Inicios del siglo XX: Desafiando al catolicismo

La sociedad costarricense empezó a experimentar el proceso de secularización de manera definida a partir de la década de 1850, y ya en la

La sociedad costarricense empezó a experimentar el proceso de secularización de manera definida a partir de la década de 1850, y ya en la década de 1900, el ateísmo y el descreimiento se había extendido a diversos sectores populares urbanos.


Las diferencias religiosas y en particular la apropiación de visiones de mundo contrarias al catolicismo prevaleciente, no fueron óbice para que creyentes y quienes no lo eran, compartieran un mismo techo. (Foto con fines ilustrativos)

Esta es parte de las conclusiones y temas analizados por el historiador Iván Molina, catedrático de la Universidad de Costa Rica (UCR), en el proyecto de investigación «Ateísmo y descreimiento en Costa Rica al inicio del siglo XX»,  del Centro de Investigación en Identidad y Cultura latinoamericana (CIICLA).

El estudio explica que el desafío al catolicismo se expresó en el desarrollo de corrientes ateas, masónicas agnósticas, espiritistas, librepensadoras y teosóficas, entre otras, todas muy poco exploradas, en cuanto a su trasfondo social y cultural.

Para el investigador, este vacío se explica, en parte, por un problema de fuentes que es visible en el caso del censo de 1892, en el cual fueron consignados en la categoría de protestantes «todos los individuos que siendo bautizados, se desprende por las rarezas que han consignado en las cédulas de empadronamiento, que difieren de algunos principios de la Religión Católica.»

¿RAREZAS?

¿Cuáles eran esas «rarezas»? El historiador señala que aunque el censo de 1892 no las detalla, el efectuado en 1904 para la ciudad de San José sí permite aproximarse a ellas.

El estudio sintetiza lo expresado en el censo, por 133 personas, de 15 años y más, ante la pregunta de cuál era su religión. Casi la mitad de las mujeres se declararon librepensadoras (14), seguidas en orden de importancia por las que contestaron que «ninguna» o que no tenían (9); entre los varones, en cambio, la primacía corresponde a los que afirmaron ser ateos o no tener religión o que respondieron «nada» y «sin religión» (47).

Molina plantea la interrogante sobre si ¿fue el género, por tanto, un decisivo elemento diferenciador en cuanto a la radicalidad de la respuesta?

«La información proporcionada obliga, en principio, a dar una respuesta afirmativa a la pregunta anterior; sin embargo, un examen del trasfondo familiar revela que todas las 30 mujeres (de las cuales 27 se ocupaban en oficios domésticos) declararon su religión según lo que contestó el jefe de la casa, con quien tenían lazos como esposas, hijas, hermanas, sobrinas, cuñadas, nueras, hijastras, concubinas o criadas».

La única excepción parcial fue el caso del comerciante J. A. B., quien se calificó como librepensador, en tanto que una de sus sirvientas, de 63 años y de origen guatemalteco, T. P., se definió como «mazón».

El peso de la jerarquía familiar, en términos de autoridad e identidad, en influir en la respuesta dada a la pregunta sobre religión, fue muy inferior en cuanto a los varones: únicamente 20 de ellos contestaron igual que el cabeza del hogar.

¿VERDAD O INFLUENCIA?

La experiencia extrema con respecto a la aparente influencia del jefe en la declaración religiosa de sus parientes y dependientes fue la del comerciante Y.A., vecino de El Carmen, donde se ubicaban algunas de las familias más prósperas de San José. Los 17 habitantes de esa casa, además de él, eran su esposa, cuatro hijastros, una hijastra, dos hijos, un sobrino, una sobrina, una nuera, una hermana, una nieta, dos empleados y una criada. Todos ellos figuran en el censo de 1904 como ‘librepensadores’, en cuenta un niño de nueve años y una niña de seis meses, dos insólitos casos de tempranísimo descreimiento, señala el investigador.

El estudio plantea que la tendencia de las mujeres a declarar según lo contestado por los jefes, y lo ocurrido en la familia de Y.A., resalta la importancia de considerar, con sumo cuidado, los datos censales en  doble sentido.

Por un lado, la apertura democrática que Costa Rica experimentó a partir de 1902 enfrentó a los políticos e intelectuales de la época, muchos de los cuales eran liberales, masones o radicales, con el desafío de competir por el apoyo de un electorado predominantemente rural y católico. «El costo electoral y personal que podía tener toda expresión de irreligiosidad, probablemente influyó en que un número de tales individuos, al preguntárseles su credo, optaran por adscribirse al catolicismo o por no contestar. La proporción de quienes declararon «rarezas» en 1904 está, por tanto, subestimada».

El otro problema consiste en que «para explorar con más precisión el trasfondo social del proceso de secularización, conviene descartar a las mujeres y a los varones que contestaron a la pregunta sobre religión igual que el jefe. La exclusión de unas y otros permite controlar el sesgo derivado de la influencia que podría tener la jerarquía familiar».

Molina señala que el análisis del censo evidencia que la secularización social y,  en particular la apropiación de visiones de mundo que desafiaban el catolicismo predominante, se había extendido de la cima a la base de la jerarquía social, y a lo largo de muy diversas categorías ocupacionales.

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