¡Sacerdotes en el Infierno!

Tal vez pienso en este tema porque soy católico, tal vez no el mejor católico, pero católico. O tal vez pienso en este tema

Tal vez pienso en este tema porque soy católico, tal vez no el mejor católico, pero católico. O tal vez pienso en este tema porque apelo al ejercicio de la dignidad precedido de la honradez y el ejemplo.

No soy el que ha empezado a tocar este tema. Antes que yo hubo otros. Es más, el más palmario antecedente y de este es que me sirvo (y es para recuerdo de los que viviendo van como sonámbulos)  fue la Virgen de Fátima, Fátima (Portugal) donde tres pastorcillos a inicios del siglo XX dijeron al mundo: “Dice la Señora, por causa del ejemplo de los sacerdotes miles de almas van y seguirán yendo al Infierno”. El Papa Juan Pablo II no negó el Infierno, sino la forma física de éste.

El sacerdote católico es, o debe ser, imitación (imagen, reflejo) de Cristo en la Tierra, entre los hombres; debería ser pastor de las almas, no “profesional de la religión o de la vida espiritual”, debería ser maestro (por modelo a imitar) de la vida espiritual. La pobreza (vida frugal), la rectitud e idoneidad de conducta, la elocuencia y evidente preparación para guiar y cautivar a las almas, la firme decisión de enfrentarse con el mal (a todo tipo de mal, incluido lo satánico, en todas sus variedades mínimas y extraordinarias), su ligamen indiscutible con lo espiritual y con lo divino como soberana, específica y única realidad a la cual sobre todas las cosas aspirar; a todo bien noble y superior es a lo que debería un sacerdote bueno y santo aspirar; todo ello es lo que hace del sacerdote Ministro y Misterio, persona consagrada.

El mal ejemplo, el afán pecuniario, el incumplimiento de votos sagrados, la colocación política, las ansias de control social y la ilusión de figurar atacan ese modelo de vida ante los ojos del mundo.

Si la sociedad actual, occidental y fundada en el cristianismo, no encuentra ejemplos de santidad y rectitud de vida en sus sacerdotes, sino encuentra ese tipo de modelo, entonces cualquier grupo de esa sociedad corre el riesgo de faltar al cristianismo que dice o cree profesar, corre el riesgo del desquiciamiento (perder el eje de las cosas, confundir el centro de las cosas, confundir lo pequeño con lo grande, lo superficial con lo esencial).

Si la sociedad actual baluarte de la vida espiritual se tambalea como una torre de arena azotada en un tornado y nadie encuentra el ejemplo de esa vida y de la perfección personal (interior y exterior) en quienes deberían ofrecerlo como testimonio evidente e incuestionable de vida, entonces la sociedad no entenderá y ni siquiera percibirá como una posibilidad vivir de semejante manera. Y dado que  no se vería el ejemplo, nada podría practicarse. Y es que no se puede practicar lo que no nos rodea, lo que no se ve y no se escucha (con claridad diáfana); y no se escucha cuando la preparación es sumamente deficiente, poco aplicable a la vida, discursivamente lamentable; y no se ve cuando la convicción y los testimonios pueden ser aparentes o superficiales.

Casos muy contrarios son los que sí arrastran de verdad: el espíritu de Francisco de Asís, de Martín de Porres y Vicente de Paúl, incluso de Isidro el labrador; esos ejemplos siempre arrastrarán (aunque los dos primeros y el último no fueron sacerdotes) hacia el bien y hacia una sociedad cada vez un poco más caritativa, dadivosa y justa. Afortunadamente sí hay algunos que con energía y convicción los siguen y son ejemplo de ese tipo de vida recta y santa.

Pero la mentalidad y permanente vigencia de un cristianismo burocrático (“de horas” y “con horario de atención”) y mezclado de presunción, arrogancia, avaricia y algo cercano a la lujuria, sólo exterminará la poca fe que pueda haber sobre la faz de la Tierra.

Por eso, paradójicamente, ser sacerdote puede significar ser testimonio viviente de vida ejemplar e incluso mártir de la fe, pero también, e indiscutiblemente, puede significar ser servidor de la molicie y de Satanás. Cada sacerdote elige cuál de los dos será, pero téngase presente que el mundo (creyente o no) mira, juzga y decide.

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