¿Un nuevo mensaje, por medio de sapos y princesas?

Ya no es posible creer que una producción cinematográfica como La princesa y el sapo (2009) constituya una obra inocente, cuyo propósito es ofrecer una dulce y cándida fuente de entretenimiento para la niñez. Esta película, producida por los estudios Disney, es una reelaboración del antiguo cuento alemán recopilado por los hermanos Grimm.      Hace […]

Ya no es posible creer que una producción cinematográfica como La princesa y el sapo (2009) constituya una obra inocente, cuyo propósito es ofrecer una dulce y cándida fuente de entretenimiento para la niñez. Esta película, producida por los estudios Disney, es una reelaboración del antiguo cuento alemán recopilado por los hermanos Grimm.

    
Hace una década, Henry Giroux, reconocido por sus estudios de la pedagogía crítica, elaboró un conjunto de ensayos compilado en la obra El ratoncito feroz, Disney o el fin de la inocencia, por medio de los cuales demostró que la afamada factoría norteamericana no hace productos para niños, pues están dirigidos a la familia. Atrapados por el encanto de la metáfora de la inocencia, los audiovisuales producen una sensación de placer y describen un mundo ideal que muchos seres humanos desean conseguir o, si lo tienen, no desean abandonar. Con base en el nutrido repertorio de películas se elabora una interminable cantidad de productos para la venta: ropa, juguetes, objetos de decoración, materiales didácticos, pues no hay que olvidar que esta empresa tiene una clara intención educativa.
    
En el reciente estreno de La princesa y el sapo se alude a un cuento de hadas, pero nunca se clarifica si se trata de la pieza El Rey-Rana o el fiel Enrique, recopilada por los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, en alguno de los volúmenes de Cuentos para la infancia y el hogar, publicados y reescritos en múltiples ediciones entre 1812 y 1857. En el texto literario, la rana ayuda a la princesa a rescatar una bola de oro que se ha caído en un manantial. A cambio le pide que le permita ser su compañera de juegos, comer de su plato y dormir en su cama. La jovencita arroja el anfibio al suelo y logra, con esa acción violenta, la transformación de la rana en rey. En ese momento, aparece un criado, al que llaman “el fiel Enrique”. Este súbdito logra romper tres aros que se habían ceñido a su corazón, producto de la tristeza que le ha causado ver a su Rey convertido en rana. Como puede verse, en el cuento de los hermanos Grimm nunca se menciona el sonado beso de la película.
    
Debe destacarse, también, el hecho de que el servidor del príncipe de Disney no es fiel como Enrique. Lawrence se presta para que Facilier (un hechicero de magia negra) someta a su amo, el príncipe Naveen, a la magia del vudú y lo convierta, por ese medio, en sapo. Como lo señalaran Luis Alberto Leiva y José Luis González Yuste, es posible encontrar una “disneylandización” social, en la que se evidencia que cualquier acto subversivo que se oponga al orden jerárquico es duramente castigado. El servidor que pone en riesgo a su príncipe es tratado y castigado como un traidor.
    
Se ha resaltado el hecho de que el personaje femenino de la película sea una afroamericana de Nueva Orleans.  Sin embargo, la mayor parte del tiempo, en el film, la joven Tiana pasa convertida en batracio. Naveen, también de piel oscura, es un príncipe arruinado, por lo que necesita conseguir una esposa adinerada, para mejorar su situación económica. Aquí se observa un llamativo asunto étnico: todos los personajes de piel oscura son pobres, y deben realizar grandes esfuerzos para conservar un sitio privilegiado en la sociedad.
    
Granado Palma ya señaló que, con el afán de conquistar una mayor cantidad de simpatizantes, en Disney existe una doble moral: por un lado, Facilier, un hechicero del vudú, al no lograr embaucar al príncipe Naveen lo convierte en sapo; y, por otro, Mamá Odie, una bruja del pantano, quien también conoce las artes del vudú, combate y logra aplacar las fuerzas malignas que se han desplegado. Incluso, es ella quien oficia el matrimonio entre los dos sapos. Para no quedar mal con nadie, los novios-animales se redimen, se transforman en seres humanos y se casan en una iglesia, a la usanza cristiana y con la presencia de un sacerdote. Nótese que queda flotando la duda… ¿es el vudú correcto o incorrecto?
    
Es usual que en las producciones de Disney se haga una contraposición entre el trabajo y la holgazanería.  Tiana es una joven emprendedora y no conoce el descanso, pues trabaja de día y de noche. Naveen, por el contrario, es un príncipe despreocupado por el trabajo y es un apasionado de la música y del baile. ¿Es, por esto, castigado y convertido en sapo?, pero, entonces ¿por qué sale castigada Tiana, también? Como es de esperar, el film finaliza con la apertura del restaurante de Tiana, fruto del esfuerzo conjunto de la pareja. Parece que la verdadera conversión del sapo en príncipe consiste en reconocer el valor del trabajo. De esa forma, el film puede ser un acierto para quienes buscan la moraleja. Es por medio de los sueños claros y del trabajo que se puede obtener el mayor encantamiento.
    
Para concluir, hay que decir que esta película, como otras firmadas por la factoría Disney, cuenta con maravillosos dibujos, música pegajosa y con un acelerado ritmo narrativo que captura la atención de la niñez. Esa atmósfera de inocencia puede disimular la posible comunicación ideológica sobre política, racismo o doble moral. Más que impedir que las jóvenes generaciones vean este tipo de producciones, es conveniente que las miren críticamente, se fomente el diálogo y se abran nuevas posibilidades estéticas… los cuentos de hadas aún tienen mucho que contarnos.

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