Nuestra violencia de cada día

Si hay algo que ha caracterizado a la humanidad a lo largo de la historia es la violencia. Parece que es algo inherente a

Si hay algo que ha caracterizado a la humanidad a lo largo de la historia es la violencia. Parece que es algo inherente a nuestra naturaleza, desde las culturas ancestrales hasta las civilizaciones actuales, que tienen más recursos, más educación, más tecnología, conocimiento y canales para resolver los conflictos; aún así seguimos siendo violentos.

Quizá la mayoría de quienes estén leyendo el artículo dirán que jamás han matado a nadie, ni asaltado y nunca han disparado un arma. Pero la violencia se manifiesta de muchas maneras; basta con conducir un día por las calles de San José y escuchar los pitos y gritos iracundos de los conductores enojados o ver las estadísticas de violencia contra los niños, considerada ya una epidemia en nuestro país. En nuestra cultura occidental se prohíbe la lapidación, pero todos en algún momento hemos tenido una “piedra” en la mano para tirarla a quien consideremos que ha actuado mal, quien merece ser agredido y se escuchan vítores de celebración cuando escuchamos de algún ajusticiamiento sangriento. Los reos de todas las cárceles tienen su propio código de ética, muy estricto, donde siempre lo que hicieron los demás es más grave y merece un castigo más cruel, que sus propios delitos.

Cuando una mujer está en un círculo de violencia intrafamiliar o es víctima de una violación, todavía se escucha decir: “le gusta que le peguen”, o “está bueno, por bruta”, “nadie la tiene por vestirse así”. Nos cuesta mucho detenernos y tratar de comprender al otro, porque es más fácil tomar un asiento cómodo, una piedra, tirarla al banquillo de los acusados y pedir pena de muerte sin clemencia. La falta de solidaridad, la incomprensión, el abandono y el desinterés también son bifurcaciones de violencia.

No todo tiempo pasado fue mejor. En civilizaciones antiguas e incluso hace pocos siglos, la forma de resolver los problemas entre la gente era más violenta: duelos, armas, más guerras y no tenían todos los canales que tenemos ahora para resolver un conflicto u obtener justicia. En nuestra época tenemos más acceso a la educación. Entre más libros, hay menos balas.

Sin embargo, es utópico imaginar una sociedad que sea completamente libre de violencia y que todos de repente  nos convirtamos en pacifistas extremos. De lo único que estoy convencida es que nosotros sí podemos contribuir a una sociedad menos violenta, de maneras sencillas y cotidianas. Racionalicemos el morbo que nos da una portada amarillista y sangrienta de un periódico y pongámonos en el lugar de una familia que perdió a un ser querido. Asuma su posición de ser humano con carencias, y no se alegre por el dolor ajeno, que puede ser en algún momento, el dolor propio. Todos podemos cambiar la indiferencia por solidaridad. ¿Qué tal si en lugar conducir enojado, le da paso a la cortesía, al menos una vez al día? Estoy segura de que le gustaría vivir en una sociedad así.

Pregúntese: ¿Cuáles frustraciones propias y colectivas estamos depositando en el gusto por ver a una persona vapuleada? Podemos y es nuestro deber levantar la voz contra las injusticias, pero no creo que ninguno de nosotros quiera vivir en un país donde la justicia llegue por medio de la sangre y la muerte, porque tarde o temprano con esa misma norma se nos podría medir a nosotros. Hay muchos ya listos con la primera piedra para lanzarla. ¿Qué le parece si nosotros guardamos la nuestra?

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