De votos enclaustrados

El licenciado Mariano Barrantes, director del Centro de Atención Institucional de San José, o cárcel de San Sebastián, recibe a la misión de la

El licenciado Mariano Barrantes, director del Centro de Atención Institucional de San José, o cárcel de San Sebastián, recibe a la misión de la OEA, que observa el proceso electoral en Costa Rica, con mal disimulado orgullo. El ambiente es calmo y sereno; espaciados, según su voluntad, algunos privados de libertad salen a ejercer su voto.

En San Sebastián, hay una sobrepoblación carcelaria del 40%, pero de los 932 que la componen, solamente 107 privados de libertad están inscritos en el padrón dividido en dos mesas receptoras, la 58 y 59.

Los observadores atestiguan y felicitan la forma en que ejercen ese derecho.

Marlene Gutiérrez, es miembro de mesa, como cada cuatro años, pidió que la asignaran a este lugar, le gusta compartir con los privados de libertad. Esta vez dice que la votación es mucho más alta que otras veces. A las 10 a.m. ya han votado alrededor de 30.

Kevin ejerce por primera vez su derecho a votar. Está ahí por un percance, que lo llevó a un proceso por tentativa de homicidio. Piensa en recuperar su libertad y que la sociedad sea algo mejor que cuando la perdió.

Jeremy es un privado de libertad joven, pero su vida está plagada de condenas. Habla con una serenidad desconcertante y un tono apenas perceptible. Alrededor de sus ojos, las lágrimas tatuadas cuentan un registro macabro, las múltiples cicatrices en sus brazos,  la desesperación con que ha agredido su propio cuerpo. Tiene mirada de pupila oscura, donde un brillo opaco se revuelve entre furia y melancolía.

Dice que es importante votar, que es un derecho que hay que ejercer y defender, quisiera un gobierno que ofrezca más oportunidades en el estudio y el trabajo. Casi sonríe al responder si esas oportunidades las espera para cuando salga de su privación.

Su cadena de confrontaciones con la sociedad es tan extensa e imbricada como los arabescos que cubre de tinta la piel de su cuerpo.

Como otros de sus compañeros, se levantó temprano este primer domingo de febrero para ejercer su derecho como ciudadano, uno de los pocos que le quedan.

Como penal, San Sebastián es ordenado y tiene un ambiente sosegado dentro de lo que cabe. Los vigilantes también irán a votar en sus respectivas comunidades de residencia, esperan el relevo para marcharse a sus casas. Algunos reclusos no tienen esa posibilidad, un vacío en la planificación y aplicación de la ley, los priva del derecho a votar: están inscritos en centros de votación de su residencia, pero ahora su residencia es la cárcel.

Mientras otros, que están inscritos con residencia en el presidio, ya han recuperado su libertad. Por extraño que parezca, algunos de estos se atreven a regresar a ese sitio donde cumplieron condena solo para ejercer su voto. Tal es el caso de Greivin, quien llega saludando y sonriendo. Los custodios lo guían a la mesa de votación. Reconoce que cometió una falta a la sociedad y la pagó. Ahora, después de votar, camina orgulloso hasta el portón y le dice riendo al guardia: Voy pa’ fuera. Al igual que él varios más lo hacen en el transcurso del día.

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