Para leer a don Jaime Robert

Algo tardíamente encontré en UNIVERSIDAD un escrito del psicólogo social Jaime Robert Jiménez sobre mi artículo “¿Paradigmas o paradigmatitis?: acerca de los inconvenientes usos

Algo tardíamente encontré en UNIVERSIDAD un escrito del psicólogo social Jaime Robert Jiménez sobre mi artículo “¿Paradigmas o paradigmatitis?: acerca de los inconvenientes usos de este concepto en la epistemología psicológica” (Rev. de Cs. Soc. Nº 139). Encuentro en sus comentarios dos líneas de argumentación: un oblicuo intento por aplastar mis argumentos y las sorprendentes derivaciones que le  agrega.

Sobre su primera línea, no tendría por qué responder nada, es su derecho, pero me inquieta la idea con que don Jaime la concluye: dice optar hoy por “una formación básica multiparadigmática y una ulterior formación terminal más de especialización paradigmática, síntesis o hibridaciones incluidas, y profesional…”(sic). No me queda clara su propuesta, pero don Jaime defiende con ella su interpretación acerca de los paradigmas y no toca la médula de mi artículo. Veamos:

Sostengo en ese texto que, en el caso de la Psicología y las ciencias sociales en general, las particularidades inherentes a la  incesante construcción de su objeto de conocimiento, no admiten que en ellas se instale una “ciencia normal”, paradigmas o consensos dominantes (como ocurrió en la Física, por ejemplo). Don Jaime apoya la posibilidad de que la Psicología sea “multiparadigmática” y el psicólogo adopte una “especialización paradigmática”. Para que esto sea posible, afirmo, “paradigma” tiene que ser semánticamente equivalente a enfoque, escuela o área profesional, o sea, operar como un término elegante que no cambia nada.

Pero el punto central de mi artículo no es ese, sino el  manejo distorsionado y erróneo de la  noción de “paradigma”, realizado para sostener pretensiones hegemónicas o excluyentes,  parapetadas en  la negación apriorística y total de “lo otro”.  La nocividad específica de esa “paradigmatización” sectaria, que no ocurre fatalmente,  radica en tres puntos: i) Promueve graves distorsiones en nuestra comprensión del movimiento real del pensamiento psicológico, cuyo motor es precisamente su naturaleza dialéctica: entre las corrientes de pensamiento que bullen en ella se producen contradicciones de fondo, otras que parecen serlo y hacen mucho ruido, entrecruces o acercamientos, reemplazos ii) Tiene un efecto mutilador sobre la formación del futuro psicólogo, sobre todo al convencerlo de que sea lector de un sólo libro,  y alienta el dogmatismo como instrumento de seguridad intelectual. Llevada a su extremo,  ni siquiera permite entender dónde están la verdaderas contradicciones;  iii) Pone en entredicho la unidad de la Psicología como disciplina científica: ¿cómo podría sostenerse esa unidad sin por lo menos una pregunta en común?

Don Jaime no se pronuncia sobre eso y en su afán negativista enreda los planos de la discusión. Trata de salir del bache mediante dos tretas. Insinúa primero que tenemos una vieja disputa sobre el asunto, que nos habría “enfrentado” ya a fines de los 80. Afirmación presuntuosa. Me opuse a su manera de actuar cuando fue director de la Escuela de Psicología. No fui el único en hacerlo y no viene al caso revivir esos ingratos  momentos.

Pronto advierte que esa imaginada beligerancia no le alcanza para armar su ataque y efectúa una pirueta lógica en que de veras  se le pasa la mano: mis afirmaciones pondrían “en tela de duda la calidad de la formación de psicólogos durante los últimos 25 años, prácticamente las últimas seis generaciones de psicólogos de esta Universidad” y socavarían “pilares medulares de la reforma curricular de 90”.   Convenientemente, don Jaime le atribuye demasiado poder a las ideas que expreso e insinúa que antes entregué a la Escuela “grandes aportes” (sic) y ahora como emérito atornillo al revés. ¿Comenta mi artículo o procura descalificarme?

Rechazo categóricamente su gratuita afirmación. Durante el cuarto de siglo que serví en la Escuela critiqué constructivamente y con transparencia ciertos puntos clave. Entre ellos, el rumbo que tomó el sistema modular que yo mismo propuse adoptar (no la calidad de los módulos impartidos). Por supuesto, no siempre tuve razón, pero sí la constante intención de aportar al fortalecimiento de nuestra calidad académica, mediante la superación de ciertos obstáculos. Señalarlos con esa intención, como lo hago ahora, no  equivale a “poner en tela de duda” nada, menos esa calidad.  ¿Para qué hacer eso? De veras espero que don Jaime evalúe el alcance ofensivo de lo que está diciendo.

Don Jaime se refiere a mí con la expresión “más que amigo mentor”. No sé para qué, si el tema son los paradigmas. Bien, si así lo cree se esfuerza demasiado, otra vez,  para demostrar ese error de su pasado. Y lo de “amigo”… eso es harina de otro costal. Le propongo que, sobre el caudal de su devoción por el destino de la Escuela de Psicología, procure  organizar en ella un debate sobre paradigmas. Argumentemos en vivo y en directo; por favor no me pida leerlo ni replicarle por escrito.

 

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