Ciudad de Dios

La violencia es obvia. La historia es conocida y se repite. Lo nuevo, lo bueno, es cómo el arte la expone de otro modo,

La violencia es obvia. La historia es conocida y se repite. Lo nuevo, lo bueno, es cómo el arte la expone de otro modo, mas radical, hermoso y convincente. Y así sacude a la mayoría que se refugia en la ignorancia. Asimismo, compromete a las autoridades y revela su falsa inocencia.

«Cidade de Deus» es nuestro filme más importante de los últimos años. Asociado al discurso del obrero presidente Lula, visto por millones en Brasil, ha brillado en los festivales y mantiene la sala llena en San José. Es indispensable.

Antecedentes

Del Cinema Novo que teorizó Glauber Rocha a la industria de Embrafilme, con altibajos, el cine brasileño ahora se produce y mercadea con eficiencia y entre el montón destacan grandes logros. Amaral, ferviente y vigorosa viejita describe con sutileza «Una vida en secreto». Aïnouz asombra con la formidable biografía del audaz travestido y delincuente «Madame Satá». Carvalho se apega al estilo teatral para su denso análisis del entramado familiar «A la izquierda del padre». Waddington vincula tierra y mujer con maestría en «Yo, tu, ellos». Salles conmueve con su relato urbano «Estación Central» y su drama rural «Detrás del sol». Es un cine que domina la estética fílmica de muchas maneras y deslumbra con la relevancia de sus historias; es de lo mejor del mundo y tiene como fuente la inmensa riqueza cultural y natural de su país.

Jóvenes atrapados por un destino que impone la injusticia. En América Latina el cine ha logrado visiones certeras, donde la belleza se alía con el dolor. Las descarnadas denuncias de Gaviria y la depurada e incómoda «La virgen de los sicarios» que llevó al cine la pesimista novela de Vallejo, en Colombia. El triste itinerario de «Huelepega» en Venezuela (Schneider). El novelado recuento de Cordero «Ratas, rateros y ratones» en Ecuador. Y más.

El argentino Babenco ya había logrado en Brasil, con «Pixote», una mirada incisiva a la pobreza y la corrupción oficial desde el punto de vista de un niño condenado (tanto el personaje como el novel actor Ramos, asesinado durante un asalto años después).

Ahora Fernando Meiralles nos sacude con su filme/novela/favela que relata verídicas historias de jóvenes en un célebre tugurio de Río de Janeiro. Arrojados allí hace cuarenta años, los desposeídos bregan entre sí, siempre controlados por la violencia institucionalizada que gobierna el país. Señala los culpables ocultos, con subrayados de prólogo y epílogo; en medio, describe el infierno cotidiano.

EL OJO QUE ACUSA

Meiralles se formó como artista experimental, en la televisión y la publicidad. Primero filmó el corto «Palace II» en la propia favela. Convocó dos mil inexpertos y humildes, con 200 estableció durante diez meses una escuela de cine. Se asoció a la documentalista Katia Lund y al fotógrafo uruguayo César Charlone que aceptó el reto de trabajar con aficionados, sin marcas para los actores y el foco; en celuloide (16 y 35 m.m.) para luego corregir luces. Eligieron un tono diferente para cada década (’60,’70,’80) donde la atmósfera y el ritmo explica los caracteres y la brutalidad gana terreno. La filmación nerviosa, crispada, coincide con la vivencia subitánea. La urdimbre de las relaciones de poder copa todos los espacios y acabada la vida como proyecto solo queda la supervivencia despojada de horizonte.

La descripción realista disimula las ideas: la impunidad y cinismo de las autoridades, donde los muchachos son epifenómeno. La inviabilidad del trabajo productivo y el predominio del negocio ilegal (armas, drogas). La destrucción de la vida familiar, desgarrada por los retoños que seducen las pandillas y la violencia que literalmente se mete por las ventanas de las casas. La escalada de traiciones que impone al más fuerte y el ejercicio de la crueldad como medida del respeto.

Cada personaje vale por sí mismo en su trascendencia humana. Pero, además, encarna tendencias. Buscapié haya en la fotografía su redención, movido más por el miedo que por la moral (al igual que para los cineastas, el testimonio es la última esperanza). Bene, encuentra en la riqueza un puente al amor sexual y al hedonismo (música, marihuana y naturaleza), y en medio del fragor conserva su gentileza y alegría, por eso es sacrificado. Sangre inocente tiñe las callejuelas plagadas de intrigas. Su íntimo amigo y opuesto Ze pequeño no se conforma con la riqueza y su ansia de poder es necrofilia. Muestra, con su amargura e intolerancia, un ingenuo deseo de fama y su vocación homicida, cómo la maldad surge del vacío interior y la debilidad, del odio a sí mismo. Las mujeres son decorado/objeto y su eterno femenino (el amor) siempre fracasa en la espiral de violencia.

Como lo sugiere la trayectoria del protagonista Alexandre Rodríguez, incapaz de aprovechar las oportunidades que el filme le dio, hace falta más que caridad. Es urgente otra visión del mundo que venza la hegemonía del mal; visión que apenas sobrevive como bondad y testimonio en la guerra social que se impone a diario.

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