Alberto Cañas: la palabra del siglo XX

Alberto Cañas Escalante nació el 16 de marzo de 1920. Durante 94 años, fue uno de los referentes políticos y culturales de la Costa

Alberto Cañas Escalante nació el 16 de marzo de 1920. Durante 94 años, fue uno de los referentes políticos y culturales de la Costa Rica del siglo XX. (Foto: archivo)

Cuando Alberto Cañas Escalante murió, minutos antes de la 1 p.m. del pasado sábado 14 de junio, terminó el siglo XX en Costa Rica.

Durante 94 años, Cañas se dedicó a reinventarse en cuanto oficio y profesión pudo imaginar, estableciendo premios, fundando partidos políticos y creando instituciones inventadas para este país. Fue pieza clave entre los fundadores de la Segunda República, allá en 1948, y el penúltimo relicario de esa Costa Rica de otra época.

Para nosotros, las generaciones más jóvenes que no vivimos el funeral largo de Pepe Figueres o la muerte del doctor Calderón Guardia, la partida de esa figura inamovible como don Beto nos deja un poco fríos. “Como si no me hubiera percatado que ese tipo de personas también morían”, me escribió un amigo en el chat de Facebook.

El pasado sábado 14 de junio, mucho tiempo después de lo que él jamás pensó, según dijo en varias entrevistas durante sus últimos años, Cañas falleció tras complicaciones posteriores a una intervención quirúrgica.

Alberto Cañas Escalante (16 de marzo de 1920) dedicó su vida a formar algunas de esas instituciones que, décadas después, parecen imposibles de inventar. Imaginó el Ministerio de Cultura, la Escuela de Periodismo de la Universidad de Costa Rica, la Compañía Nacional de Teatro y le dio cuerpo y fondo al Partido Liberación Nacional (PLN), que dejó hace 15 años para unirse a Acción Ciudadana (PAC).

Novelista, dramaturgo, abogado, político, periodista y diplomático (elegir dos o tres para titular esta nota fue hacerle una injusticia), recibió en 1976 el Premio de Cultura Magón, el García Monge y varias veces el Premio Aquileo Echeverría.

En todos esos quehaceres –de legislador a dramaturgo y todo lo que hay en medio–, don Beto caminó desde los tres años con la palabra como bastón y consejera. Su hermana Amalia fue quien lo presentó al idioma y, terco como era él, no quiso dejarlo ir.

“(Amalia) realizó otra hazaña inexplicable, que fue transmitirme sus conocimientos a mí, que acababa de cumplir tres. A los tres años, entonces, comencé a leer… y no he parado”, rememoró Cañas en su libro de memorias, 80 años no es nada.

En la misma página del libro detalla su primera memoria política: una escena de 1923 entre Ricardo Jiménez, Alberto Echandi y el “General Volio”. Nueve décadas después, de nuevo asomado a las carreras presidenciales, estuvo con sus gruesos anteojos de entomólogo en la celebración del 6 de abril del 2014, cuando el PAC alcanzó la presidencia y Cañas recordó lo que era ganar en política.

La última vez que había celebrado una presidencia había sido en 1994, cuando José María Figueres –hijo de su caudillo, José Figueres Ferrer– llegó a Zapote. Ese mismo año, don Beto llegó por segunda ocasión al Congreso (la primera había sido entre 1962 y 1966) y ocupó la presidencia del Directorio Legislativo hasta 1995.

El pasado 15 de junio, un día después de su muerte, los actuales diputados y personalidades del mundo cultural, político y mediático llegaron a su capilla ardiente para despedirlo. Su funeral se celebró un día después, el Presidente de la República asistió a la iglesia y la Guardia de Honor de la Fuerza Pública alzó el ataúd.

La vida política la empezó joven. Tras graduarse en Derecho en 1944 y empezar a trabajar en periodismo, fue secretario interino de la Junta Fundadora de la Segunda República. De quienes forjaron el país en la década de 1940, ahora solo queda uno, Luis Alberto Monge, constituyente de 1949.

Mientras en San José deliberaban cómo redactar una Carta Magna, Alberto Cañas debatía como Embajador ante las Naciones Unidas los puntos y comas de la Declaratoria Universal de los Derechos Humanos. Se mantuvo cercano al PLN mientras duró su caudillo Pepe Figueres y, cuando él faltó, mientras sintió que su espíritu permanecía. En el 2000 fue uno de los liberacionistas disidentes que fundó el PAC.

De esa segunda mitad del siglo XX mantuvo la afición por los caudillos toscos y aguerridos, por la política del impacto, como si fuera un deporte físico que requiriese meter el pecho, empujar con los hombros y decir las dos o tres cosas que se piensan sin meterles muchas consideraciones a micrófonos o rivales.

La política la diluyó en cultura, y viceversa. En el tercer gobierno de Pepe Figueres fundó el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes y fue su primer jerarca. Presidió en distintos momentos de su vida la Editorial Costa Rica, la Asociación de Periodistas, la Academia Costarricense de la Lengua y la Asociación de Escritores. En este periódico, fue miembro del Consejo Editorial del suplemento Forja durante décadas.

El periodismo lo ejerció de rebote y con fervor, inicialmente redactando para El Diario de Costa Rica y, luego, como fundador y director de La República (1950) y director de El Excelsior. Todavía una semana antes de su fallecimiento se publicó en La República su columna “Chisporroteos”, infaltable desde hace décadas.

Lo tuve que haber visto varias veces, pero recuerdo una de ellas con claridad. Octogenario y encorvado, fue uno de los exponentes en la celebración del 40.° aniversario de la Escuela de Ciencias de la Comunicación, cuando yo recién había ingresado. Esa tarde despotricó a gusto desde el estrado contra el cambio de nombre (de Periodismo a Comunicación), contra las reformas al plan de estudios y contra quienes, decía él, habían eliminado los cursos de cultura general.

Para don Beto, hacía falta saber de política y novela para ser periodista, pero también era necesaria la diplomacia y la academia para ser dramaturgo, el periodismo y la novela para ser legislador y la historia y el teatro para ser ministro.

Él resolvió esta trenza siendo algo de cada cosa y poniendo con pocos de su carne lo que ningún otro podía aportar: retazos de historia.

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