Si la vida fuera un camino

Si la vida se presentara como una metáfora, podría verse como una intersección en un camino. Sin luz, sin dirección, sin ninguna señal que

Si la vida se presentara como una metáfora, podría verse como una intersección en un camino. Sin luz, sin dirección, sin ninguna señal que aporte información de cuál camino tomar; de cuál camino evitar; cuántos más caminos habrá más adelante.

Partiendo del presente como momento único de vivencia absoluta, el camino es uno; no se sabe si proviene de una intersección anterior, ni tampoco si la intersección está cerca o lejana. Se aprecia como un fotograma de un carrete más amplio, del que se desconoce el inicio, y solamente puede intentar adivinarse el fin. Como para saciar las ansias ante la ceguera y la desesperación.

El camino se dividirá, eso es seguro. Cuando se presenta cada ente, cada individuo, ve su trayecto inexorablemente trastornado. Existe una partición que debería darse por voluntad, escogiendo uno o el otro; pero, fatídicamente, la vida arrincona y separa, casi al azar. Casi.

La valoración ética está de más; la referencia dicotómica es solamente una nueva metáfora. Una del mundo de las ideas en el que se vive. Los unos y los otros, individuos y colectivo; “sociedad” si se quiere, marchan juntos hacia el cruce que ha de marcar los rumbos. Se acerca cada vez más a ese difuso espacio de cambio.

La máscara individual define, en el teatro colectivo, las sendas que se han de tomar, mientras que la máscara colectiva es un pesado reflejo inerte de experiencias pasadas. La multiplicidad se erosiona y se pierde, y surgen dos polos de luz; al medio, la cautivadora intersección dirige el camino. No basta recorrer una senda segura; allí donde los caminos se parten, se subsumen las estelas en una vorágine sin fases, sin dimensiones.

La ilusión terrenal del destino se desdibuja, mientras allí, en la intersección, el universo lanza su ficha y, de forma artera, la toma con fuerza y golpea trepidante el tablero de la vida. Esta vida, una, todas; ilusión del tiempo, queda así atrapada en molde absoluto. Una fuerza que violenta la voluntad e impone su rígida estructura en unos y otros; otros, más que unos, resultan seducidos por las lámparas que muestra el empalme.

Unos van por allí y otros por acá, hay luces por doquier, sus tonos simplemente son distintos. Hay sombras, más allí que acá, tal vez; indica que hay luz. La máscara colectiva vuelve su mirada, lo intenta, lo finge, por lo menos. Después de todo, la máscara cubre la realidad.

Muchas más máscaras, individuos si se quiere, cruzan sus recorridos, chocan, retroceden; unos van más rápido, otros son llevados por un flujo inercial.

Avanza el fotograma, ahora se ve otro, y otro y otro. El futuro se devela por cada camino que se cruza, que avanza o retrocede. El futuro se muestra en el presente, y eso es lo que queda. A unos la vida les alumbra con cómoda visibilidad, a otros les apaga la guía. La metáfora continúa.

Cada camino muestra su inclemencia, ya sea lo bueno o lo malo; unos estarán destinados –confinados− a andar, y nunca salir, del malo. Otros podrán cruzarse al bueno, podrán llegar al malo y volver. Otros deambularán buscando saciar su ansiedad y su desesperación en ambos. La vida presenta esta metafórica intersección día a día; con cada paso, cada vuelta a cada esquina, son momentos que determinan el momento inmediato.

Cada decisión que se presenta es definitoria del presente inmediato. Cada individuo, según su nivel de autoconciencia y criticidad, puede inferir qué reacción le supondrá su acción. El colectivo, no obstante, atrapado en una marcha trepidante de supervivencia está nublado ante la realidad individual, siguiendo su paso y avanzando sin más.

La realidad del país es ejemplo claro de este trágico devenir metafórico. La “sociedad” avanza mientras unos (muchos) se quedan, chocan, retroceden, van en la oscuridad. Prueba de ello está en las calles, en las aceras y en los barrios. Las malas decisiones, la arbitrariedad del destino, o una cadena de infortunios han marcado el camino de muchos y muchas que prefieren desistir de avanzar, a intentarlo y toparse nuevamente con un cruce que les designe un peor −o igual− camino al que ya transitan.

El colectivo avanza y sin miramientos abandona a todo aquel que cruce hacia el camino “malo”, incorrecto. El colectivo avanza y cada vez se quedan más.

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