El Velazquez de Santiago Porras

Existe en la musa de Santiago Porras, escritor hermano de Guanacaste, algo así como el rumor de un pedregal, si es que las piedras

Existe en la musa de Santiago Porras, escritor hermano de Guanacaste, algo así como el rumor de un pedregal, si es que las piedras pudieran cantar como lo hace el arroyuelo amigo…

Y en Santiago Porras, al contar de los años, hemos observado al joven coleccionista de ensueños.

Y hoy, ya viejo al regreso por los senderos de lo imposible nos ha escrito un libro.

Es que no lo sabemos hacer, no.

Para alguna gente la Universidad es un mal paso. Y es por ello que los egresados universitarios rara vez intentan hacer el recuerdo de una oda a las puertas donde recibió la educación.

Su libro ALLA EN EL ZAMORANO está diseñado como una cornucopia de los recuerdos.

El libro trata de las vivencias en el arduo transitar del estudiante en agronomía en las aulas de la Escuela Agrícola Panamericana llamada “El Zamorano”.

Allá de tarde en tarde revistas y periódicos publican un anuncio:

Se necesita ingeniero agrónomo.

Requisito:

Egresado de El Zamorano.

Santiago Porras que se inició en la Universidad como peón de pico de pala requisito extra del aula, conoció de San Antonio de Oriente a un catracho tan humilde, tan sencillo, como un pantalón de manta.

El oficio conocido en el pueblo San Antonio de Oriente, era el de la barbería.

Y como barbero este hombre ganaba tres lempiras a la semana. Caminaba despacio, era tartamudo, silencioso como una quebrada en el verano, henchido de aridez al igual que una palada de tierra estéril.

José Antonio Velázquez, como barbero, era tímido, poseía un temblor entre sus dedos y de ahí que no era el mejor actuar exponer el cuello ante su navaja.

Este hombre solía ser el barbero de todos los muchachos que desde todos los rumbos de América eran urgidos de sabiduría agrícola y por ello estaban ahí en Honduras, a pocas milla de Tegucigalpa.

Santiago Porras en este libro nos hace la semblanza de un genio en la pintura.

José Antonio Velásquez deambula entre las páginas de esta creación literaria de don Santiago, como se asoma en el camino del arte la vida de un  hombre que no es de color azul, ni amarillo. La descripción es incolora o pueda que no pase del gris. Cuando José Antonio Velásquez no tenía un cliente en su silla haraposa y desvencijada, salía por los caminos de San Antonio de Oriente con sus pinturas metidas en un saco viejo, tan viejo que el viento ya tiempo lo había sacrificado.

Un pintor de charral, que dibujaba la hoja del plátano en cada cuadro, la tristeza de un ave que no podía volar, el descolorido barandal de corredor colonial que antes fue una casa de bien.

En la línea misteriosa del escritor se asoma para bien de nosotros, la biografía de un barbero que años después deslumbraría con sus obras primitivistas las grandes galerías del mundo.

Santiago Porras nos obliga en este libro a meditar también. La Escuela de El Zamorano se amasó con sangre.

El agradecimiento no inhibe al escritor para narrarlo pues ello carga sobre sus hombres el signo del artista. El oro que se gastó en la creación de esta Universidad, hoy famosa en las fronteras del mundo, venía desde los ríos de sangre que como la Herencia del Diablo, ubicó en nuestras montañas la Compañía Bananera descrita con títulos del horror por Carlos Luis Fallas, el único y el más grande de los escritores que ha nacido en nuestra  patria y cuyo libro MAMITA YUNAI narra la vergüenza del  hombre cuando se convierte en un lobo hambriento….

New York, París y México atesoran al día de hoy las pinturas del Maestro José Antonio Velásquez.

Y, gracias a las gracias, en este libro de Santiago Porras con vehemencia y admiración, se nos presenta el retrato de este barbero que para hacer descanso de navajas, tijeras y peines, solía caminar por ahí, por ahí, las callejuelas de San Antonio de Oriente, y empapar su pincel en nubes de colores, rosas de sangre, helechos brumosos, riveras, de una a una, todas las quebradas y además, engendrar sobre la tela grisácea, toda la sinfonía que los dioses le habían dejado en la punta de sus dedos en la palma de sus dedos.

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