Sétimo pecado, la injusticia

¡Donde hay poder, hay injusticia! Y es mucho, pero mucho más grande la injusticia que ocasiona el poder político en su desempeño diario, que

¡Donde hay poder, hay injusticia! Y es mucho, pero mucho más grande la injusticia que ocasiona el poder político en su desempeño diario, que toda la justicia que pretende impartir el Estado con su enorme aparato judicial. Nada más patético e irónico que el Estado, conjunto injusto e inmoral por naturaleza, pretendiendo impartir justicia con leyes hechas al antojo de su fuerza. El mismo Estado que desde  los tiempos romanos inventó a la señora “Iustitia”, y ha tenido más de dos mil años para prostituirla.

Esa infinita diferencia entre la injusticia generada por el Estado y su ruidosa, pero estéril pretensión por corregirla, constituye el sétimo y último pecado capital del poder político; quizá el más doloroso, el que más amarguras le causa a la humanidad, y el origen de tanto luto, guerras, miserias y tormentos sociales. Hacia la injusticia se dirigen siempre los seis primeros pecados capitales que hemos tenido la oportunidad de analizar en las páginas de este Semanario: La Mentira, La Traición, El Fanatismo, La Arrogancia, El Servilismo y La Explotación; ¡Todos convergen en la injusticia!

Un mundo de antivalores aprovecha el ser humano cuando se trata de inmolar a su propio hermano; y el poder de la injusticia, el más cruel y oportunista lo despliega con sutileza y perversidad el Estado soberano, en el cual destacan los vicios más espantosos que tienen sus poderosos dueños de turno.

Una gran parte de la injusticia del poder del Estado nace de la ley que el hombre de gobierno inventa con su arrastrada frase “¡A todos por igual…!”. Pero sabemos que aquí las excepciones dominan a la regla. En un llamado «Estado de Derecho», con su  gastada patraña de la división de poderes, jamás puede haber justicia. La injusticia de un poder la juzga otro poder hermano e hijo del mismo Estado actuando a un tiempo como juez y parte.

La ley con origen en la oportunidad y en el caso previsto y no en la moral existente, es la guarida más ventajosa para los  transgresores, muchos de los cuales los aporta el mismo Estado. Así, los que fabrican las leyes previenen en las mismas sus conductas y favores; y casi siempre adaptan el caso a la ley y no aplican la ley al caso. Por algo los chinos añoran a sus antepasados que, tratando de acercarse lo más que les fue posible a una acracia, vivieron cuatro mil años muy felices sin leyes; y han dicho que la ley que el poder inventa y que él mismo representa, refrenda y aplica es el más despreciable engaño.

La ley sin espíritu, creada por el derecho positivo bajo un sistema acusatorio no es más que una filosa herramienta de injusticia dirigida, con afán inquisitorio, contra las clases sin poder. Pero consideremos privilegiadas las injusticias que tienen la oportunidad de llegar a estrados judiciales y clamar por su reparación; porque la cifra negra de injusticias (las que nunca son acusadas) es demoledoramente mayor en número y se pierden en las tinieblas del olvido.

La obediencia de una ley injusta y arbitraria solo puede tener su origen en la ignorancia de un  pueblo y en el vasallaje de un Estado; pero aun así, los pueblos perciben en su corazón lo que es justo y lo que no, y ese balance lo hacen tan solo con base en la ley natural; aquellos principios eternos, universales e inmutables, que debiera portar cada hombre iniciado en su conciencia y que si se trata de rendir cuentas, castigan más fuerte que los más pesados grilletes. Pero claro, a la ley natural la desplaza la ignorancia del pueblo y la arrogancia del poder. No obstante, la ley natural estará siempre presente y en eterna vigilancia hasta el día en que sea tomada en cuenta por pueblos verdaderamente civilizados.

El resto de las injusticias del poder político, que no emanan directamente de “sus” leyes, resultan de otras acciones “pecaminosas” que ya hemos repetido; la arrogancia, la traición, la explotación, etc.,  que no son más que las otras caras de la misma  moneda falsa con que el Estado retribuye a sus pueblos el favor de su reinado.

Probablemente nadie sabe lo que es la justicia; pero muchos han probado el sabor amargo de lo que piensan que es la injusticia; esos, de seguro, creen más en la injusticia que en la justicia de una pervertida Temis con espada deslumbrante, pero con balanza inclinada y venda transparente.

 

Servilona es la justicia

Que se retira la venda

Sin que nadie la sorprenda,

Para mirar de reojo

Y señalar a su antojo

Donde al poder le convenga.

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