El curioso caso Flitcraft

Un hombre llamado Flitcraft había salido un día de su oficina de bienes raíces en Tacoma para ir a almorzar, y nunca había regresado.

Un hombre llamado Flitcraft había salido un día de su oficina de bienes raíces en Tacoma para ir a almorzar, y nunca había regresado. Faltó a una cita para jugar al golf después de las cuatro de aquella tarde, aunque él mismo había tomado la iniciativa de concertarla sólo media hora antes de salir a almorzar. Su esposa y sus hijos nunca volvieron a verlo. Aparentemente, su esposa y él estaban en excelentes relaciones. Tenían dos hijos varones, uno de cinco años y el otro de tres. Era dueño de una casa en un suburbio de Tacoma, de un Packard nuevo y de los demás accesorios que integran una próspera vida americana.

Flitcraft había heredado setenta mil dólares de su padre, y esto, unido a sus éxitos en el negocio de bienes raíces, lo hacían poseedor de unos doscientos mil dólares en la época de su desaparición. Sus asuntos estaban en regla, aunque presentaban demasiados cabos sueltos para suponer que los había puesto en orden con el propósito de desaparecer luego. Un negocio que le hubiera aportado una ganancia atrayente, por ejemplo, debía acabarse al día siguiente del de su desaparición. Nada permitía sugerir que llevara consigo más de cincuenta o sesenta dólares en el momento de su partida. Su conducta en el curso de los meses precedentes podía ser descripta tan minuciosamente que no justificaba la menor sospecha de vicios secretos o de la existencia de otra mujer en su vida, aunque ambos supuestos eran escasamente verosímiles. Se fue así, como un puño cuando uno abre la mano.

Eso fue en 1922. En 1927 Sam Spade se encontraba en Seattle empleado en una de las grandes agencias de detectives. Mrs. Fliteraft nos visitó y nos dijo que alguien había visto en Spokane a un hombre que se parecía mucho a su marido. Spade se fue hasta allí. Era Fliteraft en carne y hueso. Había estado viviendo en Spokane durante un par de años, con el nombre de Charles Pierce.

Tenía un negocio de automóviles que le rendía unos veinte o veinticinco mil dólares al año, una esposa, un hijo, era dueño de una casa en un suburbio de Spokane y solía jugar al golf después de las cuatro de la tarde durante la temporada. A Spade no se le había dicho muy definidamente lo que debía hacer cuando encontrara a Flitcraft. Conversando en la habitación que Spade ocupaba en el hotel Davenport, Fliteraft no tenía el menor sentimiento de culpa. Había abandonado a su primera familia dejándola con suficientes recursos, y lo que había hecho le parecía perfectamente razonable. Lo único que le preocupaba era saber si podría explicar a Spade con bastante claridad todo lo razonable de su conducta. Hasta entonces no había relatado su historia a nadie, y, por consiguiente, no había intentado hacer explícita su racionalidad. Lo intentó entonces.

Spade lo comprendió perfectamente, pero Mrs. Flitcraft no. Pensaba que la historia era tonta. Tal vez lo fuera. De todos modos, el asunto terminó bien. Ella no quería ningún escándalo y después de la mala pasada que él le había jugado (así juzgaba ella el asunto), ya no deseaba seguir viviendo con su marido. Así, pues, se divorciaron en secreto, y todo el mundo quedó contento.

Ahora verá lo que sucedió aquel día. Al ir a almorzar, Flitcraft pasó delante de un edificio al que estaban demoliendo; sólo quedaba el esqueleto. Una viga o algo así cayó desde ocho o diez pisos de altura, golpeando la acera a su lado. La viga le pasó rozando, pero no lo tocó, aunque arrancó un trozo de baldosa que fue a herirlo en la mejilla. Sólo le levantó un pedacito de piel, pero aún conservaba la cicatriz. Mientras lo contaba, se la frotaba con un dedo…, bueno, con mucho afecto. Como es natural, se quedó rígido de miedo, según dijo, pero en realidad más sobresaltado que asustado. Sintió como si alguien hubiera alzado la tapa que cubre la vida, permitiéndole ver su mecanismo.

Flitcraft había sido un buen ciudadano, un buen esposo y un buen padre, no por coacción exterior, sino simplemente porque era un hombre que se sentía más cómodo cuando marchaba de acuerdo con su ambiente. Lo habían educado de esa manera. La gente que conocía era como él. La vida que conocía era un asunto limpio, ordenado, cuerdo, responsable. Ahora, una viga desprendida le demostraba que la vida no era fundamentalmente ninguna de esas cosas. Él, el buen ciudadano, el buen esposo, el buen padre, podía ser borrado del mundo entre su oficina y el restaurante, merced a la intervención de una viga desprendida. Comprendió entonces que los hombres morían por azar y vivían solo mientras la ciega casualidad los respetaba.

No fue, esencialmente, la injusticia de todo esto lo que lo perturbó: la aceptó no bien se repuso de la primera conmoción. Lo que lo inquietó fue descubrir que al ordenar sus asuntos tan prolijamente había marchado en desacuerdo, y no en armonía, con la vida. Dijo que antes de haberse alejado veinte pasos de la viga, comprendió que nunca volvería a conocer la paz hasta no haber ajustado su conducta a ese nuevo vislumbre de la esencia de la vida. Cuando terminó su almuerzo, ya había encontrado la manera de conseguirlo. Su vida por el azar de una viga caída: él cambiaría su vida por el azar de una mera huida. Amaba a su familia, dijo, tal como suponía era lo corriente, pero sabía que la dejaba con suficientes recursos y que su amor por ella no pertenecía al género de los que haría penosa su ausencia.

Se fue a Seattle aquella misma tarde, y desde allí, en barco, hasta San Francisco. Durante un par de años anduvo vagando por muchos lugares, y luego fue hacia el Noroeste, se estableció en Spokane y se casó. Su segunda mujer no se parecía a la primera en lo físico, pero tenían más puntos de semejanza que de diferencia. Ya sabe, esa clase de mujeres que juegan bien al golf y al bridge y que se enloquecen por una nueva receta de ensalada. No sentía remordimiento por lo que había hecho. Le parecía bastante razonable. No creo que haya comprendido siquiera que había vuelto a atarse al mismo mecanismo del que había saltado en Tacoma. Pero esta es la parte del asunto que siempre me gustó más. Se adaptó al hecho de que las vigas caían, y cuando dejaron de caer, se adaptó al hecho de que ya no cayeran.

Extraído del capítulo 7 de +El halcón maltés

Tomado de una serie de relatos publicados por el suplemento cultural de +El país.

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