Albergue de niños migrantes en EE.UU.: La Hielera

Tras cruzar el río Bravo, los niños solos vuelven a desaparecer, esta vez absorbidos por la burocracia estadounidense. A la estación de

Tras cruzar el río Bravo, los niños solos vuelven a desaparecer, esta vez absorbidos por la burocracia estadounidense. A la estación de autobuses de McAllen llegan únicamente padres y madres con hijos: es un local familiar. Los niños solos son transportados hacia refugios que la Oficina para el Reasentamiento de  Refugiados (ORR) tiene en todo el país.

Los ORR más cercanos a la frontera, son los de McAllen y Harlingen y están vedados a la prensa, pero sí permiten el ingreso de activistas como Sor Norma Pimentel: “Están muy callados (los niños), muy tristes y asustados. Quieren saber cuánto tiempo van a estar ahí”.

Arnoldo es otra puerta de entrada a ese mundo. Hace año y medio, a la edad de 16 años, el hondureño decidió salir de su país porque este había perdido el rumbo. «Ahí siente como que no avanza uno», confiesa. Tomó ruta hacia el norte sin guía, solo con unos amigos que después se arrepintieron y volvieron atrás. Él siguió. En Reynosa coordinó con su hermano, residente oficial en Texas, para que le pagara un coyote. Todavía no sabe cuánto costó.

Al cruzar el río, su guía lo abandonó y Arnoldo, quien prefiere no publicar su apellido, fue capturado por la Migra. Después siguió el camino de todo niño solo.

Los agentes lo enviaron a La Hielera, nombre oscuro con que los migrantes llaman al centro de procesamiento de la patrulla fronteriza, donde un aire acondicionado gigante se encarga de mantener una temperatura antártica y los oficiales confiscan chaquetas, bolsos con ropa, cordones de zapatos y hasta artículos para el cabello.

“Le dan una cobija de aluminio que es como papel de aluminio, pero eso no calienta nada para esa temperatura que tienen ahí”, explica Arnoldo.

El Servicio de Inmigración intenta ubicar familiares  que vivan en Estados Unidos de cada menor de 18 años que llega hasta su frontera y luego de un breve proceso los envía con ellos.

Según el Departamento de Servicios Humanitarios de Estados Unidos, este es el destino del 85% de los niños migrantes que cruzan el río sin un adulto. Allí seguirán el juicio, que puede durar hasta cinco años si agotan todas las instancias de apelación.

Arnoldo tuvo otra suerte. A pesar de que su hermano trabajaba legalmente como fontanero, pasó poco más de un año en el refugio para menores de Harligen. Allí despertaba a las 6:30 a. m. todos los días, iba a clases siete horas diarias y tenía espacios de televisión o deportes por la tarde. Conoció a su abogada, una litigante ad honórem que aceptó ayudarle con el caso y cuando cumplió 18 años, fue trasladado a un centro para adultos.

Finalmente, en setiembre pasado recibió una visa especial juvenil y pudo mudarse al apartamento que alquila su hermano.

La primera vez que llegó a la corte, meses antes de recibir su permiso, llegó solo. En Estados Unidos no hay defensores públicos para la justicia migratoria.

–Ahí nomás pedí tiempo para buscar un abogado.


Cortes de Harlingen

Un miércoles de setiembre, el juez Eliazar Tovar presidió sobre la corte de inmigración de Harlingen, Texas, 45 minutos al este de McAllen. Hablaba perfecto español, pero las formalidades iban en inglés: al principio de cada sesión, preguntaba ayudado por una secretaria/traductora cuál idioma entendía mejor cada imputado.

Cinco menores y algunos familiares esperaban en los asientos del público. El primero, un salvadoreño de 17 años con paso valiente, pidió que le movieran el caso a San Antonio, Texas. Otra chica pidió que pasaran su caso a Washington, donde espera ver a su madre («¿Ya hablaste con tu mamá?», preguntó en español Tovar, fuera de actas, cuando terminó con ella). Muchos piden que muevan su caso a otra sede, otros ni se molestan en llegar. De 77 expedientes programados para el día, solo despacharon 5.

Los últimos eran dos mexicanos de 17 años que llegaron con su abogada ad honórem. Aceptaron los cuatro cargos que les imputaba el fiscal y tendrán que irse de regreso a su país. Los dos vestían igual: pantalón sin faja, tenis celestes y camisa holgada.

Cuando salimos de la sala de audiencias y se fueron otra vez hacia el centro de niños solos, descubrí por qué fue tan rápido el trámite: ambos eran guías de grupos de migrantes, es decir «baby-coyotes».

Las organizaciones criminales mexicanas prefieren usar menores de edad porque, si los atrapan, están menos tiempo encerrados y porque casi siempre terminan deportándolos.

Si fuera un adulto, tendrían menos opciones en los tribunales. Del otro lado del río hacen magia, pero aquí la ley es otra. Aquí sirve solo lo que uno diga ante el juez.


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