De política, futbol y odio disfrazado

Dos actividades importantes en sus ámbitos, se sucedieron una a la otra en estas últimas semanas. Dos actos que, independientes entre sí, contienen y

Dos actividades importantes en sus ámbitos, se sucedieron una a la otra en estas últimas semanas. Dos actos que, independientes entre sí, contienen y reúnen básicamente un factor común: La sociedad costarricense.

La primera de ellas, el pasado 8 de mayo, fue el traspaso de poderes. El final de una campaña llena de diversidad ideológica, que confrontó una vasta cantidad de verdades y mentiras. La otra actividad fue la final de futbol nacional, donde se enfrentan las escuadras más aclamadas por la afición y que enardece pasiones multitudinarias.

El último proceso electoral develó un gran conflicto social que se camufla en bromas, chotas y cruzando al límite del insulto, la mentira y la manipulación. El sinsabor que dejó este proceso, a pesar de que al final la voluntad del pueblo se impuso ante el continuismo, es la lucha deshumanizada de imponer la razón, de aplastar ideas e ideologías, de humillar al adversario a costa de mentiras, burlas y chotas, pero más preocupante aún, de mensajes cargados de odio y prejuicio, que pretendieron desinformar a las personas de todos los bandos, en pro de obtener votos. Indiferentemente del ganador, el proceso se vio ensuciado y envilecido por esta actitud presente en la mayoría de los costarricenses, que actuaban al compás de las redes sociales.

Poco diferente es lo que se percibe también entre los aficionados a las escuadras futboleras más loadas por nosotros los costarricenses. Y es que la pasión hacia un equipo, indiferentemente de cuál de los dos se trate, lleva a los aficionados al irrespeto del rival y en algunos casos, a la agresión física y moral. Esto traspasa los límites de lo que debería ser una verdadera fiesta deportiva, una celebración al esfuerzo físico y al mérito por la dedicación, en la que puedan disfrutar tanto los vencedores como los vencidos, porque cuando se trata de competición y logros deportivos, no existen los perdedores.

No puede negarse la increíble similitud que existe en esta actitud como costarricenses, al tratarse de diferencias. Son visibles las ramificaciones de este modo de ser en ámbitos como la religión, las preferencias sexuales, las clases sociales, la afinidad política y cuanto tema represente el encontronazo entre dos o más posiciones respecto a cualquier asunto. Y es que parece algo implícito y minimizado mediante el estereotipo de que los ticos somos choteros.

¿Es positivo que todo tema trascendental y no trascendental en este país sea motivo de burlas y agresiones morales, que rondan el filo de la intolerancia y el odio? ¿Es este modo de ser lo que aprenden nuestros niños desde el seno familiar, en los centros educativos y en cualquier ambiente en el cual se desenvuelven, y por tal razón lo trae nuestra sociedad tan arraigado? Definitivamente es muy improbable que tal modo de ser sea bueno, y que la indiferencia y la minimización de este problema permita que cada vez más el sentido común  de los ticos, se curta de vicios sociales e imposibilite visualizar una convivencia más pacífica y próspera en un futuro cercano.

En la enseñanza del respeto y el análisis crítico y constructivo, existe la solución a un sinfín de problemas sociales que actualmente carcomen los cimientos de la sociedad costarricense. El poder compartir una opinión, un gusto o una preferencia, sin tener que ser víctima de la chota, del insulto y el menosprecio por alguien que piensa diferente, es fundamental para crear un futuro de gente responsable, respetuosa, y encaminada hacia metas comunes, como el bienestar y la seguridad social.

Las soluciones existen, o se pueden crear, pero es responsabilidad de nuestros dirigentes, aquellos que gobiernan las entidades, hacer algo, llámense ministerios, instituciones públicas y organizaciones sociales: adoptar políticas efectivas, prácticas y reales, que puedan sanear las raíces del odio disfrazado de idiosincrasia costarricense.

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