Uruguay vuelve a soñar el futuro

Es 2 de marzo y son las tres de la tarde, primer día hábil de Tabaré Vázquez, que asumió el día anterior como el

Es 2 de marzo y son las tres de la tarde, primer día hábil de Tabaré Vázquez, que asumió el día anterior como el primer presidente de izquierda de la historia uruguaya, en medio de una alegría que pareció histórica.

¿Alguna vez hubo tantos uruguayos tan contentos? Sacá el 31 de octubre, cuando ganó el Frente Amplio.

Sí, ésa fue una. Tal vez cuando la gente salió a la calle al fin de la dictadura. Yo estaba en el exilio. Si no es eso, no hay nada comparable. Ahora, la noche previa, la del 28 de febrero, y las vísperas, la gente inventó una consigna espontánea, no pactada, que se repitió de Sayago a Malvín. Decían o «Feliz año» o «Feliz año nuevo», lo que era una locura porque el año ya llevaba dos meses.

Y las cañitas.

En Malvín, donde yo vivo, los tamboriles hasta muy tarde, y las banderas flameando, y los cohetes y las bengalas saludando el nacimiento del año. Era el signo de un tiempo que nacía. O de un país que nacía. O nacía de nuevo, después de haber soportado una existencia dudosa.

Sí, no había discusión sobre cuál sería la primera medida o qué funcionamiento tendría el nuevo gobierno.

Claro, esta vez primaba la enorme alegría. Como el tipo ése que comentó en octubre, cuando se ganó la elección y realmente nos pellizcábamos porque no podíamos creerlo: «Yo quiero que esta noche no se acabe nunca». Una alegría que la gente quería que fuera infinita. Hace tanto tiempo que no tenían ninguna… Este es un país muy castigado, muy apedreado. Los jóvenes que se fueron. Un país vacío de jóvenes. Una hemorragia de población.

 

 

Tabaré dijo en su discurso que el 15 por ciento está afuera.

Y debe ser. Casi medio millón. Muchos jóvenes. Por eso Tabaré anunció que enviaría una ley para que pudieran votar afuera. Porque para más los castigaban negándoles el voto. No solo expulsaban a los hijos jóvenes de esta tierra.

Los emigrados son causa de bajo permanente, ¿no?

Seguro. Primero porque irse no es ninguna fiesta. Pero los que se quedan, condenados a extrañar a los que se fueron, tienen una condena jodida. ¿Sabés por qué no podían votar? Decían: «Los uruguayos que se van no saben lo que pasa acá». Saben más que los que nos quedamos.

Por eso se fueron.

Y obligaban a venir a votar, a pagar el pasaje, conseguir licencia en el trabajo. Facilísimo si vivís en Australia. Y venir y encontrarte con que no estabas en el padrón. Por suerte Tabaré ratificó ese compromiso electoral del Frente. Es bueno que lo que se sabía que iba a ocurrir quede ratificado, y en voz alta. Lo mismo lo de Juan Gelman. Explícitamente dijo que el caso de su nuera no está comprendido en la Ley de Caducidad. Tampoco los asesinatos de Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz. Importante que haya dicho que se va excavar, y que si no está lo que se busca hay que averiguar dónde está. Es bueno concretar los compromisos ante la gente.

¿Qué tipo de líder es Tabaré?

Es típico de los nuevos tiempos en América Latina. Desde el año ’80 tenía militancia en el Partido Socialista, pero no es producto de un partido político. No venía de ahí su prestigio. Venía del barrio. De los comedores populares y de todo lo que hizo en el barrio de La Teja. Y de la resurrección del Club Progreso, fundado por los anarcos y los socialistas a principios de siglo XX, un 1° de mayo, como el Club Chacarita de la Argentina. Progreso estaba olvidado en las catacumbas. Como presidente del club, Tabaré lo resucitó, lo pasó a primera, le ganó a Peñarol y a Nacional y fue campeón.

Eso es el ’89.

Sí. Fue un presentimiento de lo que ocurriría con el país. El de Tabaré es un prestigio ganado en buena ley, de abajo arriba, desde el pie como quería Zitarrosa, y también por su tarea profesional como médico oncólogo, uno de los mejores del Río de la Plata. Los médicos tienen prestigio mágico en América Latina. Los héroes de las telenovelas suelen ser médicos. Salvador Allende era médico, socialista y masón. Era parecido. Allende había sido ministro y senador. Tabaré viene del barrio, el fútbol y la medicina. Es un tipo sencillo, afable, honesto. Buen tipo. Muy uruguayo en su manera de ser.

¿O sea?

Suave, lento. Se toma su tiempo. Como el jugador uruguayo que recibe la pelota y piensa qué va a hacer. Tiene imán. Tiene carisma. Un carisma diferente al del

Pepe Mujica, el otro hombre con carisma de la izquierda uruguaya.

¿Por qué los Tupamaros son la única guerrilla de Sudamérica que conserva el prestigio de antes, aunque ya no sean guerrilleros?

Junto a los zapatistas de México, que rápidamente se convirtieron en otra cosa, fue la guerrilla menos militarizada en América Latina. Hubo algunas desviaciones, algunos  errores. Alguna cagadita que otra se mandaron. Por excepción, no por regla. Pero, comparando, fue el movimiento guerrillero que se distinguió por el respeto de la vida humana. Esto preservó una cierta línea de continuidad que les permitió reinsertarse en la democracia con toda naturalidad y con un enorme éxito.

El Movimiento de Participación Popular es la fuerza más representativa dentro del Frente Amplio.

No es moco de pavo, ¿no?

Cuando uno habla con dirigentes como Mujica o como Eleuterio Fernández Huidobro no los ve nostálgicos en política.

No, y tampoco al revés. No tienen el razonamiento de los arrepentidos, de hablar solo de un período negro. No descubrieron la democracia como quien descubre a Jesús, como los iluminados. Lo ven como una continuidad de lucha, de afirmación de los principios que los movieron. En otra circunstancia histórica, donde los cauces democráticos estaban cerrados o muy ensuciados. También había una cierta visión idealizada de la lucha armada a partir de la experiencia cubana, que tuvo una enorme proyección, y también del mensaje de la vida del Che.

Tupamaros es de principios de los años ’60.

Y estuvieron también muy signados por la actividad de Raúl Sendic en el interior, en la fundación de sindicatos en el norte del país. Lo llamaban «El justiciero». El régimen ya estaba muy agotado y empezó con las respuestas violentas. Después vinieron los años de la dictadura militar, años de mugre y miedo. Este país fue muy lastimado. Se convirtió en el país con mayor cantidad de torturados por habitante en el mundo. Y bueno, después vino el período tambaleante de una democracia que empezaba a caminar con dificultad y que yo creo que ha encontrado en la izquierda una fuente de energía tremenda. Sobre todo a los ojos de los jóvenes, de los pocos que quedaban y de los que estaban escondidos abajo de las piedras y ahora aparecen en las calles. Esto es un milagro bíblico. Súbitamente el país tiene los jóvenes que le faltaban.

Y creen, recuperan la confianza.

¿Qué produjo ese nivel de credibilidad del Frente Amplio?

La expectativa del cambio. Y cuidado con eso. Algunos compañeros, algunos amigos, hablan tanto de las virtudes de la continuidad que pierden de vista lo más importante, que es la necesidad de marcar la diferencia.

Te votaron para eso.

Si no para qué ¿La democracia es para elegir entre lo mismo y lo mismo? No. Y no hablo de cambios inmediatos. El Frente no vendió carne podrida. Dio esperanzas legítimas, ciertas, transparentes, comunicadas con mucha honestidad. Nunca se dijo que en una semana esto sería el paraíso terrenal. Jamás. Decían: «Viene un tiempo de sacrificio, de espera, será muy complicado». Lo importante es que no se pierda el rumbo de cambio. Es lo decisivo. Sin rumbo los muchachos tendrán derecho a preguntarse si la democracia es un circo donde los políticos hacen piruetas.

Hablabas de Tabaré surgido del barrio. ¿Por qué el barrio como fuerza de organización social en Uruguay no se rompió?

Se lastimó. En las últimas décadas, y no sólo por la dictadura militar sino por el proceso avasallante e implacable de esto que llaman globalización, los vínculos sociales han sido muy lastimados o rotos. Un modelo de vida te obliga a devorar al prójimo para sobrevivir. En el Uruguay mal que bien esos vínculos se han podido salvar probablemente gracias a la condición prehistórica de este país. Estamos charlando en una ciudad donde todavía se puede respirar y caminar, que son dos lujos inimaginables en el mundo moderno. Y acordate de las dimensiones chiquitas de un país que todavía conserva espacios entrañables, esos reductos últimos de la solidaridad que son los vecindarios, en gran parte también porque pudieron sobrevivir y hasta florecer en medio de la crisis, y en cierta medida incluso por ella, unas cuantas cooperativas que fueron naciendo a medida que la gente necesitó encontrar la manera de defenderse juntándose. Cooperativas de vivienda, gente que construyó sus propias casas, artesanos que se juntaron frente a la tragedia del desmantelamiento de toda la estructura productiva de este país. Al principio manu militari, pero después, a comienzos de la democracia, cuando blancos y colorados empiezan a ponerse de acuerdo en convertir al país en un banco con vista al mar y cuatro vaquitas atrás.

Salió mal.

Se llevaron mil millones de dólares. Y el Estado, sordo y ciego, no vio ni escuchó nada. Era ya el Estado ausente. El Banco Central no existía. No había ningún control de nada Antes de irse, el gobierno de Jorge Batlle reconoció que los Rohm operaban a través de una empresa que no tenía existencia legal.

Ni siquiera estaba inscripta en la DGI uruguaya.

No, y lo contaban como quien dice que llueve. Hay que tener fe en el capital financiero como fuente de algo que no sea corrupción y negocios cochinos, delincuencia… El viejo Bertolt Brecht lo decía, y es verdad: «Es un crimen asaltar un banco, pero más crimen es fundarlo». El Frente nunca entró en ese juego de ilusiones, en ese espectáculo de las sombras chinas en la pared. Siempre apeló al país productivo.

Es lo que se va a intentar ahora. Energía hay. Y talento humano también, porque el Uruguay tiene buen nivel de formación como para intentar algunas aventuras creadoras. Pero este país se vació de jóvenes y está estrangulado por la deuda. Y además, gravemente enfermo de desesperanza. La gran novedad es que la esperanza volvió. Igual siempre les recuerdo a los compañeros que los malos poetas del realismo socialista nos decían que la esperanza es de acero. De acero no es. De cristalito, nomás. Cuidado que no se nos rompa en las manos, porque después cuesta generaciones recuperar esto que suena tan bien. Hay otra luz en la cara de la gente en este país sometido a largos años de tristeza obligatoria. Era, hasta hace poco, un país apagado. Yo siento que se iluminó, que se encendieron luces por todos lados. Esas luces están en la cara de la gente.

Fue impactante ver el fenómeno de una bandera por persona. No había una bandera de cabeza y la gente atrás.

Y otra cosa que me llamó la atención bien, un dato que hace a la cordialidad nacional, porque éste es un pueblo cordial, es que no hubo ni un solo episodio de violencia ni en el festejo de la victoria ni en este festejo de la vida nueva. Salvo cosas normales, como la gente que silbó al escuchar cuando Batlle decía que le entregaba a Tabaré un país en crecimiento. A los números les está yendo muy bien, pero la gente no se ha enterado. El derecho de la gente a ser ella misma es la soberanía de verdad. Eso está en contradicción con la tradición jodida, herencia de la estructura colonial, que es la tradición de la impotencia, de la realidad intocable, de hasta aquí llegamos. Es lo que nos dejaron de regalo los frailes fatalistas y los doctores papanatas. Podés mirar de lejos la realidad. Podés aplaudirla o podés abuchearla. Pero tocarla no. Cambiarla, menos.

¿En qué pesa que el gabinete esté formado por ministros que ya eran adultos en la década del ’60?

Son viejos. El Uruguay es un país de viejos.

Revolución cubana y sexo libre.

Los hippies al poder, decís. Los compañeros que son ministros mantuvieron viva una energía juvenil que es de agradecer, ¿no? Y una cierta capacidad de creer a pesar de todo. Y son gente muy castigada. Mujica dijo con razón en el Congreso: «Yo tengo muchas mataduras en el lomo». Un amigo argentino me decía: «No pudieron convertirnos en ellos». Siempre lo tengo muy presente. Veo a los compañeros del gabinete con esa capacidad linda de entrega, de solidaridad, que te hace no terminar en vos mismo y en tus pequeñeces. Eso es lindo. Es una buena herencia de aquella generación que habrá metido la pata mil veces pero que vivió un tiempo de locura. Un tiempo en el que nadie discutía que la pobreza era el resultado de la injusticia. Ni los tipos de derecha lo discutían. Ahora, para muchos fuera de la izquierda, la pobreza es el castigo que la ineficiencia merece. Hay que reconstruir los conceptos de justicia e injusticia. El mundo de hoy es mucho más injusto que aquel mundo.

En mi infancia bailaban en la calle hasta los paralíticos. Pero hoy el carnaval sigue un acontecimiento largo, como un sello. Hoy, como entonces, los temas son política y vida cotidiana. Cantos sobre el aumento del precio del boleto, sobre un escándalo con algún diputado… El carnaval es la revancha del mendigo frente al rey.

Cuando me estaba yendo de la Argentina empecé a escribir Días y noches de amor y de guerra. Lo terminé en España. Tiene como un umbral, esas frasecitas que ponés al principio, de Marx: «En la historia, como en la naturaleza, la podredumbre es la fuente de la vida». A mí siempre me pareció una definición perfecta de lo que es la dialéctica. Bueno, el libro se publica en español y cuando empiezan las versiones en otras lenguas el traductor alemán, con germánico sentido de la responsabilidad de su oficio, me dice: «Estoy buscando la frase y no la encuentro. ¿De dónde la sacaste?». Le dije que la buscaría. Yo de verdad que leí a Marx. Incluso El Capital, con un profesor argentino. Me puse a hurgar y nada. Al final me di cuenta de que estaba dedicando mi vida a buscar esa frase. Le dije al alemán: «Me vas a perdonar. No sé de dónde viene. Si querés ponela y si no sacala». Y el alemán me dijo que la dejaría porque la frase era muy buena. Y ahí llegué a la conclusión de que la frase era de Marx pero se había olvidado de escribirla. Era mi resumen de lo que yo mismo había leído. Y eso es lo más importante que uno puede recibir como herencia: la certeza de que la contradicción es la fuente de la esperanza, porque de todo lo peor viene lo mejor.

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