Nueva historia, vieja ideología

Con gran curiosidad leí el texto, que es un poco caro pensando en que prácticamente la mitad del texto es bibliografía. Esperaba que “Revolucionar

Con gran curiosidad leí el texto, que es un poco caro pensando en que prácticamente la mitad del texto es bibliografía. Esperaba que “Revolucionar el pasado” (2012) ofreciera algo realmente nuevo, o sea, una visión de la historia acorde con el panorama actual. Sin embargo, el texto de Iván Molina no es más que el Áncora de salvación de una clase burguesa que se ve, como lo he apuntado en “Capitalismo Zombie”, sumida en una crisis que no es financiera, sino sistémica, y que pone a la Nación en serios problemas.

Molina ensaya una historiografía del recorrido académico de la historia costarricense. Al mejor estilo de las telenovelas mexicanas o de la prepotencia de Fukuyama que veía el capitalismo como el último estadio de desarrollo humano, Molina nos relata un cuento, su propia “soap opera”, de una historiografía que hundida en el subdesarrollo se fue, entre las críticas de Ciro Cardoso, nutriendo de las corrientes en boga en el exterior: la Escuela Historia de Ranke y compañía, los Annales de Febvre, el (mal) marxismo, hasta llegar en los setentas a la Nueva Historia, la cual en un mundo lleno de prejuicios positivistas y cientificistas (los villanos de la novela) se fue abriendo paso, hasta consolidarse a finales del siglo XX.

Molina dibuja una Nueva Historia, como la panacea contra la visión científica y a veces cientificista de la historia. Una Nueva Historia ligada al paradigma posmoderno, la cual tiende al igual que el posmodernismo hacia la inacción política. Una Nueva Historia que se revuelca entre la fetidez del particularismo y, por ende, del relativismo, aunque el texto de Molina se confiese alejado de ambos “ismos”, pero siempre enmarañado en las telarañas de lo identitario y calladamente del giro lingüístico.

Para “Revolucionar el pasado”, todo es un juego polifónico de diversas identidades. En este juego, el texto de Molina esconde su rechazo al marxismo y especialmente a la lucha de clases (término tanto de alcances generales, como particulares).

En la novela de Molina, no hemos pasado de la Caída del Muro de Berlín ni del triunfalismo burgués que lo acompañó. Molina olvida que la crisis actual hizo retornar a los posmodernos a tierra, donde intoxicados por un aire cargado de lucha de clases, han muerto como lo que siempre fueron, una moda pasajera.

Es increíble que “Revolucionar el pasado” no busque más bien revolucionar el presente, donde un honorable crimen organizado (para usar la frase de Badiou) reparte los impuestos (que los trabajadores, la gente común, los no-capitalistas, han pagado) entre los magnates corporativos y financieros, para que sigan siendo ricos y continúen explotando las grandes masas. Es impresionante que con lo que está sucediendo en España, Grecia, Estados Unidos y, menos abiertamente, en Costa Rica, alguien nos venga a decir que lo importante son las ideologías transversales de la posmodernidad, que solo buscan crear un ambiente de falsa solidaridad interclasista, cuando en el plano económico la lucha es cruel, corrupta y encarnizada en contra de la clase baja.

Dice Žižek, en “The Year of Dreaming Dangerously”, que los intelectuales se han convertido en parte de la nueva clase explotadora y, quizás, viendo “Revolucionar el pasado” uno podría pensar que en una casa de alta educación del Tercer Mundo, sería contradictorio (en el mejor de los casos) que los intelectuales estén protegiendo los intereses, en un último momento, de una burguesía transnacional.

La Nueva Historia de Molina no es más que el reciclaje del ideario neoliberal y posmoderno dentro de la historiografía costarricense. Es la vieja y caduca ideología vestida de domingo.

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