Tres semanas después de los ataques terroristas

París: la vida continúa en la capital del cambio climático

40.000 delegados de todos los rincones del globo llegaron a la cumbre climática.

PARÍS, 3 dic 2015 – Tres semanas después de los atentados terroristas que cobraron 130 vidas en varios puntos de la ciudad, la capital francesa parece una carabela tras un vendaval: se perciben indicios de algo que ocurrió, pero sus ocupantes se mueven con el orgullo digno de quienes comprenden que deben seguir navegando.

La tranquilidad parisina despista. Las estaciones de trenes están atiborradas en las horas pico, las mesas para cenar un viernes escasean y en las aceras frente a restaurantes libaneses caminan ancianos resignados sobre sus bastones. Sobre las aceras, colillas de cigarro. En algunas paredes al margen del canal Saint Martin luce publicidad de los candidatos municipales que disputarán los votos ciudadanos.

Esta parece una ciudad aprendiendo otra vez a ser normal.

Pero durante un almuerzo casual en un restaurante cualquiera, un televisor encendido muestra imágenes del presidente François Hollande, sentado de negro y con el rostro impasible en un memorial por las 130 víctimas de los atentados, junto con las familias de estas y los sobrevivientes.

Hay algo más: en una calle anónima, una manta blanca colocada sobre un marco plástico y con una esquina algo rasgada, descansa sobre el piso. Tiene un mensaje escrito en francés con pintura en aerosol: “Dame el odio, yo haré amor con él”.

Para encontrar otros moretones, otras señales de un golpe que pasó, hay que salir a buscarlos. Las afuera del teatro Bataclán están tomadas por flores y banderas, mientras que en la Place de la République, el centro neurálgico de la capital francesa, siguen llegando personas a mostrar tributo por los muertos.

Fuera de ahí, solo queda la ciudad. Los cafés están llenos, los parisinos sacan sus perros a pasear, alguien estornuda.

De algo más hay señales: en cada estación de tren, en las vitrinas del aeropuerto y sobre la propia torre Eiffel, el otro gran protagonista se revela. La 21° Conferencia Climática de Naciones Unidas, agendada desde hace dos años para ocurrir entre noviembre y diciembre del 2015, rompe la quietud con su logo verde y amarillo. Y los franceses se aferran a ella.

“No hay mejor muestra de la solidaridad mundial que todos ustedes aquí. Como franceses, estamos muy agradecidos con su presencia”, soltó un activista de la Red Francesa de Acción Climática durante una reunión con la sociedad civil.

Entre el 30 de noviembre y el 11 de diciembre, cerca de 40.000 personas llegarán a un centro de conferencias de las afueras de París, cerca del diminuto aeropuerto de La Bourget, para el evento climático más importantes de la historia del sistema de Naciones Unidas.

Los líderes mundiales que llegaron para esta cumbre, más de 150 Jefes de Estado de todos los continentes, aprovecharon la oportunidad para resaltar la importancia de la cooperación internacional como un mecanismo idóneo para mostrar que la solidaridad del mundo está con Francia.

De hecho, el inicio de la reunión estuvo marcado por un elemento nuevo en el protocolo de la Convención Climática: los asistentes a la primera sesión plenaria guardaron un minuto de silencio por las víctimas de los atentados del 13 de noviembre.

El mismo Hollande dio el ejemplo de cómo ligar ambos temas. “Los ataques nos han forzado en centrarnos en lo que es importante. Vuestra presencia aquí ha generado una inmensa esperanza”, dijo ante los líderes.

Casi todos los líderes empezaron su discurso con alguna referencia a los ataques. Algunos, como el estadounidense Barack Obama, tomaron la oportunidad para enviar un mensaje sobre la situación en París.

“Saludamos al pueblo de París por insistir que esta conferencia crucial continúe: es un acto de desafío que muestra que nada nos desviará del camino hacia construir el futuro que queremos para nuestros niños. ¿Qué mayor rechazo a aquellos que quieren traerse abajo nuestro mundo que juntar nuestros mejores esfuerzos para salvarlo”, dijo Obama en el podio.

Contra muchos pronósticos, la cumbre no se canceló. Empezó, eso sí, con medidas extremas de seguridad: apenas tras entrar al primer punto de control, todavía cien metros antes de los primeros detectores de metales, unos agentes de seguridad pedían a los asistentes que se abrieran los pesados abrigos de invierno que fácilmente podían ocultar un chaleco suicida.

En la propia línea de revisión, similar a la de los aeropuertos, los oficiales no quedaban contentos con requisar las botellas con agua u otros líquidos: ahí mismo pedían a los ocupantes que tomaran al menos un trago directamente del recipiente.

Un cambio sí hubo en los planes de los activistas climáticos: la gran marcha planificada para el domingo 29 de noviembre, que se esperaba fuera la manifestación climática más grande de la historia, fue cancelada por la policía francesa por los peligros de seguridad que implicaba. Lo mismo ocurrió con otra programada para el 12 de diciembre.

En vez de eso, algunas organizaciones recogieron zapatos para colocarlos en la Place de la République, un recordatorio de quienes quisieron marchar por una acción urgente contra el cambio climático y no pudieron. El secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, y el papa Francisco enviaron un par, junto con otras 10.000 personas.

De vuelta en la ciudad, una pared donde el grafiti es “libre” y cualquiera puede pintar

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