Sobre la cacareada democracia

Se nos machaca que hay grandes diferencias entre los partidos políticos. Pero no se deje engañar: a pesar de las enemistades superficia­les, esos parti­dos

Se nos machaca que hay grandes diferencias entre los partidos políticos. Pero no se deje engañar: a pesar de las enemistades superficia­les, esos parti­dos son parte de una gran her­mandad de políticos cuyo único objetivo es llegar al poder mediante la compra de votos con el dinero del contribuyente. Todo con el fin de imponernos su voluntad. Todos ellos promulgan el mismo progra­ma que ve los ingresos de cada persona como propie­dad del Estado, para ser distribuida a su antojo.

Como señala Schoolland, si un político comprara abiertamente votos con su propio dinero, eso se consideraría un soborno. Pero se transforma en legal si, en vez de usar su propio dinero, el político usa el dinero de los contribu­yentes para otorgarle favores o privilegios a quien quiere que vote por él. De manera similar, es ilegal −es corrupción− darle dinero a un político a cambio de favores, a menos que uno llame a esto «apoyo a la campa­ña electoral». ¡Vea qué fácil!

Algunos dicen que la democracia equi­vale a la libertad, pero la democracia en sí no protege la libertad de nadie. Lo que sí garantiza la libertad de cada persona es el respeto de sus derechos individuales, lo cual no ha hecho ninguna democracia. Otros defienden la democracia di­ciendo que brinda «el mayor bien para el mayor número». Pero esto es implícitamente autoritario. ¿Qué es «el bien» según ellos? La mayoría decide. Eso significa que «el bien» puede ser cuando el 51% de la Humani­dad esclaviza al otro 49% o cuando dos caníbales hambrientos se comen a un tercero; o como expresa un dicho: La democracia es dos lobos y un cordero que votan acerca de qué comer en la cena. (Y por cierto, cuando se acaben los corderos, ¿qué comerán los lobos?)

Un gobierno democrático significa el gobierno de tres individuos de cada cinco y el sometimiento de los otros dos. Significa que todos los derechos van para los tres individuos y ningún derecho para los otros dos. Los tres individuos representan la raza conquistadora y los otros dos la raza conquistada. Si ser esclavo y ser dueño de un esclavo –o esclavista− son ambas relaciones inmorales, ¿qué importa la diferencia entre tener un millón de esclavistas y un esclavo o tener un esclavista y un millón de esclavos? ¿Deja el robo de ser lo que es si lo practica el 51% de la población?

En toda votación política siempre hay perdedores, porque si no hubiera minorías disidentes a las que anular, no habría votación. El voto no es un procedimiento para descubrir la verdad. Es simplemente lo que los antropólogos llaman un ritual de combate, una guerra disimulada. El voto es un sustituto de las balas por el papel. El voto de la mayoría evitará derramar sangre, pero no es un uso menos arbitrario de la fuerza que los mandamientos del gobernante déspota respaldado por un ejército poderoso. El sufragio  no es una garantía contra la opresión; porque el sufragio de la minoría es superado por el de la mayoría y por ello es impotente para impedir una legislación discriminatoria contra la minoría. Bien dijo Lord Acton que la prueba más certera para juzgar si un país es verdaderamente libre es la cantidad de seguridad de que disfrutan las minorías.

En tiempos de esclavitud, los esclavos eran puestos en subasta y su destino era decidido por  los caprichos de los postores. Hoy, las libertades de las personas se subastan y sus derechos se venden o canjean según negociaciones políticas. Pero  de la misma manera que la gente blanca no tenía derecho a comprar o vender personas negras, los políticos no tienen derecho a subastar las libertades de ninguna persona en cualquier país.

Uno nace con ciertos derechos que no deben ser violados por nadie ni estar sujetos a votación, ya que la mayoría no tiene autoridad moral para quitarle sus derechos a la minoría −y la minoría más pequeña del mundo es el individuo−. No importa lo justa que parez­ca una causa, si su logro requiere violar los derechos de una sola persona, entonces esa causa no es justa: es inmoral. Los derechos de un individuo no expiran, ni son suspendidos por una ley, en el momento en que este individuo se encuentre en minoría frente a un número superior de personas.

En conclusión, ni la verdad  ni la moralidad se basan en la democracia. Tampoco la libertad de cada ser humano se basa en la democracia, en el voto de la mayoría. La libertad solo es posible si se respe­tan los dere­chos de cada persona, algo que ninguna democracia jamás ha hecho.

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