A cien años de la publicación de +Platero y yo

Este año se cumple el centenario de la publicación de +Platero y yo, que le dio fama al poeta Juan Ramón Jiménez, amante de

Este año se cumple el centenario de la publicación de +Platero y yo, que le dio fama al poeta Juan Ramón Jiménez, amante de la belleza y de la perfección

El 16 de diciembre de 1914, Europa estaba en la Gran Guerra, era un martes, a las 7 de la tarde, hora de España, Juan Ramón Jiménez, poeta sevillano, tenía en sus manos el primer ejemplar de la primera edición de su obra +Platero y yo.

Fue editado por Ediciones de lectura, una modesta editorial que confeccionaba libros pedagógicos, para jóvenes estudiantes y pedagogos, este libro le daría fama y reconocimiento al joven poeta, pero como siempre, él nunca lo sabría y cuando lo sospechaba, tampoco lo asimilaba.

El autor deseó postergar la edición del libro, el editor, un joven amigo y,  por amigo, “testarudo” (según estudiosos de Juan Ramón), se empeñó en publicar la obra. Juan Ramón insistió en un no, luego accedió en lo que consideró una somera edición predivulgativa; para ello seleccionó entre sus apuntes de Platero, 63 narraciones cortas. Juan Ramón soñaba con una obra plena, a su gusto. Salvadora del espíritu y de la vida sencilla en el campo y su paz.

Una obra para serenar la madurez y reflexionar en la valía de las cosas sencillas consiste verdaderamente en vivir como ser humano. El editor, “testarudo”, hizo casi, sino del todo, una edición escolar del libro, la mandó a ilustrar con grabados infantiles de mariposas, nubes, predios y burritos a colores. La obra era manual, de escasos 12 x 7 x 1 cm.

Juan Ramón, desde la primera edición, agregó un Prologuillo-advertencia, “Yo nunca he escrito ni escribiré nada para niños, porque creo que el niño puede leer los libros que lee el hombre, con determinadas excepciones que a todos se le ocurren”.  La suerte estaba echada. La fatalidad hizo el resto.

En  1917 el autor cambió de editor y aumentó la obra a 138 narraciones cortas; era la segunda edición de +Platero y yo, la que sería llamada edición definitiva. Sin embargo, el autor tenía una muy personal manera de vivir como escritor y de hacer su oficio de escritor, continuamente corregía y aumentaba lo que había escrito y publicado. La renovación era incansable e infinita, como el transcurso de los días y de las experiencias en la vida, como el deseo de inmortalidad y de volver a las prístinas vivencias de la vida inocente, del amor perdido o secuestrado por la implacable hermana muerte, del acceso diáfano y sincero a Dios deseado y deseante. Algo similar encontramos en Flaubert y en mis siempre queridos Vicente Aleixandre y Jorge Guillén.

Así, +Platero y yo se perfilaba en la vocación de Juan Ramón con una ampliación a 190 narraciones siempre cortas y a una continuación en un segundo tomo titulado La otra vida de Platero. Sin embargo, todo esto quedó inconcluso y en borradores entre carpetas y entre esperanzas de sueños.

Nunca sabremos nada de cuánto quiso escribir el poeta sevillano en estas ampliaciones.  En 1956 Juan Ramón ganó el Premio Nobel de Literatura, dos años después, en su autodestierro en Puerto Rico, moría añorando el reencuentro con el asnillo Platero y su amada esposa Zenobia, clásica traductora al castellano de Tagore, también Premio Nobel de Literatura.

Hoy, desde 1958, Juan Ramón, Zenobia y Platero descansan por un Noguer inmortal, una Huelva sencilla y sin modernidades cansinas y antihumanas, ante una naturaleza primitiva e inocente y siempre eterna. Hoy Juan Ramón ve a su borrico del alma como él siempre quiso verlo, llegando sin alejarse, ese mismo Platero “pequeño y peludo, tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos”.

Finalmente, dos observaciones: Una: parece que algunos leen que +Platero y yo requiere lecturas e interpretaciones autobiográficas y que, de alguna forma, es presumible una identificación entre el Yo y Platero. Es interesante la inquietud, pero peca de peligrosa y de quizás rebajar el valor de la amistad y del cariño a todos los seres y entre todos los seres, incluidos un borrico y toda la naturaleza, cosas por las que luchaba y escribía con fiereza poética nuestro escritor.

Dos: que un rayo parta en cuantos pedazos se le ocurra a quien ose hacer de +Platero y yo un “texto” de dictado y ortografía. A +Platero y yo hay que leerlo, y solo se puede leer cuando el alma se enamora y fluye sin temor entre las líneas, las páginas y lo que se narra en ellas. Por eso leer por acatamiento a la gramática y a la memorización de argumentos, historias y circunstancias es el asesinato del alma y de la naturaleza, y es también el asesinato de la obra y del escritor, y lo es también asesinato del espíritu de la educación misma.

Esos asesinatos, que efectúan algunos e instituciones en la vida social, eran los denunciados por Walt Whitmann,  pero también por Edgar Allan Poe, Unamuno, Kierkegaard, Ibsen, Chejov, Kafka, Tolstoi, Carlos Gagini, Pedro Salinas,  Jorge Guillén, Ortega y Gasset, Xavier Zubiri, Oscar Wilde, Charles Dickens, Gustavo Adolfo Becquer,  Primo Levi, Ana Frank, Aquileo Echeverría, Joaquín García Monge, Ana Cristina Rossi y por supuesto nuestro autor, el Nobel de Literatura Juan Ramón Jiménez.

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