El síndrome del Darién

El «tapón del Darién» no está entre Panamá y Colombia. Reside en el ciudadano que no termina de ver, comprender

El «tapón del Darién» no está entre Panamá y Colombia. Reside en el ciudadano que no termina de ver, comprender y señalar, con su voto y exigencia organizada, la ruta para un cambio efectivo.

El autismo es uno de los rasgos de la campaña electoral en Costa Rica

Un sarcasmo atribuye al «tapón del Darién» (área de tránsito rudo entre Panamá y Colombia) la lejanía política y cultural de Costa Rica respecto de América del Sur y su proclividad hacia el oxígeno (o los tóxicos) que le es provisto desde el Norte, en especial por Estados Unidos. Como todo estereotipo, se trata de una referencia sesgada cuya apariencia objetiva, que remite al aislamiento político del país y a la incapacidad de sus grupos dirigentes, empresariales y tecnócratas para al menos imaginar  las condiciones de una dependencia nacional, no podría superar los últimos 25 años.
Sin embargo, la campaña electoral en curso enseña caracteres autistas perversos ya no solo hacia lo que ocurre en América Latina sino con la historia reciente del país. Este autismo podría presagiar, por desgracia, un proceso de degradación irreversible para la vida política de los costarricenses. Como todo autismo, quien lo sufre, ciudadanía en especial, la gravedad del momento no parece importarle al carecer de sensibilidad y discernimiento hacia su mal.

 

AUTISMO INTERNO
El proceso en el que resultó elegido Abel Pacheco mostró como un principal rasgo la penuria de los partidos llamados ‘tradicionales’ para imponer a su organización y al electorado su estilo vertical y clientelista. El ‘abelismo’ enfrentó al calderonismo. El «pacismo» a los intereses, no siempre coherentes, cubiertos bajo disfraz liberacionista. El éxito electoral de la rebelión fue amplio (abelistas y pacistas llevaron sus cifras casi al 65% del voto), pero no se prolongó políticamente. Ya presidente, Abel se transformó en Pacheco y éste sepultó el prometido cambio (heredó un equipo económico neoliberal y la mayoría de ‘sus’ diputados fue calderonista). Los promisorios 14 diputados del PAC enfrentaron una escisión que significó flacura numérica, pero sobre todo un bofetón para las esperanzas de sus electores. Así, la renovación de la pol& iacute;tica, es decir la reconstrucción de valores republicanos, desapareció de la agenda. La enterraron la ingenuidad y ceñimiento del PAC, el cinismo del PUSC y del PLN, el aventurerismo del Movimiento Libertario y el cruel naufragio del Ejecutivo. Ni el bullicio de los negocios de las mafias rodriguista, calderonista y figuerista logró avivar la urgente renovación moral que pasaba por la liquidación del paternalismo estatal y el clientelismo electoral,  el apego al orden público y por «mandar obedeciendo» con transparencia y rendición de cuentas.

No se dio crédito a esta agenda en la campaña del 2005-06. Y el país no solo necesita nueva dirigencia (podrían ser los mismos ancianos odres pero renacidos con sinceridad al servicio público), sino principalmente una nueva cultura política. La avisa Ottón Solís cuando escribe: «Pocas veces (…) una elección ha sido tan ideológica y tan determinante. Por un lado está la política del neoliberalismo excluyente y de la corrupción y por la otra la política de una Costa Rica inclusiva y de la decencia» (21/12/05). Pero el reto no es solo ideológico y social, sino cultural.

Que el reto, que apunta a las raíces de la venalidad, impunidad y descreimiento reinantes, no se asume, lo muestra que ningún partido (PAC excluido) declara hoy la oscura madeja de su financiamiento, ni tampoco puede ser obligado a ello porque sus fichas en la Asamblea trabaron la legislación pertinente. Que el problema es más amplio lo exhibe un Tribunal Supremo de Elecciones que no se da energía para exigir  reformas que impedirían la impunidad próspera de  ladrones y defraudadores «políticos». Costos de este autismo son el cinismo partidario y la abstención ciudadana.

AUTISMO HEMISFÉRICO

Que el Consenso de Washington, o neoliberalismo de Estado, que reinó en los 90 del siglo XX en América Latina, es algo fracasado, lo reconocen revistas como Time y The Economist y organismos internacionales como el FMI y el Banco Mundial. Existen opiniones varias sobre las razones del fracaso, pero también coincidencia en que estabilidad macroeconómica, subasta de activos públicos y apertura sin cautela, o sin reestructuración previa, ante los apremios del mercado global no son suficientes para la vida digna de más del 40% de la población del área. La evidencia más clara del fracaso es la aprobación de leyes estadounidenses para castigar a la emigración mexicana y la construcción de un muro en la frontera entre esos dos países que bloquea el paso de quienes abandonan raíces para tener la esperanza de un horizonte laboral y no morir con sus familias en la miseria.

El fracaso del neoliberalismo de Estado comprometió los procesos oficiales de democratización. La democracia, alegan  los más cínicos, no se ocupa de cuestiones sociales. Es solo un dispositivo para elegir gobiernos. Pero la realidad destroza este cinismo. Los electores, utilizando el dispositivo, eligen primero a Chávez en Venezuela. Luego a Kirchner y Lula en Argentina y Brasil. Después a Tabaré Vásquez en Uruguay, en efectiva decantación de la cultura de izquierda en ese país.
En el final del 2005, Evo Morales logra alud de votos en Bolivia. La caverna y sus medios se asustan a sí mismos con la imagen de un «retorno de la izquierda». En Perú brota un candidato nacionalista, O. Humala. México perfila a López Obrador. A Estados Unidos ya no le satisface el dispositivo electoral. Desea un monitoreo hemisférico que le permita eliminar dirigentes que no son de su agrado. Fracasa. La democracia representativa oficial es cuestionada regionalmente por una democracia participativa, de inspiración venezolana. La prensa empresarial, ignorante o perversa, habla de «populismo». Lo que se dibuja es  otra realidad política en el subcontinente. Parece tiempo de cambios. Difíciles y lentos quizás, pero cambios.

Pero no en Costa Rica. Tecnócratas y la mayoría de la ralea política (los hermanos Arias, Guevara, Toledo) apuestan todo al superado Consenso de Washington bajo la forma de un TLC con Estados Unidos pactado a la carrera y mal. Lo acepta incluso EE.UU. al reconocer que los comisionados centroamericanos firmaron lo que no entienden ni pueden cumplir (ciertas agendas complementarias). Resultado inédito: suspendida la entrada en vigencia del TLC que, de paso, separa-enfrenta al área centroamericana con la mayoría de América Latina.
En la elección actual solo el PAC (entre los de sufragio mayoritario) mantiene una posición responsable ante el TLC y el neoliberalismo de Estado: el desarrollo se basa en las energías de los costarricenses. Bienvenida la inversión extranjera complementaria si no corrompe socialmente ni degrada la Naturaleza. Los subsidios irán a agricultores y a pequeñas y medianas empresas nacionales y no a transnacionales y sus socios.

La caverna elige a Chile como «modelo». Chile negoció durante más de diez años su TLC con Estados Unidos y lo inscribió en una política de diversificación de mercados. Costa Rica parloteó semanas y el tratado amarra su dependencia a un mercado único. El ‘modelo’ chileno tiene un desempleo alto para Costa Rica y una acentuada polarización social. En todo caso, el TLC chileno no se asemeja al que pactó Pacheco. Pero la caverna exulta: «¡Chile es la promesa!»

La caverna rechaza las tesis sobre justicia social (que ganan terreno en el subcontinente) como «populismo». Otto Guevara es el Fujimori (‘populista’ eximio) tico cuando recoge basura en Tibás o toma la pala para ‘construir’ una escuela. Los Arias dicen no prometer nada y en cada acto público ofrecen de todo a cada grupo de votantes. Éstos ya deberían saber que si consiguen algo lo harán desde su esfuerzo organizado y esa será su dignidad y la de Costa Rica: la propiedad del trabajo limpio y propio y no la dádiva de «los mil que trabajan por usted».

Costa Rica, su ciudadanía, sus instituciones, han tenido y tienen la posibilidad de adecentar su existencia política. El «tapón del Darién» que lo impide no está entre Panamá y Colombia. Reside en el ciudadano que no termina de ver, comprender y señalar, con su voto y exigencia organizada, la ruta para un cambio efectivo.


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