Un antídoto para la violencia doméstica contra las mujeres

El machismo hunde sus raíces en la división del trabajo hogareño presente desde el neolítico, cuando surgió la agricultura.

El machismo hunde sus raíces en la división del trabajo hogareño presente desde el neolítico, cuando surgió la agricultura. Esa división ha permanecido con pocas variaciones a lo largo de los tiempos. En nuestros ambientes campesinos adjudica a las mujeres cocinar, lavar los trastos, mantener el aseo de la vivienda, cuidar los güilas, atender  los enfermos y los ancianos, ocuparse de la ropa, la huerta de plantas medicinales, las gallinas y los cerdos. Al hombre le corresponden los trabajos supuestamente más importantes: la cacería, roturar la tierra para arrancarle el sustento, el pastoreo. El varón, más fuerte y libre de embarazos, menstruaciones y lactancias, está mejor dotado para esas actividades. Por eso, en las áreas rurales, la humanidad se divide entre las “de adentro” y “los de afuera”. En las ciudades esa división tiende a desaparecer, pues cada vez más muchas mujeres trabajan “afuera” y “adentro”. Tienen dos trabajos, uno pagado y otro gratuito, como herencia de la mencionada división del trabajo, pues ciertos usos y costumbres ancestrales permanecen vigentes y tercos. Se continúa considerando a las mujeres inferiores porque desempeñan tareas tenidas como inferiores. Infinidad son empleadas domésticas sin sueldo. El maltrato laboral, en sí mismo un maltrato psicológico, propicia otros tipos de maltrato, inclusive el físico.

La  división de labores queda intacta aunque haya dinero para pagar empleadas. Si bien una mujer que trabaja fuera de su casa puede contratar una empleada y se libera parcialmente de las labores domésticas, se mantiene y se refuerza la perversa exclusividad del trabajo doméstico conceptuado como asunto femenino.

Todo lo anterior argumenta a favor de la importancia de que los hombres trabajen en oficios del hogar. Si lo hacen de modo habitual, aprenden a valorar ese trabajo y, por consiguiente, dadas las circunstancias actuales, a las mujeres. Se dan cuenta que no es cosa fácil, sino que requiere dedicación, paciencia y esfuerzo. Que en el fondo es un acto de servicio cariñoso, no una obligación impuesta por la naturaleza.

Los oficios del hogar son un semillero de virtudes. Por ejemplo, cocinar sabroso y sano implica adquirir conocimientos, habilidades y actitudes como saber esperar, ser cuidadoso y tener sensibilidad para los detalles, pues cada proceso culinario necesita sus ritmos y porciones.

Compartir las tareas domésticas es sin duda un ejercicio práctico de igualdad. Nadie es superior ni inferior por razón de su género y, por ende, debe realizar todos los trabajos necesarios para la buena convivencia, pues el género no determina tareas domésticas específicas. Esa diferenciación dañina, que alimenta tanta violencia, debe desaparecer.

Desde luego siempre habrá un primitivo que, aun haciendo labores domésticas, maltrate a su familia y en especial a la desdichada compañera, pero esto no anula la propuesta. En ningún momento mantengo que la división sexual del trabajo doméstico sea la única causa de la violencia contra las mujeres, pero sostengo que la potencia.

Sugiero, pues, que el Inamu diseñe y ejecute una campaña, a través de las empresas masivas de difusión, con la finalidad de promover el trabajo masculino en los hogares. Lamentablemente, el Ministerio de Educación Pública “desactivó” la asignatura Educación para el Hogar.

 

 

 

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