Una noche en el Teatro

Acudí, sin haber recibido invitación, a la entrega de los premios nacionales la noche del 19 de abril, en el Teatro Nacional. Al ver

Por mera casualidad, como dicen, me percaté, la noche antes de la marcha en defensa de la autonomía universitaria, que en la página oficial del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes se anunciaba que mi libro: Memorias del dolor: consideraciones acerca de las Comisiones de la Verdad en América Latina (Editorial Arlekín, 2009) había recibido una mención de honor en la categoría de ensayo en los Premios Nacionales “Aquileo  Echeverría”. Nunca recibí comunicación alguna acerca de este hecho.

Acudí, sin haber recibido invitación, a la entrega de los premios nacionales la noche del 19 de abril, en el Teatro Nacional. Al ver el programa en la entrada, pude constatar que la mención de honor anunciada no venía incluida, aunque sí estaban otras menciones de honor, pertenecientes a otras categorías. Al inquirir acerca de este inesperado hecho, recibí como primera respuesta la afirmación de que “si había algún error se me haría llegar el certificado”.

Rechacé, por supuesto, esta ligereza de reacción inicial y exigí que se me aclarara la situación. Se me abrió entonces un mundo insospechado: de explicaciones ambiguas y porosas. Lo primero que hicieron fue acudir a Internet,  para constatar que, efectivamente, mi nombre aparecía en la página del Ministerio, que no se trataba de un advenedizo de  última hora queriendo infiltrarse en un acto de estado. Sin embargo, pronto se encargaría uno de los funcionarios de decirme que “un hacker se pudo haber metido a la página del ministerio para meter su nombre en la lista”. Tal cual, así me lo  dijo. No sé por qué pensé en Kafka.

Fueron entonces a rastrear las actas de los jurados a las oficinas del Ministerio. Yo permanecía ahí, convencido de que tenía que aclararse el asunto, en la incómoda posición de estar implantado en la entrada del Teatro mientras se desarrollaba la función oficial. Como los que recibían distinciones tenían que desplazarse por ahí, después de recibir lo que les correspondía, se encontraban con el extraño espectáculo de verme ahí esperando, y algunos se acercaban a preguntar  qué ocurría, y luego se alejaban, extrañados con mi respuesta.

Terminaba ya el acto, y por fin apareció alguien con las actas. “Se aclarará, pensé, este peregrino asunto, a  ver si es una ingrata tomada de pelo, o que”. Pero no, insólitamente, las actas no resolvieron. Ya a estas alturas daba la impresión que el asunto prioritario era terminar con mi incómoda presencia ahí, que podía perturbar los bombos y platillos oficiales. Más explicaciones ambiguas, porosas. Se me indicó que acudiera el día siguiente a la Dirección Nacional de Cultura, donde  se me explicaría lo sucedido.

Finalizada mi noche en el Teatro, me fui a casa, desconcertado. La mañana siguiente recibí una llamada, de uno de los funcionarios que lidió conmigo la noche anterior, expresándome que “yo tenía razón”, y que la Directora General de Cultura quería acudir a mi casa personalmente a conversar conmigo. Sostuve una conversación franca y clara con Doña Adriana Collado, quien empezó asumiendo la responsabilidad de la dependencia que dirige, y expresando que “no tenía explicación” para lo que había pasado. Que estaba sumamente consternada y preocupada.  Entre otras cosas, le insistí en que realmente no era un error, sino dos, o tres: ya que aunque se había informado correctamente a la prensa acerca de los fallos del jurado, no se me había enviado notificación alguna de la distinción recibida, ni invitación al acto de entrega, y, luego, estaba mi exclusión del programa y del acto oficial.  La tesis de la Dirección de Cultura es que se trata de un “error en cadena”, producto de una “omisión” a la hora de hacer un acta oficial. Lógicamente, hablamos de la necesidad de investigar lo sucedido.

Se plantearon algunas medidas que yo llamaría  “reparadoras”. Entre ellas que se emitiría un  comunicado de prensa de la Dirección de Cultura, asumiendo la responsabilidad por lo ocurrido e indicando claramente que se me impidió participar  en la actividad, lo que efectivamente se cumplió. Le expreso a Doña Adriana mi reconocimiento y agradecimiento por sus reacciones a lo sucedido. Son acciones correctoras, pero, evidentemente, no  borran la necesidad de entender lo que ocurrió.

Si no me percato, como expresé al inicio, por pura coincidencia, de la existencia de la mención de honor, no pasa nada. Borrado del reconocimiento público de los Premios Nacionales. Simple y sencillamente. Por otro lado, la terquedad de los hechos parece indicar que en este país, en este ámbito, se puede recibir una distinción nacional, pero sin que sea comunicada, y sin que sea entregada.  Parece, realmente, que hay mucho que investigar y corregir.

El libro Memorias del dolor trata las experiencias de países hermanos que han sufrido episodios de guerra, represión y dictaduras y los esfuerzos de “emprendedores de la memoria” por hacer justicia a las víctimas y a sus aliados. Dedica también atención a las “verdades públicas”, entre ellas las “historias oficiales” escritas desde el poder.

Obviamente se trata de episodios y vivencias gravísimas, incomparables  con incidentes como el que relato. Pero no deja de llamarme la atención que, habiendo recibido una distinción por un texto que se las ve con las historias oficiales, estuviera a punto de ser borrado de la “historia oficial” de la cultura del país.

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