Un Nobel para la guerra

A nueve meses de haberse instalado en la Casa Blanca, Obama no ha hecho más que retórica alrededor de la paz. En contraste, su

El pasado 9 de octubre, el planeta boquiabierto recibió la noticia de que al Comandante en Jefe del Pentágono se le había conferido el Premio Nobel de la Paz.

A nueve meses de haberse instalado en la Casa Blanca, Obama no ha hecho más que retórica alrededor de la paz. En contraste, su favorecimiento por la guerra es firme: complicidad con el golpe de estado en Honduras, aumento de las tropas de ocupación en Afganistán, nuevas bases militares en Colombia y Panamá, acoso permanente contra Irán y Rusia, aumento del presupuesto para la IV Flota Naval dirigida contra Suramérica, continuidad con el Plan Colombia (control militar de Suramérica), Plan Mérida (control militar de México y Centroamérica), más fondos para las fuerzas especiales…

Cuando Obama fue elegido, la esperanza por la paz mundial respiró con alivio. Pero sólo fue un cambio de máscara para la maquinaria de la guerra: el bufónico y decrépito rostro de los Bush  fue cambiado por el de un joven locuaz  y afrodescendiente. Pero detrás de la máscara el monstruo de la muerte sonríe intacto.

¿Estarán apostando los académicos de Noruega a comprometer con la paz al estado militar más mortífero del planeta? ¿Pretenden que ignoremos el control tentacular con que aguijonea toda disensión alrededor del globo terráqueo, y las ventosas con que está succionado toda forma de energía?  ¿Creen que el acto de bendición a Obama lo hará enderezar el rumbo neofascista de la potencia? La guerra es una las más pujantes industrias de Estados Unidos. El mercado de las armas no se sostiene sin las guerras; si estas no existen ellos las inventan.

Costa Rica ha sido testigo de cómo un Nobel de la Paz ha hecho uso de su investidura para burlarse de toda legalidad y para imponer su control sobre la Sala Constitucional, el Tribunal Supremo de Elecciones, el Poder Legislativo, la Defensoría de los Habitantes, la Contraloría General de la República y toda instancia que pueda limitar o cuestionar su avaricia de poder.

Con este reconocimiento, la Academia de Oslo escupe en la dignidad de los otros 199 concursantes por el premio y se burla de miles de seres humanos que se han estado jugando la vida, en todos los rincones del orbe, para apagar los conflictos generados por los señores de la guerra. Pero, además, legitima y autoriza al comandante en jefe a continuar con el genocidio y a que  gocen de impunidad sus soldados en todo el mundo. Este jurado traiciona el espíritu por cual Alfred Nobel creó un premio para la paz y lo utiliza para respaldar de nuevo el negocio de las armas.

En este acto, la Academia Sueca atenta contra su propio prestigio. Pero también atenta contra la paz en el mundo, porque le está regalando un billete libre a la fuerzas militares estadounidenses para que arriben – o derriben – “pacíficamente” a cualquier país.

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