, en la protesta del jueves 8, se veía mal disciplinada, los uniformes, desiguales, unos con manga corta, otros con larga, unos con polainas, otros sin, etc. Contraviniendo la ordenanza, un individualista insistía en levantarse la visera del casco para lucir su perfil. Y el oficial que con su porra daba pequeños golpes a los antimotines en las nalgas para mantener la alineación, me recordó la monja de mi colegio cuando ponía orden en la fila. Pero lo más significativo fue el  número que muchos llevaban pegado en el escudo, lo que sugiere la necesidad de identificarlos con el objeto de calificar el desempeño de cada uno.

¿Notas del 1 al 10? ¿Quién califica, quién pone las notas? Seguramente los que se doctoran en la Escuela de las Américas donde hay (según la revista brasileña Adital) 56 costarricenses. Es posible que estén creando condiciones artificiales para facilitar el adiestramiento, como sucedió en la marcha por el fotocopiado y en  la violación a la  autonomía universitaria.

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