A dos años de su muerte Hugo Díaz o la bitácora del dibujo

Hugo Díaz, el caricaturista, el artista, murió hace dos años.  Fue un 17 de junio a las seis de la mañana.Cuando se supo de

Hugo Díaz, el caricaturista, el artista, murió hace dos años.  Fue un 17 de junio a las seis de la mañana.

Cuando se supo de su muerte se dijo, se escribió, mucho sobre él. Un gran número de gentes públicas expresó su triste sentir por la desaparición del maestro. La sinceridad de esas muestras de pesar no es posible ponerla en duda, aunque en algunos casos, se acompañaban con el -tan costarricense- autobombo. Casi con un “admírenme por mi manera de admirar”.

Es indiscutible el afecto que don Hugo suscitaba. Por eso causa extrañeza que hoy día las referencias al dibujante sean escasas. Si se le quería y respetaba por su trabajo y legado y si se le consideraba correcto en su posición de defensa de marginados y de honrados, es difícil entender por qué, varias de esas figuras públicas, no continúan la línea política que él señaló como honesta (y, agreguemos, que tienen poder para ello).

Se le caracterizó como un hombre bueno y humilde. Adjetivos pocas veces tan bien colocados a una persona y tan pocas veces tan bien usados en su buen sentido. Sin embargo se obvió que fue un hombre de una valentía de gran cimiento; que no se aproximó a los devaneos de una fama esnob y que fue un crítico agrio del mal hacer periodístico y político.  Muchas veces, cuando se habla de don Hugo, se omite recordar que él presentaba a la prensa, defensora del desarrollo del capital por el capital mismo, como una vieja adineradísima, fea, con el cuello cuajado de grandes perlas; el burgués es un panzón desvergonzado, con un atavío insolente y una actitud de desprecio: es una mala persona.  El hombre del Fondo Monetario es desagradable, con reminiscencias de batracio, un habano y despiadado con el pueblo.  Jesús es condenado a muerte y crucificado por militares, ricos y clero católico.  El latifundio, la “caridad” de damas encopetadas, la A.I.D., la discriminación social fueron objeto de su crítica.  Los Santaclauses navideños desplazan a nuestro niñito Dios, los barrios ricos están asentados sobre la miseria y necesidades de millones, el racismo es una caída de vía crucis, una familia pacífica –con su casa y un zagüatico incluido- es el sueño de niños desventurados.

 

Son innumerables los temas que don Hugo retrató: la amistad, la información, la economía, la codicia, las componendas, la estupidez, los espectáculos, concursos de belleza, la explotación sexual, el militarismo, el pecado, la marginación, Juan Santamaría, la corrupción, el contrabando, la paz, el deporte, la política, el Tío Sam, Costa Rica (muchacha bonita y algo pasada de libras), la ecología, Mao-Nixon, Cuba, Nicaragua, el humor, las relaciones internacionales, el SIDA, la belleza, el arte … en fin, cientos de sujetos y objetos de análisis, en miles de caricaturas y dibujos que realizó.  Y esa realización fue, siempre, desde una perspectiva de izquierdas, desde una perspectiva de defensa de los derechos humanos. La bondad y afabilidad que caracterizó al creador no fue obstáculo para que supiera “golpear” y, puestos a decir “golpear”, golpear muy duro.

A manera de digresión: en su temprana juventud, para los tiempos de la guerra civil de 1948 -Díaz nació en 1930- su familia fue fieramente atacada y afrentada por grupos de choque del partido comunista, Vanguardia Popular, que apoyaban al gobierno del presidente Rafael Ángel Calderón Guardia. (Su padre, Carlos Díaz Muñoz, ebanista, se inclinaba, políticamente, por el movimiento de don Otilio Ulate).

Nunca militó en ninguna organización de corte partidista. Sin embargo, desde 1962, colaboró en forma activa con los grupos revolucionarios del país.  Cuando tuvo mayor posibilidad de expresar su sentir social en la caricatura fue en 1970, en el semanario «Universidad” y más tarde en el periódico «Pueblo».  A lo largo de los años ochentas trabajó, -desde su arte y de manera crítica y consecuente-, en la defensa de los derechos populares, así como en el respaldo a la revolución sandinista, a los insurrectos salvadoreños y la oposición a la política del político Ronald Reagan. El autor refirió sobre la situación de la década de los noventas: «Considero lamentable el derrumbe del socialismo. Es la pérdida de una alternativa muy importante: de pensamiento, de acción política y electoral; más aún: es la pérdida de una oportunidad de corregir las injusticias humanas.»

Su labor estuvo, siempre, del lado de las causas que favorecieran a sectores desheredados de la sociedad, así como de la golpeada clase media. Campesinos sin tierras, huelguistas, la revolución en Centroamérica, los desamparos de la niñez, los explotados en cualquier sentido, fueron los motivos principales de su compromiso artístico. En don Hugo no hubo trabajo creativo que promulgara por la necesidad de abrir el país a tratados de dinero suelto contra agricultor amarrado; tampoco se le vio apoyar la privatización de servicios públicos, ni por que el ser humano adquiriera el “american way of life” como canon, ni que había que ser socio antes que amigo, ni por ser más productivos por encima de ser solidarios, ni por insertarse de una manera eficiente en las economías de un mundo globalizado y dejar de lado lo bellamente nacional.  No postuló que nuestro pueblo votara, en las elecciones, por los candidatos de los grandes partidos.  Tenía muy claro –y lo evidenciaba sin ningún velo- con quién estaba, con quién se identificaba, a favor de quién creaba, en contra de quién trabajaba.

Como hombre bueno que era, tenía sus sanos odios: la corrupción, la guerra, el racismo, la explotación en todas sus dimensiones, el consumismo, la entrega espiritual y material de la patria. Ahora bien, gracias a su clara posición, no fue mezquino con aquellas personas a las que políticamente adversó. Presidente, ministros, diputados, funcionarios públicos o privados, nacionales o extranjeros, que fueron sujetos de crítica, en el momento en que sus conductas coincidían con el ideario de Díaz, fueron reseñados de manera muy positiva y hasta admirativa. Personaje al que le tenía cariño –sin dejar de apuntar lo que él consideró errores- fue al expresidente, José Figueres Ferrer, del cual, incluso, realizó una serie de doce caricaturas a color, que fue adquirida, casi en su totalidad, por el entonces embajador italiano en Costa Rica (1986).

Alguien apuntó que el sentido del humor de una persona refleja mucho de la inteligencia de ese individuo. De ser esto así, don Hugo era un artista de grande entendimiento.

En cierta ocasión dijo: «Obviamente no critico a quien hace dibujos solamente para hacer reír, disfruto mucho el «humor blanco» sin embargo yo no podría ser un caricaturista sin compromiso».  Sí, un caricaturista comprometido… y un humorista notable.  Cuando sus dibujos no tenían un sentido político –y muchos, claro, cuando también lo tenían- la sonrisa limpia que provocaban era la consecuencia de la contemplación y lectura de esos trazos.  Cuando hizo dibujos con ese “humor blanco” demostró ser poseedor de capacidad para la fisga inocente. El publicista que llega tarde a su hogar y en el quicio es recibido por un detergente proyectado con gran puntería y que lo deja embadurnado de pies a cabeza, mira al lector-espectador y, con angustia resignada, exclama: “Nadie como mi mujer para ‘lanzar’ un producto”.  O los dos tipos que están, asustadísimos, subidos en un árbol y que miran la arremetida de un perro a un hombre y gritan: “-¡Qué llamen al dueño!” y el atacado: “-Yo soy el dueño”.  Incluso, aquel que se titula “Para hoy: un chiste:  Y se ve al mono que le dice al león: “Dice el puma que quiere ser presidente” y el león, magnífico: -“Pero yo sigo siendo el Rey”.

Tenía, también, sus devociones: Honorato Daumier, Rembrandt, George Gershwin, Vincent Van Gogh, Franz Kafka.  De los tres últimos realizó retratos de vasto nivel.  Se destaca el de Van Gogh, que es representado mientras pinta; es un cuadro de gran movimiento y las facciones de Van Gogh permiten intuir su cerebro atormentado. A don Hugo le gustaba defender la posición activa de Gershwin; “No es cierto que a él –Gershwin- no le importaban las causas políticas”. Decía, y después citaba las manifestaciones, en este sentido, del músico. El cuadro de Kafka lo presenta de frente, como contrapunto del enorme escarabajo que se encuentra a sus espaldas. De Rembrant; le atraían profundamente sus dorados, sus claroscuros y su aliento.

La pintura fue su gran inclinación. Claro es que pintó y expuso. Sin embargo no pudo entregarse a la creación de cuadros cuanto hubiera querido. Como en todo amor, había veces en que se quejaba de la caricatura, de su relación con ella: -“Algún día quisiera dedicarme a pintar… el trabajo con que uno se gana la vida quita el tiempo para ello.».  Pero por supuesto amaba su quehacer –no hubiera sido posible que lo hubiera hecho tan bien de no ser así- pero era obvio que lo que le apasionaba era pintar. Manejaba una técnica pura y cuidadosa; tenía grande sentido de la composición y el equilibrio. Los motivos, como en la caricatura, fueron muy variados, aunque se notaba cierta predilección por representaciones de gentes y de algunos paisajes. Díaz no tuvo una formación académica en lo que respecta al ejercicio gráfico, fue un autodidacto que completó su talento con textos importantes de dibujo artístico. En sus años de colegio (Liceo de Costa Rica) tuvo de maestros a sobresalientes autores: Francisco Amighetti y Juan Manuel Sánchez.  Junto a estos nombres don Hugo merece figurar como uno de los más importantes creadores del país.

Hace dos años murió este artista político, este artista en verdad humano. Lo que se encuentra entre nosotros son sus trabajos, sus ideas, no él.  No puede, don Hugo, defender, plumilla o cerveza en mano, sus puntos de vista; son las figuras de sus trabajos las que defienden y atacan por él. Qué mejor homenaje, si en verdad se le quiere, que tomar lo que nos dicen, lo que nos proponen sus dibujos, y llevarlo a la práctica. Llevarlo, sí, como norma de existencia, como norma de vida.

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