Luis Guillermo Solís entre la tregua y el aguacero

Luis Guillermo Solís abrazó a su padre, Freddy, tras recibir la banda presidencial. En la tarima ubicada en el Estadio Nacional, Solís celebró con

Luis Guillermo Solís abrazó a su padre, Freddy, tras recibir la banda presidencial. En la tarima ubicada en el Estadio Nacional, Solís celebró con su familia. (Foto: Juan Ramón Soto)

Luis Guillermo Solís recibió la banda presidencial en una mañana que permitió la fiesta y los aplausos; ahora inicia un Gobierno en donde pondrá a prueba el combustible de 1.300.000 votos.

En esta república tórrida y bananera, el mes de mayo tiene la misión de inaugurar las lluvias y en la víspera de la transmisión de mando cumplió su deber a gusto. Llovió, llovió, llovió. Durante la noche y madrugada cayeron 22 milímetros de agua sobre el oeste de la capital, poco más que un aguacero fuerte, poco menos que uno extremo, suficiente para arruinarle la fiesta a 1.300.000 personas que habían pensado que venía una pausa.

La mañana siguiente, sin embargo, quedó solo el agua empozada. La lluvia cesó, providencialmente, a la hora que se necesitaba.

Ese día, los maestros pusieron en pausa su huelga, los diputados de todas las bancadas se saludaron y cuatro horas antes de que Solís recibiera la banda presidencial como el presidente 47° en la historia del país, la tregua, de la naturaleza y la sociedad se concretó, y el reto principal de la mañana fue el de secar la tarima principal.

“No limpien las sillas secas, no quiten polvo. Es nada más las mojadas”, voceaba una de las encargadas del ornato a un pelotón de empleados con paños y escobas. Minutos antes de las 7 a.m. parecía insalvable el escenario, pero todo estuvo listo cuando fue necesario.

Esa mañana, Luis Guillermo Solís, tal vez, recordó una máxima de la política tropical: hay que apurarse antes de que regrese la lluvia.

EN LA SABANA

Unas doce horas de sol y cielo despejado bastaron para superar las diligencias de una transmisión de mando. Así de austera es la democracia.

El pasado 8 de mayo la jornada se prestó para el acto y, cuando Luis Guillermo Solís ocupó la Presidencia de la República, solo parecía necesitar otras dos treguas: 100 buenos días para poner en práctica sus primeras reformas y dos años para acomodar las finanzas del Estado.

En la historia de Costa Rica, la popularidad presidencial es un recurso líquido, que viene y va de la mano de paquetes fiscales, denuncias por corrupción, cierre de entidades públicas y conflictos sociales.

Abel Pacheco, presidente entre 2002 y 2006, arribó a Zapote con 64% de opiniones favorables y abandonó su despacho con más de la mitad del país desaprobando su gestión.

En octubre de 2010, solo 9 de cada 100 costarricenses consideraban como malo o muy malo el gobierno de Laura Chinchilla. Al cierre de su gestión, cuando entró por una puerta trasera del escenario principal del Estadio Nacional a entregar su banda presidencial, el 60% de un grupo de encuestados aseguraban que su administración era mala o muy mala.

En su discurso inaugural, Solís demostró que comprende esto.

“Efímero, el poder que ha sido depositado en mis manos no es ni un cheque en blanco ni una patente de corso”, dijo Solís en sus primeras palabras como presidente.

La popularidad de esos 1,3 millones de electores, le permitieron tender puentes vedados a otros líderes: en la misma semana, apoyó la huelga de docentes y les solicitó ponerla en pausa para el día de su trasmisión de mando. Los maestros accedieron.

Sin tiempo todavía para realizar grandes gestas (aún no han pasado ni los100 días, ni dos años), Solís dejó marca por pequeños gestos simbólicos. Entre sus jerarcas designados, desfilaron un obispo luterano, un ministro gay, una viceministra lesbiana y un sacerdote católico.

En las afueras del estadio, Florita Mora personificaba ese millón y tanto de votos. Cruzaba por La Sabana con sus hijos Andrés y Sebastián mientras iba instruyéndolos: “Los hombres que vayan al Gobierno deben ser hombres de bien”. Y luego, en castellano: “Por ejemplo, que no rayen los poyos de los parques, esos bancos de allá”.

Solís logró convocar. Ahí estuvieron. A falta de lluvia, los asistentes llevaron sol. Tanto, de hecho, que para el mediodía una gran parte de la audiencia en el sector norte, a la intemperie, empezaron a dejar sus asientos. “A los jóvenes que están recibiendo el sol esta mañana, gracias”,  apuntó el nuevo presidente.

A las 11:46 a. m. recibió la banda presidencial frente a un estadio que coreaba su apellido y una cantaleta del “Sí se pudo”. Cuando logró ajustársela sobre el pecho, un aplauso como un aguacero recorrió el estadio.

CUATRO AÑOS

La política y la meteorología criolla comparten destinos: son ciencias encadenadas a una altísima incertidumbre, sometidas a elementos furiosos ajenos al control del  buen estudioso y ambas son seguidas por la ciudadanía con una mezcla de sano interés y oscuro morbo.

Apenas terminó la transmisión y Luis Guillermo Solís finalizó su vuelta por el Estadio, las delegaciones empezaron a desplazarse hacia la Antigua Aduana y el cielo sobre La Sabana se descosió. La cuota de sol llegó a su fin y el día empezaba como comenzó: pasado por agua.

Antes de empezar su jornada del 8 de mayo, desde su casa en Barrio Escalante, cuando apenas había cesado la lluvia, Solís habló del desgaste político. De despedidas en lunas de miel. De su Gobierno, que era un carro sacado de agencia que ese mediodía empezaba a perder valor. Habló, un poco, de eso que llamamos nostalgia.

Hace cuatro años, Laura Chinchilla enfrentó el descontento que provocó un intento de aumento salarial de los diputados.  Cuatro años después, la misma noche en que asumió, la ministra entrante de Educación, Sonia Marta Mora, empezó a preparar la propuesta de Solís para acabar la huelga de educadores. No prosperó.

En la campaña, Solís probó ser capaz de multiplicar sus recursos: gastó un tercio en publicidad de lo que hizo Johnny Araya y cosechó más votos.  Ahora tiene el empuje de 1.300.000 ciudadanos  para forjar alianzas parlamentarias y reformar instituciones con el martillazo de un decreto.

Diez horas de sol bastaron a Luis Guillermo para completar el primer hito de su mandato. Eso fue lo que concedió mayo, telonero de lluvias y presidentes. Los costarricenses tendrán cuatro años para determinar cuánto espacio de maniobra le dejan.

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