Tiempos electorales

II parteLa posibilidad de que estudiantes puedan combinar formación provista por dos escuelas es una variante que requiere de reflexión institucional. Además de las

Ahora en un plano si se quiere más interno, no es difícil advertir un contraste entre el dinamismo del conocimiento y la resistencia que en algunas ocasiones, las más de las veces latente, se presenta hacia la innovación curricular. Con cierta frecuencia, las mallas curriculares están más en función de una cierta inercia de una docencia ejercida en escuelas que en las necesidades de formación. ¿Será tiempo de profundizar e intensificar el estudio cuidadoso e informado de nuevas formas de imaginar y diseñar mallas curriculares?

II parte

La posibilidad de que estudiantes puedan combinar formación provista por dos escuelas es una variante que requiere de reflexión institucional. Además de las experiencias pioneras en la misma Universidad de Costa Rica, hay modalidades tales como la variante estadounidense, en que la formación se organiza entre el área de conocimientos principal (“major”) y el área complementaria (“minor”), o bien la británica en la cual se puede cursar una carrera (“single honours”) o una carrera y un número de créditos adicionales en otro campo de conocimientos (“joint  honours”). Estas son apenas posibilidades que podrían servir de puntos de partida. Lo que no podríamos admitir es, ayunos de autocrítica, pasar de lejos de un reto curricular de primer orden.

También en el terreno de la docencia, es indispensable subrayar el poco apoyo que tienen los y las estudiantes de postgrado que estudian en la Universidad. Por una parte, a lo mejor por la misma presión que las universidades privadas han ejercido, hubo un periodo en que aumentó considerablemente el número de programas de postgrado, sobre todo de maestrías. Por la otra, la posibilidad de desempeñarse como estudiante de tiempo completo está lejos de ser una realidad.

En lo que respecta a la formación de posgrado, y tomando al menos la experiencia del área de Ciencias Sociales, los programas tienen pocos vínculos entre sí y los y las estudiantes –al igual que en los estudios de grado- no siempre pueden matricular cursos de otros programas. Además, seguimos sin disponer de un sistema de becas para cursar estudios de maestría y doctorado. ¿Será tiempo de apuntalar criterios para constituir un fondo concursable –semejante a los que tan acertadamente se ha consolidado en los últimos años-, según la calidad de los postgrados y de las propuestas de los y las estudiantes, a fin de favorecer el desempeño de tiempo completo durante los años de estudio? Sin ello, difícilmente van disminuir los tiempos de graduación y se va a incrementar la calidad de los programas. Una iniciativa de este tipo podría producir un encadenamiento sin duda muy productivo entre postgrado e investigación. Esta iniciativa tendría consecuencias muy favorables en el reclutamiento de estudiantes jóvenes quienes, si no logran estudiar en el exterior, no podrían dedicarse tiempo completo a sus estudios.

La experiencia del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) en México, institución que beca a todos y todas las estudiantes, nacionales o extranjeras, admitidas a postgrados de excelencia, podría ser emulada por el Ministerio de Ciencia y Tecnología (MICIT) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT) de Costa Rica, cuyas prioridades institucionales parecen concentrarse en demasía en fomentar aplicaciones y mucho menos en la formación de capacidades institucionales y recursos humanos en el mediano y largo plazo.

La formación de recursos humanos para la investigación debería interrogarnos también acerca de los modos en que colegas jóvenes se incorporan en institutos y centros. En ocasiones, la resistencia de algunas asambleas de escuela a conocer solicitudes de reservas de plaza de colegas que cursan estudios de doctorado y que se les ha tramitado reservas de plaza en institutos o centros, ha abierto la discusión de si las unidades de investigación deberían o no contar con plazas en su propio presupuesto, de si deberían ser consideradas como unidades académicas, entre otras posibilidades. Al respecto, en la comunidad universitaria hay posiciones diversas al respecto, lo cual es por lo demás deseable. Sin embargo, lo que no puede seguir pasando es que no discutamos la situación ni se intente formular alternativas. Está muy bien que, por ejemplo, el Consejo Universitario se pronuncie sobre asuntos de indudable interés nacional (Tratado de Libre Comercio o Crucitas, por ejemplo), pero con igual ímpetu requerimos políticas propositivas y prospectivas en materia de conducción académica. Continuará.

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