Nuestro pueblo frente a su espejo

Las formas en que se construyen los entramados de relaciones humanas a nivel de sociedades están directamente relacionadas con las posibilidades que permiten las

Cuanto más nos parecemos tanto mayor esfuerzo hacemos por diferenciarnos. Lo que nos distancia y nos divide es justo aquello que devela afinidades. El otro se vuelve amenazante en la medida en que nos muestra lo que con entereza patológica intentamos ocultar. En el nivel de sociedades, el efecto especular también opera y subvierte identidades.

Las formas en que se construyen los entramados de relaciones humanas a nivel de sociedades están directamente relacionadas con las posibilidades que permiten las políticas de estado de potencializar el desarrollo pleno del ciudadano.

 

Cuando estas tienden a privilegiar el control social, con el objetivo de perpetuar un ordenamiento político decadente, a costo de sacrificar el desarrollo individual y colectivo, en ese momento las patologías comienzan a lacerar el fuero de la colectividad social al mismo tiempo que se lleva a cabo una replica en el nivel individual, aunque sea bajo una modalidad distinta.

 Los conflictos con Nicaragua que devienen recurrentes en las últimas décadas, hallan su razón de ser en estrategias ideológicas dirigidas al establecimiento de control social. Tanto el gobierno de Nicaragua como el de Costa Rica, plantean una clara convocatoria al nacionalismo. Este a su vez se alimenta y encuentra sentido dentro del marco de un referente patológico, que opera bajo un efecto especular.

La cruel realidad de un pueblo tan pobre como Nicaragua, se refleja en la nuestra propia. Nos miramos absortos en medio de una inminente pobreza, que se torna tan inminente y amenazante como el odio que somos capaces de desatar contra la población nicaragüense. Los amagos de reivindicación de derechos, materializados en acontecimientos políticos significativos como “la huelga de maestros”, la lucha contra “el combo ICE” y finalmente la gesta contra el TLC, se han diluido en focos de resistencia canalizados hacia objetivos puntuales como la lucha contra la minería, la que se impulsa en el sur contra las piñeras, la lucha de Sardinal y otros movimientos que no han logrado plasmarse en una respuesta política, cuyos resultados desemboquen en cambios estructurales.

Entretanto, el estado de incertidumbre y la amenaza de descenso por el empinado camino hacia la pobreza, está garantizando el éxito con el cual la maquinaria ideológica penetra la conciencia vulnerada por obra de políticas públicas deficientes y adversas a las posibilidades de despliegue de potencialidades humanas.

De manera tal que las semejanzas, por causa de la pobreza y la falta de espacios de resarcimiento y crecimiento personal y colectivo, con nuestro hermano país del norte nos interpelan en el plano de lo subjetivo.

De la misma forma que el dolor somático muchas veces impide que la herida sea tratada, en el nivel psicosocial se deslegitima al otro amenazante, en este caso el pueblo nicaragüense, mediante estrategias que relacionan su situación de vulnerabilidad social con supuestos efectos que derivan de esta, como la ignorancia y la agresión. De este modo se esconde nuestro propio síntoma bajo el enunciado del síntoma del otro amenazante.

Por su parte, ambos gobiernos comprometidos en el conflicto obtienen dividendos valiéndose del desasosiego y la angustia, con los cuales el pueblo nicaragüense y el pueblo tico se martirizan. Ortega y su séquito buscan ganar las elecciones para seguir prendidos de un partido que traicionó los principios nobles y sublimes de la Revolución Sandinista. Un partido que convirtió en prostituta a la doncella de la Utopía y que ensucia la imagen del enigmático libertador Augusto César Sandino.

En el caso de Costa Rica, la convocatoria a un falso nacionalismo ,convocado por el gobierno- en sintonía con el poder mediático, intenta unificar al país en una voz de consenso basada en el odio xenofóbico. Pretenden restituir la credibilidad que perdieron por incapacidad, corrupción e incumplimientos epidémicos. El discurso pacifista, manejado como dogma, contradictoriamente, sirve de pedestal a la bandera de guerra que exige expulsar a los repulsivos nicas. Detrás de los entretelones que separan a nuestra sociedad del gobierno y la institucionalidad, se susurran las conspiraciones que orientan el rumbo de nuestro país hacia un estado autoritario.

Por eso el convenio para traer buques militares. De ahí la necesidad de reprimir a sectores y grupos estratégicos, como estudiantes, adolescentes y defensores del ambiente. También debido a ello la presidenta se plantea “enfrentar a grupos ambientalistas radicales”.

El espejo del pueblo nicaragüense con toda su pobreza y sufrimiento nos devuelve el horror de nuestra propia miseria. Desnudos y atemorizados ante la imagen del dolor propio, adoptamos la xenofobia como una curandera farsante que nos hace decir: “ustedes son lo que nos puede pasar, por eso nos negamos a aceptarlos y reconocerlos”.

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