Volver a la cortesía

Cuando viajo a otras ciudades y no veo accidentes de tránsito, pero en mi país: el más feliz del mundo, me encuentro varios por

Cuando viajo a otras ciudades y no veo accidentes de tránsito, pero en mi país: el más feliz del mundo, me encuentro varios por día, me pregunto: ¿qué pasa con los conductores costarricenses? ¿En qué diablos andan pensando y por qué tanto accidente estúpido? Hoy creo tener respuesta y remedio.

He estado en Italia: país inundado de carros como todo el mundo, pero no vi accidentes. La gente, acostumbrada al turista, conduce con precaución y cortesía: se detienen sin el pitazo vulgar del tico cuando alguien se atraviesa… Estuve también en Alemania e igual: los conductores ven a alguien ante un paso peatonal y, lejos de acelerar para pasar primero, se detienen cortésmente. No vi accidentes pese a las altas velocidades y, del único percance del que tuve conocimiento, lo propició un tico que andaba por allá… También he visitado México: donde la confusión y caos vehicular es aterrador y, curiosamente, no vi accidentes, ni escuché tantos pitazos, ni “reputiadas”, ni gestos vulgares como aquí. Para todos hay espacio y entre “güeyes” no se cornean. Actitud digna de imitar…

¿Cuál fue la tónica imperante en estos países? A mi modo de ver, lo que nos falta a los ticos: la cortesía, es decir, la educación. Porque si algo caracteriza al grueso de conductores ticos es la altanería, egoísmo, mal humor, prepotencia y su devoción por el “pito”. De hecho, a veces creo que hay dos tipos de tico: el que a pie saluda amable y el que, una vez en su 4×4, pita porque si te vi no me acuerdo; apártese porque lo arrollo…

Los costarricenses somos demasiado permeables a las corrientes foráneas y globalizantes. Con facilidad perdemos desde valores y principios, hasta la soberanía y manera de andar. Nos falta fe, patriotismo y sentido de arraigo. Y algo hermoso perdimos: la cortesía; ya no nos encanta ni nos importa la gente. En mi tiempo las personas se topaban y se saludaban amablemente, decían adiós y hasta un “Dios lo acompañe”. Al llegar a una pulpería o negocio el dependiente, lejos de recetarle un seco:” ¿qué quiere?, saludaba jovial y preguntaba: “¿en qué podemos servirle, qué desea, qué va a llevar? Amable era también el cliente, que pedía las cosas por favor, sin ese falso: “regáleme” con el que se aparenta una fineza y una cortesía del diente para afuera, igual que “mi reinita, mi amor, mi cielo” y dónde te pongo y en cuanto dan vuelta va la burla…

La gente visitaba a los vecinos y nunca llegaba, ni se iba, con las manos peladas. Las mujeres se convidaban algún gallito: guiso, dulce, una planta o algún cariñito. Los hombres llevaban algún puño de café, frijoles, plátanos o producto. Todos compartían sus siembras y el problema de uno, lo era de todos. ¡Hermosa política del buen vecino!

Pero se olvidaron esas nobles costumbres y hoy, difícilmente se saluda al vecino. Pareciera como si la cortesía degradara, hiciera lucir blando o rebajado. Sonreír pareciera pecado; hay que parecer duro, soberbio, misterioso e impenetrable. La voz no brota para un saludo, pero siempre hay un do de pecho para reprochar la mínima tontería. Lo vemos en las calles cuando algún carro se pone delante: de inmediato el pitazo, siempre el “pito”. No hay tolerancia. Claro que es duro lidiar con los dueños de la calle: muchos taxistas, autobuseros, camioneros e impertinentes… Pero el peatón también es demasiado imprudente: cruza la calle donde se le ocurre, no mira antes de tirarse y cree que todo el mundo le debe pleitesía. ¡Ah! pero le comen la lengua los ratones cuando alguien le cede el paso; ni un gesto, ni un gracias; pun, pun, pun, al paso de la guayaba…Para más el zahuatillo que desde la orilla, vuelve a ver y mueve el rabo…

Volvamos a la cortesía y practiquémosla en todos los aspectos de la vida; sobre todo al conducir. Depongamos esa absurda beligerancia de querer ser los machos o hembras alfa de las calles. Todos necesitamos llegar a nuestro destino, todos andamos con el tiempo contado, pero poco ayuda la altanería e intransigencia. Respetemos las señales de tránsito, a los demás conductores y peatones, sin que nos obligue un oficial o la sanción de una foto millonaria.

Soltemos el “pito”. No contaminemos más el medio ambiente, pues sólo “medio” nos queda. Sabida es la importancia del “pito” para los varones: sonido, tamaño y alcance… Consabida es la admiración de las damas por ese objeto, pero por favor señores y señoras, evitemos utilizarlo en las calles innecesariamente. Evitemos accidentes, cóleras y muertes, volvamos a la cortesía, desanudemos el ceño y sonriámosle a la vida que lo cortés, no quita lo valiente.

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