Tomando café

Desde que hace muchos siglos un pastor nómada del Medio Oriente diera con los efectos del café es probable que se estableció una peculiar

Desde que hace muchos siglos un pastor nómada del Medio Oriente diera con los efectos del café es probable que se estableció una peculiar costumbre, que los familiares y amigos se reuniesen con frecuencia con el singular propósito de compartir juntos unas tazas de café.

Sin embargo, los familiares y amigos están ajenos a las tristes posibilidades que promueven y aseguran lenguas viperinas y criaturillas fisgonas que con frecuencia suelen merodear almas y cuerpos y mortificar con fulminantes proyectiles contra la amistad.

En vista de esas desafortunadas posibilidades, “es completamente posible” que en Costa Rica usted sea protagonista de una inesperada telenovela por usted nunca presentida.

En efecto, la sorpresa puede asaltar a los amigos. Prueba 1: Un hombre y una mujer toman café. ¡Zambomba! ¡Son pareja! ¡No, son amantes! Tan calladito que se lo tenían… (y si uno de ellos o ambos están casados el cotilleo está garantizado).

Segunda posibilidad. Prueba 2: dos amigas salen a almorzar, o van al cine, o comentan alrededor de un refresco las vivencias acontecidas desde su último encuentro. Por tanto… ¡son lesbianas!, ¡descaradas! Habiendo tantos hombres… y tan guapos que son los papacitos…!

Tercera posibilidad. Prueba 3: dos amigos o compañeros, digamos de universidad o trabajo, toman unas copas o unos cafés, o dialogan de filosofía, de fútbol, de libros, o sobre la maldad o la bondad humana… ¡Zas!… que son gays!!! Y él es casado… y el otro es medio cura! ¡De que vuelan, vuelan!

Y bueno, de pareceres hay pareceres. ¿Y entonces qué es lo que hay que hacer? ¿Se debe, entonces, desayunar, almorzar, cenar o tomar café o cervezas o copas en grupos únicamente superiores a 2 integrantes humanos? ¡Ja!… ¡Claro que no!: que ellos se asocian para hacer orgías… que se ve desde lejos…!

Y bueno, para terminar. Si usted alguna vez experimentó, experimenta o llega a experimentar esa realidad cotidiana de estos asesinatos cotidianos a la amistad, entonces puede que crea o que sienta o piense, que la soledad es su destino. Pero NO: ¡toma, corre, almuerza, va sola o solo, porque es un (a) maldito (a) egoísta! ¡Un(a) ermitaño (a)! ¡Huy, qué asco, oí lo hermoso que es amar!

¿Y qué más añadiré? Tal vez esto otro: si usted quiere comer, tomar, almorzar o hablar, hágalo, sea solo o con quien o quienes quieran. Hágalo. Simplemente hágalo. Con otras palabras: ¡mande todas esas lenguas al soberano carajo!

 

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