Armas robadas

William Pérez
Poesía
Arboleda Ediciones
2014La apuesta del poeta es no dejar rastros acerca de esas otras voces, sino hacerlas suyas para que el lector no las

William Pérez

Poesía

Arboleda Ediciones

2014

Haciéndole honor al título, en este poemario se respira la bitácora de un verdadero profesional del hurto de las palabras. Mejor dicho, de nombres y personalidades. Jugando al arbitrio de los heterónimos con un hablante ubicuo y descentrado, William Pérez desanuda la intertextualidad para apropiarse de voces ajenas y hacerlas suyas a fuerza de sinceridad. No es antropofagia sino una suerte de antropomagia transitando por fronteras sin aduanas: el poeta como prestidigitador.

La apuesta del poeta es no dejar rastros acerca de esas otras voces, sino hacerlas suyas para que el lector no las reconozca y se crea el cuento de un hablante “original” con la camisa del mismo poeta. Pero, a sabiendas de aquel pistoletazo freudiano, antes de Freud, del gran navegador de barcos ebrios e iluminaciones: “Yo es otro”, el juego que se nos propone se torna interesante y ameno, aunque se nos advierta de entrada que “no se trata de una diversión; es un delito culposo e intencionado” (p.11).

De tal modo que el perpetrador desde el inicio se confiesa culpable. Y a confesión de partes, relevo de pruebas. La idea es que al poeta nada le pertenece, por tanto puede apropiarse de todo. Dicho de otro modo, todo poeta es un ladrón hasta que se demuestre lo contrario; pero, ojo, no es vil plagio, sino más bien esa delicada capa de matices del palimpsesto, o si se prefiere, la multitud de palabras e imágenes (la tradición) que rondan y penden sobre el poeta cuando se enfrenta a la página en blanco. Mejor dicho, la página en blanco no existe, hay una escritura previa e invisible.

Y claro, ladrón que roba a ladrón tiene 100 años de perdón. Por tanto la tarea consiste en un ejercicio de guante blanco y de Robin Hood lingüístico/semiótico (porque se sustrae en diferentes formas e idiomas) para entregarnos las armas que ha conseguido en su perenne lucha con las palabras y con el enorme abecedario que ha sido armonizado, desordenado y conjugado millones de veces por otros colegas, idos y presentes. Es una especie de cleptomanía inevitable, solamente que lo hurtado no se guarda ni se colecciona, se comparte solidariamente.

Por supuesto, muchas veces el poeta se encuentra en un callejón sin salida, o frente al polígrafo detector de mentiras, incluso en la cabina de los interrogatorios al borde de la tortura; pero sale avante con su contumaz osadía y esa manera propia de hacer pasar lo ilegal por lo legítimo, la autenticidad disimulada ante cualquier mercancía. Para ello se vale tanto de la traducción libre como del origami; de la metafísica como del Principio de Incertidumbre de Hesisemberg, del gato de Schrödiner como de la esgrima de Hamlet,  del taxi nocturno de Travis Bickle o de un baile erótico en el Titty Twister. Es decir, acude al cine, al ritmo sincopado del jazz y a otras músicas, o a las galas del cómic y la televisión.

Interesante e intenso juego de un poeta prófugo en busca de editor, el cual, ya desde el principio, nos parece bastante sospechoso. Acaso por ello termina con epístolas a varios personajes y oficios a modo de coartadas para que le perdamos la pista. Este creador de mil rostros y de múltiples personalidades es el asesino perfecto en el tráiler de la poesía contemporánea de un país que cada vez elabora y reelabora con mayor soltura la tradición occidental, y de otras formaciones culturales, en todas sus posibilidades. Son los mecates sueltos de la urdimbre poética de todos los tiempos.

Pero este desvergonzado asaltador de caminos, de prostitutas y jovencitas, malquerido en las subastas, en las cantinas y en las tilicheras, no cree en la patria ni en nada que se le parezca. Es un delincuente heterodoxo y pluriversal; sin embargo, y es lo mágico del asunto, no pierde del todo su voz, la podemos rastrear entre cientos de estilos y tendencias. Quizás porque fue pistolero en el viejo oeste o samurái en los campos orientales del señor feudal. Así, también sabe meditar y guardar el secreto: “Y estando a solas / procuro hablar con mi sombra / sin caer en el vicio involuntario / de querer asaltar al silencio” (P.25). J´est un autre.

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