Juan Luis Rodríguez Sibaja: Sus primeros 80 años

Este 24 de noviembre, el artista costarricense Juan Luis Rodríguez Sibaja cumplió 80. Se mantiene activo en su trabajo, hace algunas semanas inauguró un

Este 24 de noviembre, el artista costarricense Juan Luis Rodríguez Sibaja cumplió 80. Se mantiene activo en su trabajo, hace algunas semanas inauguró un mural en el campus Rodrigo Facio de la Universidad de Costa Rica, de la que se pensionó como profesor en la escuela de Bellas Artes hace 20 años.

Su intranquilo corazón lo ha llevado de las pozas del río Torres a las riberas del Sena, de las violentas semanas de la guerra civil de 1948 a las protestas juveniles y obreras de mayo de 1968 en París. Cada paso y cada trazo han sido una búsqueda sin fin por atrapar el sentimiento puro como una esencia mineral.

LA INFANCIA

En el barrio de Cinco Esquinas de Tibás, al norte de la capital, al inicio de la década de 1940, un avispado chiquillo se las agencia para andar las calles de arriba abajo, hacer algunas diligencias y ganarse algunas monedas. Metido a grande, es simpático con todo el mundo y trabajador empeñoso, hace amigos por donde pasa. Pero tiene muy claro, porque sus padres se lo han enseñado así, que el futuro está en el estudio.

En la escuela, Juan Luis es tequioso, mira por la ventana y hace dibujitos en el cuaderno y a veces hasta en el pupitre. Le gusta hacer payasadas en clase, pero la maestra, ingeniosa e intuitiva, pronto se da cuenta de que no hay que reprimirle su inquietud, sino saber encauzarla, no lo regaña más de la cuenta y más bien lo mete a participar en los actos públicos de la escuela.

Entre las pozas del río y las calles que van del Parque Central a Cinco Esquinas, matizado con las noticias que dicen en la radio, lo que la gente comenta en la pulpería y lo que atisba en periódicos y revistas en los puestos de la calle o en alguna barbería, un universo propio empieza a conformarse en la cabeza de aquel niño.

Pero quizás el descubrimiento que lo marcará toda la vida es la solidaridad, que es el rasgo imprescindible de identidad y sobrevivencia en todos los pobres de la Tierra. Conoce las historias de dolor y lucha en las familias y personajes más humildes del barrio y en su propia familia el valor de ganarse el sustento.

Pero a la vez, el mundo es un horizonte abierto, con miles de posibilidades todos los días.

LA ÓPERA A PESCOZONES

De sus tardes de adolescencia conoce a su amigo entrañable Julio César. Con él empieza los entrenamientos en el local de una vieja panadería y las primeras andanzas en una de sus pasiones inconclusas, el boxeo.

Pero con Julio también comparte algo que para muchos en aquel medio parecía insólito, y es el gusto por la música clásica, en particular por la ópera. Su amigo no solo gustaba escucharla sino que tenía un buen talento de barítono que se apagó entre los guantes y las cuerdas.

Quizás por eso, siempre ha pensado que el boxeo es un arte tanto como un deporte y que llega mucho más allá de ser simplemente dos personas dándose de golpes.

Ya en los años de 1950, en una Costa Rica que aspira a modernizarse, el muchacho busca chambas en San José, carga productos en el mercado y hasta hace de “bolsinista” comprando y cambiando dólares en la calle donde esa moneda empieza a circular con más frecuencia.

LA PETROLERA

Terminando su adolescencia se entera de que una compañía petrolera estadounidense ha iniciado la exploración de posibles depósitos en el subsuelo costarricense. Un equipo de geólogos y micropaleontólogos está investigando rocas y suelos en la zona de Talamanca.

Juan Luis se presenta y pide que lo contraten en lo que sea. Picado por el horizonte de aventura, sueña con enmontañarse y descubrir maravillas. El trabajo era duro, pero pagaban bien.

UN MICROMUNDO

En la tarea que era ardua en ríos, suelos, excavaciones, cuevas, se recogían muestras y luego se trataban con varias sustancias. Lo que se buscaba eran microfósiles de donde se pudiera deducir la presencia de petróleo en la profundidad.

Pronto se convirtió en un experto sobre los minerales y sus características.

Pero allá también conoce los padecimientos de los pueblos indígenas, su cultura milenaria subsistiendo en la pobreza y el abandono de los pueblos vencidos y despojados.

La naturaleza exuberante y a veces brutal del bosque tropical húmedo fue, además, un aprendizaje de nombres de plantas y animales, de medicamentos y caminos, hasta que lo sacó la fiebre amarilla. Tuvieron que sacarlo de la montaña muy grave.

LA CASA DEL ARTISTA

De vuelta a la ciudad tenía muchas historias por contar y otras por aprender. Miraba en los rostros humanos la materia, la esencia y testimonio de la sociedad en su día a día.

Retomó el viejo hábito que había llenado sus cuadernos infantiles. Dibujaba constantemente. Y sus amigos Adrián y Mariano Valenciano, que también compartían su interés por el arte, lo convencieron de entrar en La Casa del Artista.

Así se encendió una pasión que lo impulsó agitadamente. Descubrió el color, los materiales, las posibilidades que le daban. Quería capturar la realidad, su entorno, los personajes, los rostros, el paisaje tremendamente humano.

Pronto conforma una buena colección de óleos de trazos y texturas fuertes, cargados de expresión, siempre intentando capturar la vitalidad contenida de su entorno inmediato.

En aquellos primeros cuadros muestra la intensidad con que vive el arte. Su primera exposición la realiza en el Centro Cultural Costarricense Norteamericano, en 1957, e impacta por su ruptura con los convencionalismos.

Al año siguiente tiene una segunda exposición en el teatro Arlequín y nuevamente logra inquietar a los espectadores y a la crítica con su estilo intenso y dramático y un paisaje que no se refiere al manso entorno rural, muy arraigado en la tradición costarricense de entonces, sino al dramático ambiente de las barriadas pobres de la capital.

Con sus amigos, Adrián Valenciano y Juan Antillón, realiza la primera exposición al aire libre en el Parque Central de San José, donde además participan otros artistas innovadores como Néstor Zeledón Guzmán y Rafael Ángel “Felo” García, entre otros. A todos los anima la idea de que el arte debe salir al encuentro con la gente.

Era el año 1960, un momento de cambio profundo en el arte costarricense se estaba gestando y Juan Luis Rodríguez estaba en su hipocentro.

El medio era limitado para inquietudes tan grandes.

UNA BECA

Junto con Néstor Zeledón, hacen solicitudes para irse a estudiar al extranjero. Finalmente, de Francia llega una beca por nueve meses para estudiar grabado en metal y el elegido fue Zeledón, pero este ya tiene familia y decide que no puede irse del país, por lo que convence a Juan Luis de que ocupe su lugar.

De esta manera, a un gran artista en ciernes se le abren las puertas para llevar su arte a lugares insospechados.

Aunque había tenido una experiencia muy breve con esa técnica, Juan Luis conoce el grabado y la posibilidad de desarrollarlo inmediatamente captura su interés.

Con sus sueños en bandolera, se lanza sin reparos a la aventura. Pasa por México y su agitado ambiente cultural y por La Habana y su naciente revolución.

PARÍS ERA UNA FUERZA

Definitivamente llegar a París fue un salto más grande que el requerido para cruzar el Atlántico. En la capital francesa, Juan Luis Rodríguez pudo confrontar su trabajo, ponerse al tanto de lo más actual que se estaba produciendo en el campo del arte y descubrir nuevas vertientes de sus propias inquietudes.

Ingresó en la Escuela Superior de Bellas Artes, estudió con voracidad y vivió intensamente. El arte se convirtió en un reto, una necesidad de expresión propia. Aunque era genuino con su trabajo, encontró que lo que hacía se parecía mucho a lo que hacían otros en París. Tenía que encontrar un lenguaje propio, no por capricho, sino porque la obra que llevaba dentro se lo demandaba de manera imperativa.

Cumplidos los nueve meses de la beca, decidió no regresar. Europa tenía mucho más que dar y él no estaría satisfecho hasta logra la expresión buscada.

Gestiona otra beca con la Unesco para continuar sus estudios de grabado durante un año en La Haya, Holanda.

Dibujaba rostros, hombres y mujeres humildes, sufridos, vagando por la ciudad, obreros que volvía del trabajo. Pero una y otra vez, volvía al paisaje de la humilde barriada josefina. Los pobres son siempre los mismos en todo el mundo.

Con técnicas como la acuarela y el grabado, logra expresiones intensas y dramáticas. Pero también trabaja óleo y técnica mixta para producir efectos y texturas que le permitieran expresar lo que sentía.

Aunque su estilo tuvo acogida, la apuesta de quedarse en París significaba el riesgo de vivir en la precariedad él mismo.

Pero la necesidad es acicate del ingenio y el arte busca su propio medio de expresarse.

YO DIGO LO MÍO O GUARDO SILENCIO

Aunque pinta para sobrevivir, no se conforma con lo que hace.  En su búsqueda y experimentación constantes, pronto los materiales se agotan, son caros y difíciles de conseguir. Tiene entonces que echar mano de otros recursos.

Conseguía pedazos de madera de desecho para quemar en la estufa y una vez, observando los restos incinerados, mientras buscaba algún carboncillo que le sirviera para dibujar, se percató de que hablaban su propio lenguaje.

Tomó cenizas y, sobre un pedazo de sábana, dibujó un paisaje urbano, pero no de la gran París que palpitaba frente a su puerta, sino de la barriada josefina que acechaba en su memoria.

Pasó del uso de técnicas mixtas, donde integraba relieves y texturas, a collages para incorporar directamente en la tela o la madera materiales u objetos.

Además creaba sus propios pigmentos moliendo minerales, buscando resinas y productos usados en la industria. Sus años de trabajo en el laboratorio de la petrolera le permitieron conocer de minerales y químicos y sus características.

Juan Luis Rodríguez Sibaja había encontrado su propia expresión en una interpretación muy personal del arte matérico.

ARTISTA CONSAGRADO

La agitada década de 1960 en París es el medio adecuado para el inquieto espíritu de este artista. Cada día era un reto, de aprendizaje, de conocimiento, de vivencias profundamente humanas y de descubrimientos en su trabajo.

Expone en Francia, Bélgica, Holanda y los países del norte de Europa,  trabaja obras figurativas y no figurativas, juega con diferentes técnicas que van desde la acuarela hasta la escultura; experimenta fusionando su corazón con el de la materia misma.

El resultado de esa propuesta es muy bien acogido y el trabajo es incesante.

Durante esos años participa en varias exposiciones de artistas latinoamericanos en París y en las bienales de 1961, 1963 y 1965. A partir de 1966 realiza una serie de murales en varias ciudades francesas.

Para 1968, Juan Luis está inmerso completamente en la agitación política que cunde en París. Es tan suyo el mundo de la academia como los barrios de obreros de la ciudad y en esos ámbitos se mueve con soltura. Participa de manera directa junto con otros artistas en las manifestaciones y esto le merece que lo expulsen del país y tenga que ir a Bélgica por ocho meses.

Pero a su regreso sorprendería nuevamente.

EL COMBATE

La integración de elementos en sus obras, la insuficiencia de la bidimensionalidad que ha sentido siempre para expresar algunas cosas y la necesidad del volumen para contar ciertas historias, llevan a Juan Luis Rodríguez a concebir una propuesta que impactó en la Bienal de París de 1969.

Se trató de una instalación denominada +El combate con la cual representó a Francia, como artista extranjero en esa bienal.

La propuesta consistía en un cuadrilátero, como los de boxeo, pero en vez de cuerdas tenía alambre de púas, unas esculturas hechas en hielo que representaban a los boxeadores sobre las cuales caía una luz roja que, al derretirse las esculturas, por efecto del calor de la iluminación y condiciones del espacio, daban la idea de sangre; en el centro del cuadrilátero aparecía un gran signo de interrogación. Mientras se escuchaba la grabación rudimentaria de entrevistas hechas a excampeones de boxeo.

A muchos los dejó con la boca abierta. Al día siguiente periódicos tan importantes como Le Figaro publicaron comentarios acerca del impacto que la obra había causado.

Finalmente Juan Luis Rodríguez Sibaja había logrado una forma de expresarse y poner en sintonía con el mundo lo que desde niño lo había impresionado. Había logrado encontrar su lenguaje y su estilo. Estaba en un punto cumbre en su carrera.

Siguieron años de exposiciones constantes en Europa.

Sin embargo, al iniciar la década de 1970, Latinoamérica lo llama. Su interés es que nuevos talentos tengan la oportunidad de surgir y que se les dé mejores condiciones a los jóvenes para estudiar y desarrollarse.

GRABADO EN METAL

Desde hacía años, Juan Luis tenía la idea de que era importante que existiera en Costa Rica un taller de grabado en metal, por lo que gestiona con la Unesco la adquisición de un equipo completo para instalarlo y que sea donado a la Universidad de Costa Rica.

El organismo acepta hacer la donación y propone al mismo Juan Luis para que imparta el curso.

Un medio cultural un poco más maduro y la posibilidad de enseñar a los jóvenes, hacen que el artista decida volver a Costa Rica, tras doce años de vivir en Francia y de haber conformado una carrera importante.

En 1972 inicia sus cursos de grabado en metal en la Universidad de Costa Rica y en 1977 también abre otro taller en la Universidad Nacional.

CLASES EN LA U

La aventura de esa nueva etapa del artista como profesor será un viaje maravilloso que marcó a varias generaciones de artistas.

Provocador, irreverente, ingenioso, solidario, inquietante, iconoclasta, intenso, prófugo de los convencionalismos pero a la vez conocedor hasta la médula de las técnicas y los recursos, Juan Luis Rodríguez trataba de enseñar a sus estudiantes una visión esencial del arte.

Como lo hizo con los materiales, este artista indagó hasta la esencia misma del gesto, de la emoción, del hecho artístico. Como él mismo lo expresa, el arte más difícil de conocer es el arte de vivir.

VOLVER A LAS PIEDRAS Y SU LENGUAJE

Para una exposición hecha hace algunos años en la Galería del Teatro Nacional, Juan Luis Rodríguez volvió a las piedras. Rocas de diverso tamaño que fue reuniendo, esta vez no las  trituró para obtener su esencia material, sino que las dejó hablar, en su lento lenguaje milenario, para el que tal vez no nos alcance la vida para escuchar ni una sílaba. Allí están con su voz esencial y primigenia.

Con estas piezas conformó un conjunto escultórico cargado de emotividad por la sugerencia de figuraciones humanas.

Con sus 80 años, Juan Luis Rodríguez,  fiel a su trabajo creativo, a sus convicciones y a su visión de mundo, sigue proponiéndonos dirigir la mirada hacia la esencia misma de las cosas.

Existe poco material bibliográfico de la obra de este artista. Su retiro de la Universidad ha hecho que muchos jóvenes estudiantes y artistas se hayan perdido la posibilidad de esos intensos procesos de aprendizaje.

Algunas de sus obras murales, como a la entrada de la Biblioteca Nacional o en la recepción del Instituto Nacional de Seguros y recientemente frente a la Biblioteca Carlos Monge, en la Universidad de Costa Rica, llaman la atención sobre el trabajo de este artista, uno de los maestros y precursores del arte contemporáneo costarricense.

Una de las mejores investigaciones hechas hasta ahora sobre la vida y obra de Juan Luis Rodríguez Sibaja es la que preparó la curadora Ileana Alvarado Venegas, titulada +El combate, para el catálogo de la retrospectiva del mismo nombre que realizó la fundación de Muesos del Banco Central en 1995.

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