La seducción de Darío

La casita blanca de adobe en Metapa, cerca de Matagalpa, al pie de las cordilleras épicas del norte de Nicaragua, vio nacer al niño

La casita blanca de adobe en Metapa, cerca de Matagalpa, al pie de las cordilleras épicas del norte de Nicaragua, vio nacer al niño prodigio hijo de un matrimonio forzado: las camas de tablones, las lámparas en la noche, el silencio del campo, un matrimonio que así como se hizo se deshizo. La madre que se lleva al niño hacia Honduras, junto a ella y tras las huellas de un militar que la enamoró.

De Honduras se lo llevó para León una tía abuela y su esposo el Coronel, el mismo que lo llevó a conocer el hielo, como escribiera él bastante tiempo antes de que una editorial argentina publicara +Cien años de soledad en 1967. En la casona esquinera de la ciudad colonial el niño tuvo abrigo y educación, supo de tertulias, de guerras y de libros, se espantó ante una pareja de enanos feos y arrugados que servían a su familia; en los veranos calurosos, viajaba en caravana hacia las playas del Pacífico, atravesando en carretas tiradas por bueyes, cubiertas de piel y de cuero crudo, ríos y campos que muchos años después recordaría en sus escritos.

“Pasaba el tiempo. Yo crecía. Por las noches había tertulia, en la puerta de la calle mal empedrada de redondos y puntiagudos cantos. Llegaban hombres de política y se hablaba de revoluciones. La señora me acariciaba en su regazo. La conversación y la noche cerraban mis párpados… En un viejo armario encontré los primeros libros que leyera. Un Quijote, las obras de Moratín, Las mil y una noches, la Biblia, los Oficios de Cicerón, la Corina de Madame Stael, un tomo de comedias clásicas españolas, y una novela terrorífica de ya no recuerdo qué autor, La Caverna de Strozzi. Extraña y ardua mezcla de cosas para la cabeza de un niño”.

Extraña y ardua la vida del hombre aventurero y genial que llegó a ser aquel niño poeta, reconocido en todas partes y junto a Sandino, Héroe Nacional de Nicaragua. En su autobiografía, no pocas veces finge o reconoce el olvido de momentos que parecerían importantes; curioso género el autobiográfico, ficción que se pretende verdadera, texto que abre panoramas para el estudio de la historia, escrito que habla tanto por lo que dice como por lo que calla y que lo escriben los hombres y las mujeres que, llegados a cierta edad, se saben y pretenden importantes.

De la casona colonial de León salió a recorrer el mundo con su talento como arma, y llegó lejos. Managua, Centroamérica, Suramérica y Europa aclamarían y recitarían sus textos y no pocos borrachos en el mundo reirían, usarían a su favor y defenderían su dignidad herida, repitiendo con el maestro: “el oro en el fango brilla”, ante los ataques de los necios.  Antes de que su fama creciera como la espuma, trabajó en periódicos centroamericanos y uno de tantos días, en el año de 1891, llegó a San José de Costa Rica.

EN SAN JOSÉ

“No puedo rememorar por cuál motivo dejó de publicarse mi diario y tuve que partir a establecerme en Costa Rica. En San José pasé una vida grata aunque de lucha. La madre de mi esposa era de origen costarricense y tenía allí alguna familia”.

El poeta, como quién sabe cuántos otros nicaragüenses en los últimos ciento veinte años, también llegó a Costa Rica a tener una vida de lucha; él, como tantos otros, también tuvo una familia compuesta por miembros de ambos lados de la frontera. Nada nuevo, nada de extrañar entre dos pueblos que siempre serán vecinos.

“San José es una ciudad encantadora entre las de América Central. Sus mujeres son las más lindas de todas las de las cinco Repúblicas, su sociedad una de las más europeizadas y norteamericanizadas.” La capital costarricense de finales del siglo XIX  y sus mujeres blancas encantó a Rubén Darío, cuya voz, movida por la vigorosa y pasajera voluntad del seductor, es capaz de seguir sosteniendo el tan gastado mito de la excepcionalidad costarricense que, con el pasar de los años, a pesar de algunas realidades, a mi juicio, ha provocado más desaciertos que aciertos en las relaciones entre centroamericanos.

“La belleza de la costarricense es una belleza dulce y misteriosa que arrastra las almas”.  Como tantos otros de nosotros, él también se enamoró de una costarricense: Rafaela Contreras Cañas era la suya, con quien vivió en la casa 36 del Paso de la Vaca, de una ciudad de San José, definitivamente, muy distinta a la actual. De la capital costarricense del siglo XIX, fruto del éxito cafetalero y de las pretensiones europeas de nuestros liberales, son pocos los vestigios que quedan y muchas las ilusiones, y del encanto que decía el poeta, probablemente quede el de sus mujeres y el de las montañas que rodean la ciudad en aquel país “cuyos océanos mira el explorador desde la cumbre de sus altos volcanes.”

La vida política, la vida intelectual en San José, recibió bien a Rubén Darío; la conspiración de los cubanos independentistas y algunos nombres de personalidades costarricenses quedaron en su memoria para pasar, con los años, a sus textos autobiográficos.

“Colaboré en varios periódicos, uno de ellos dirigido por el poeta Pío Víquez, otro por el cojo Quirós, hombre temible en política, chispeante y popular; intimé allí con el Ministro Español Arellano y cuando nació mi primogénito, como he referido, su esposa, Margarita Foxá, fue la madrina. Un día vi salir de un hotel acompañado de una mujer muy blanca y de cuerpo fino, española, a un gran negro elegante. Era Antonio Maceo. Iba con él otro negro, llamado Bembeta, famoso también en la guerra cubana. Tuve amigos buenos como el hoy general Lesmes Jiménez, cuya familia era uno de los más fuertes sostenes de la política católica. Conocí en el club principal de San José a personas como Rafael Iglesias, verboso, vibrante, decidido; Ricardo Jiménez y Cleto González Víquez, pertenecientes a lo que llamamos nobleza costarricense, letrados, doctos, hombres gentiles, intachables caballeros, ambos verdaderos intelectuales. Todos han sido presidentes de la República. Conocí allí también a Tomás Regalado, manco como don Ramón del Valle Inclán, pero maravilloso tirador de revólver con el brazo que le quedaba, hombre generoso aunque desorbitado cuando le poseía el demonio de las botellas y que fue años más tarde, Presidente, también, de la República de El Salvador. Después del nacimiento de mi hijo la vida se me hizo bastante difícil en Costa Rica y partí solo de retorno a Guatemala, para ver si encontraba allí manera de arreglarme una situación”.

En la vida de Rubén Darío escrita por él mismo, es decir, en su +Autobiografía publicada por primera vez en el año de 1912, el poeta disfruta hablando de sus aventuras por lugares distantes de su Nicaragua natal, donde siempre era recibido por destacados intelectuales y por influyentes políticos, cuenta luchas y azares en su carrera literaria y penas y alegrías de su vida amorosa. Viajero incansable que deslumbró con sus versos, como pocos centroamericanos lo han hecho, al mundo y a la época que le tocó en suerte vivir.

Darío regresó a morir en León de Nicaragua, a unas cuadras de la casona colonial donde conoció de tertulias y de revoluciones. La casa de Metapa es hoy un museo creado en su honor y Metapa ahora se llama Ciudad Darío; de allí salí el último domingo pensando en este hombre que les ha dado nombre a museos, avenidas, monumentos, teatros, calles y ciudades y pensando también en la ciudad de San José que él conoció hace más de cien años, ciudad de la que hoy en día, cuesta encontrar alguien que la llame encantadora y cuyos políticos, mayoritariamente, distan mucho de ser grandes intelectuales como los que conociera el maestro Rubén, santo de tantos borrachos.

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