Pedro Juan Gutiérrez

Aquello de que los escritores lo dicen primero y mejor, de ser verdad, acierta especialmente en el caso de Pedro Juan Gutiérrez, escritor cubano

Aquello de que los escritores lo dicen primero y mejor, de ser verdad, acierta especialmente en el caso de Pedro Juan Gutiérrez, escritor cubano que se ha convertido en uno los narradores latinoamericanos más leídos de la actualidad. Gutiérrez, un antiguo periodista quien desde su adolescencia desempeñó los trabajos más disímiles, adquiere notoriedad mundial en 1998 con su rutilante Trilogía sucia de La Habana, poco después de haber iniciado su actividad como escritor a los 44 años. Desde la fecha hasta hoy, Pedro Juan ha escrito una quincena de libros de prosa y poesía que lo han convertido en uno de los narradores más incómodos de su realidad. Después de haber leído los cinco títulos de su “Ciclo de Centro Habana”, debo confesar que he descubierto en su trabajo el testimonio más honesto de la realidad cubana que jamás haya leído o escuchado.

A diferencia de otros escritores cubanos como Zoé Valdés -radicada en París con su marido-, Gutiérrez rehúye por principio la discusión política, o tomar abierto partido frente a la dictadura castrista, lo que no ha impedido, sin embargo, que sus libros no se publiquen en la Isla. Pedro Juan, el alter ego de sus relatos, es más bien alguien profundamente descreído de casi todo, algo neurótico, pero sobre todo obsesionado por el sexo.A pesar de su desencanto vital, Pedro Juan no es un tipo amargado, lleno de odio y frustración, sino más bien ocupado en sobrevivir en medio de la hecatombe socioeconómica y cultural que lo rodea. Gutiérrez, quien hoy pasa de los 60 años, es parte de una generación disciplinada e impregnada aún por ideales revolucionarios, de los que desde hace mucho viene de vuelta, después de que, según él mismo cuenta, se cansara de obedecer y de que siempre otros quisieran marcarle el camino.

La cotidianidad de Pedro Juan, como la de todos los personajes que desfilan en sus relatos, está acaparada por la lucha por el “dólar nuestro de cada día” que le permita malvivir gracias a algún “bisnesito”, desde vender en el mercado negro, jugar lotería clandestina o enseñar a tocar tambor a algún “yuma” (extranjero). En tan desalentador escenario, sus únicos alicientes son escribir, darse un par de buenos buches diarios de ron barato, pescar, ir a nadar de vez en cuando a Guanabo y sobre todo arreglárselas para satisfacer su adicción a la droga-orgasmo.

Pedro Juan Gutiérrez, el escritor, vive desde hace 25 años en su azotea de Centro Habana, uno de los barrios más conflictivos de la ciudad, desde donde otea el paisaje de una ciudad derruida, cuyos viejos edificios se derrumban literalmente por causa del descuido, el salitre y el hacinamiento, acrecentado por cientos de cubanos que emigran a la capital en busca de una vida mejor, o de algún golpe de suerte, como enganchar a un extranjero que los rescate de su miseria cotidiana. Los personajes de Gutiérrez son jineteras, chulos, profesionales frustrados que trabajan en pizzerías o venden verduras en la sala de su casa, pajeros que se masturban en el Malecón frente a las extranjeras, familias que crían chanchos y gallinas en las azoteas de los edificios de La Habana donde no sube el agua, la mierda rebosa por cloacas y alcantarillas y los ascensores dejaron de funcionar hace mucho. No obstante, Pedro Juan es un tipo simpático y hasta tierno, quien a pesar de vivir en una realidad que lo obliga como a todos a volverse duro de corazón, no es absolutamente indiferente a la miseria de sus congéneres, y en él asoman también brotes de solidaridad, mas sólo la necesaria, pues no puede darse el lujo de dejarse ahogar en la picada marea en la que, como en la famosa corriente del Golfo, muchos luchan por alcanzar alguna orilla más hospitalaria.

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