Respeto y arbitrariedades

El pasado 20 de junio, en cumplimiento de mis funciones tuve que trasladarme a la Sede del Pacífico de la Universidad de Costa Rica.

El pasado 20 de junio, en cumplimiento de mis funciones tuve que trasladarme a la Sede del Pacífico de la Universidad de Costa Rica. A fin de aprovechar el servicio de transporte que brinda la Institución entre dicha Sede y la Ciudad Universitaria Rodrigo Facio, localicé el microbús respectivo minutos antes de las 5 p.m. y la abordé luego de obtener la autorización del chofer.

Luego, llegaron las personas que regularmente usan ese servicio y una de ellas, al verme, me preguntó si yo era docente en la Sede, a lo que respondí negativamente, por lo que esa persona me exigió bajarme, esperar a que la abordaran los docentes y luego, si había algún asiento disponible, podría usar el servicio.

Tuve mis dudas respecto a la validez de esa imposición, ya que anteriormente he usado el servicio de transporte entre las Sedes y Recintos en otras ocasiones y nunca se me había indicado que existiese un orden para abordar, ni que esperase a ver si había suficientes asientos.

Igual hice lo que me indicó y me volví a subir al ver que no había más personas en espera. Esa persona me recordó una vez más que en caso de completarse los asientos disponibles, no podría usar el servicio. Si bien llegaron otras personas, había algunos asientos vacíos cuando partimos.

Durante el trayecto, esa persona me confesó que no existe ninguna normativa que exigiese que yo esperase afuera, ni que le diera la facultad de exigirme bajarme; justificó su accionar alegando que era una costumbre como «señal de respeto hacia los docentes».

 

 

¿Por costumbre y por respeto? ¿Que algo sea una costumbre significa que es lo correcto? ¿Desde cuándo el respeto hacia una persona implica pasar por encima de otras? ¿Un funcionario docente está por encima de uno administrativo, y éstos a su vez sobre los estudiantes? Esa persona me dijo que yo estaba exagerando.
En ese momento me vino a la mente el inolvidable momento del 1° de diciembre de 1955 cuando por “costumbre” y “respeto”, el chofer de un autobús de Montgomery, Alabama de los Estados Unidos de América (EUA) le exigió a Rosa Parks ceder su asiento de la «sección de color» a una persona blanca y ella dijo: «No, no lo haré». Seguramente ella también exageró en ese momento.
Luego de consultar con la Jefatura de la Sección de Transportes y el Reglamento del Servicio de Transportes, comprobé que no existe ninguna normativa que indique que un pasajero le puede exigir a otro que se baje, únicamente el chofer puede hacer en el caso en que una persona porte o esté bajo los efectos del alcohol o drogas. Tampoco existe un orden para el abordaje de los vehículos. Ni indicaciones en caso de que se ocupen todos los asientos. ¿Se deben quedar atrás los que llegaron tarde o los usuarios no-regulares? La Jefatura me indicó que por eso solicitan a las personas que usarán el transporte regular entre las sedes y recintos les notifiquen con anticipación para designar vehículos con capacidad suficiente.
Me resulta muy penoso admitir que más de 50 años después del incidente que fue crucial en el Movimiento por los derechos civiles en EUA, en esta Universidad nuestra que defiende los principios de igualdad y respeto a los demás, se den arbitrariedades y autoritarismos por parte de personas que creen que un grado académico, un tipo de nombramiento o una cantidad de años al servicio de la Institución los hagan superiores a los demás miembros de la Comunidad Universitaria. En este caso particular, irrespetando no solo a mi persona, sino también al chofer del microbús, quien tiene las responsabilidades y atribuciones que le da el Reglamento sobre el vehículo y para con sus pasajeros. ¿A cuántas personas más en el pasado se les ha exigido bajar y esperar a que se suban los docentes o no poder usar el servicio de transporte por arbitrariedades de un pasajero particular? ¿Y en el resto de servicios de la institución?

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