Sanas sugerencias para formar niños

La formación de los niños de los cero a los doce años guiará sus pasos por el resto de sus vidas

La formación de los niños de los cero a los doce años guiará sus pasos por el resto de sus vidas, y es trabajo parental a tiempo completo que no puede ser confiado a nadie que no sienta verdadero amor por ellos.

Nunca, como en los tiempos actuales, ha sido tan importante la educación en esas edades, si se trata de recuperar la moral general destruida casi por completo. No solo la educación escolar pública y privada, han llevado un rumbo totalmente equivocado; patriotero, materialista, y antisolidario; sino que lo que aprenden los niños en sus primeros años al lado de sus padres ha sido también descuidado e incorrecto.

De esas primeras enseñanzas, dependerá que hagamos héroes que vengan a salvar la ética social; o que formemos arrogantes «hombres dólar», o algo peor, dispuestos a continuar la depravación y la vergonzosa división de la humanidad en señores y vasallos.

Primero: Hay que hacerle entender al niño, que mientras él no haya aprendido a hacerlo, su familia, o alguna persona a la que le pagan y que lo hace solo para llevar a sus hijos el pan, y no por amor a él, lava su ropa, limpia sus impurezas, lustra su calzado, el piso que ensucia, y pone la mesa. Pero que tan pronto él aprenda a hacerlo, lo deberá hacer por sí mismo e incluso para otras personas. Esto, sin embargo, le dará al niño más satisfacción y diversión que cualquier otra cosa, porque la imitación de lo que hacen los padres, lo hará sentirse importante y contento. Observe cómo los niños quieren barrer, lavar, cocinar, cuando desde muy pequeños ven a su familia hacerlo; y cuando no se les ha enseñado, como sucede casi siempre, que esas cosas son denigrantes, y que lo único importante es aprender a leer, o repasar matemáticas, y todo lo demás les cae del cielo. Pero lo peor es que cuando el niño no aprende esas cosas y le hacen todo, va a crecer con la conciencia y la costumbre de que el mundo se divide en amos y siervos y que él es, y querrá seguir siendo siempre, de los primeros, hasta convertirse en ese infeliz y arrogante «hombre dólar»; y lo hará a toda costa, aunque tenga que ser, muy posiblemente, un estudiante tramposo, un profesional mediocre o un político vividor.

Segundo: Al niño, desde que tenga uso de razón, debe enseñársele la sencillez, la humildad y no la abundancia, si es que esta existe en su hogar. La abundancia revierte en pereza, insatisfacción, capricho, arrogancia y discriminación hacia los que menos tienen, que siempre serán mayoría. Y una falsa abundancia que le hagan creer al niño, por vanidad o simple estupidez parental, resulta en carestías y apremiantes necesidades del resto de la familia, y eso es ridículo. La economía hogareña, prudentemente manejada y enseñada al niño, dispone a éste al ahorro y a la moderación, no solo en lo material, sino en todos sus comportamientos; y contribuye a su bienestar general.

Tercero: Atiborrar a los niños de materias de estudio es la mejor forma de llevarlos al fracaso, al desorden, a la indecisión, al tedio, a la mediocridad, e incluso al odio por el estudio. Los padres deben estar allí, no para hacerles las tareas o enseñarles más y más ciencias o artes, sino más bien para limitar su aprendizaje exclusivamente a lo ético y a lo esencial; lo malo e inmoral lo aprenderán en la escuela, en la calle; en la tele, en la red… pero tendrán el contrapeso de la moral de sus padres que, normalmente, si ha sido bien fundamentada, y guiada con cariño y convencimiento, será más sólida que cualquiera de esas influencias nocivas externas.

Lo esencial en esta edad es que aprendan a valerse por sí mismos; valorar lo que cuestan las cosas; y especialmente sentir aprecio y agradecimiento por lo que sus semejantes hagan por ellos. Luego vendrá su formación académica, pero para eso tendrán una vida por delante.

Si un niño alcanza los doce años bajo estas pautas, su mejor formación profesional, pero especialmente su salud espiritual, estarán garantizadas.

La dirección del aprendizaje en estas cortas edades y su fin último será crear en el niño lo que ningún programa escolar enseña y más bien tiende a destruir; la más importante virtud que puede distinguir a un ser humano: La solidaridad con sus semejantes y con su ambiente; y de paso, odiar señoríos, esclavitudes y servilismos.

 

No es con conocimientos;

es más bien con actitudes

que las mayores virtudes

se perfilan con grandeza;

¡y aquí no vale riqueza,

pobreza o vicisitudes!

 

 

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