La salida del sol y de la luna

Soy un ferroviario. Conduzco una hermosa locomotora de vapor de 156 toneladas, 1400 caballos de fuerza y capaz de llegar a los 95 kilómetros

Soy un ferroviario. Conduzco una hermosa locomotora de vapor de 156 toneladas, 1400 caballos de fuerza y capaz de llegar a los 95 kilómetros por hora. Según reza en unas placas colocadas en los costados, fue construida en 1922 en las factorías de “The Baldwin Locomotive Works. Philadelphia, Pennsylvania. USA”

Mi querida locomotora negra, de quien conozco todas sus intimidades y toda su capacidad de tracción.

Gozo el bramido de lahulla en los fogones y amo la energía del vapor de agua, el ritmo trepidante de los pistones y las bielas, los escapes de las válvulas, el canto de la campana de bronce… la poderosa vida metálica y mecánica de esta especie de amante mía.

(Es necesario indicar que la compañía ferroviaria que me emplea desde hace casi cuarenta años ha aceptado, con mayor benevolencia, conservar hasta mi jubilación, ya cercana, esta última “aspirante al museo” como dicen con sorna –y acierto- mis compañeros. Por otra parte, muchos pasajeros románticos prefieren viajar conmigo –a pesar de que la ropa y la piel, al salir de los túneles, muestren una constelación de pequeños puntos de hollín- y deleitarse con el incomparable silbato y su sonido evocador, nómada, melancólico…)

 

Cito en apoyo de mi preferencia, dos fragmentos de la “Oda a los Trenes del Sur”, de Pablo Neruda:

“…

y entonces

en el medio de las vegetaciones,

en la raya

de la multiplicada cabellera,

un penacho perdido,

el plumero

de una locomotora furtiva

con un tren arrastrando

cosas vagas

en la solemnidad aplastadora

de la naturaleza,

lanzando

un grito

de ansia,

de humo,

como un escalofrío

en el paisaje!

…”

Y más tarde:

“…

y el tren

su chisperío

de carbón abrasado

reparte

…”

¿Verdad que un moderno convoy eléctrico, brillante, de impecable diseño aerodinámico y a una velocidad endiablada, no lo hubiera utilizado el poeta para hacerlo parte de la “solemnidad aplastadora de la naturaleza”, la que se sentiría, además, irrespetada por un pito agudo, vulgar e indignante?

Me permitiré mencionar a otro escritor, el jovial doctor alemán Paul Karlson:

“Una buena, honorable máquina de vapor, una locomotora, es ciertamente una cosa comprensible, un algo que se puede llamar humano. Ella presta sus servicios silbando y resoplando; recorre su camino haciendo ruido con claras muestras de contento y llega a la estación trasudando aceite, sucia, con palmaria evidencia de que ha hecho un trabajo, un duro y honrado trabajo.”

¿Se puede decir lo mismo de un máquina movida con motores diesel o con electricidad o, peor aún, dotada de suspensión magnética?

 

Hoy he salido sin coches porque debo llevar la locomotora a una estación lejana, desde donde partiremos pasado mañana en viaje internacional con un furgón de equipaje y diecisiete vagones de pasajeros.  Ahora en el ténder (1) me acompaña Jacinto, mi fogonero, y el día de la partida subirá conmigo Vicente, en calidad también de maquinista

A velocidad máxima cruzamos esta región del país, un deshabitado páramo en el que los rieles, perfectamente horizontales y rectos, “abandonan el paralelismo para unirse en el horizonte.”

Azul el cielo, ocre el suelo, y en la enormidad una oruga negra que corre, corre y no parece avanzar, a no ser por el terreno cercano que veo deslizarse veloz hacia atrás.

“Qué lástima –me digo- que esta vía no conduzca a la República de la Felicidad…”

 

Viaja el tiempo en la distancia. Y el percutir de las ruedas en las uniones de los rieles, la luz enceguecedora, el calo y el balanceo de la locomotora me producen una peligrosa somnolencia. Para combatirla… me dedico a recordar el último y lejano día que pasé con Ella.

En ese instante noto que un hito, el correspondiente a los 250 kilómetros recorridos desde la Estación Central, se acerca vertiginoso y pasa como un látigo junto a la máquina. Conozco palmo a palmo este trayecto y por eso me asombra que a unos trescientos metros más allá se levante una señal de agujas (2) ¡que no existía hace dos semanas!

Aplico los frenos con fuerza pero sin permitir que las ruedas patinen en los rieles, llega a la señal y la sobrepaso.

Jacinto grita, alarmado, preguntando qué sucede. Lo tranquilizo. La locomotora se detiene jadeante y la hago retroceder para observar el extraño acontecimiento. Tomamos tierra y, estupefactos, vemos un cruce hacia la derecha, hacia el Este, cuyas vías, también rectísimas, se lanzan hacia lontananza. Nos volvemos a ver, como en busca de una respuesta en la mirada del compañero. ¡Esto es imposible! No existe tampoco el poste con el nombre y el número de la ruta, además de que en esa dirección no hay localidad ni destino alguno…

¿Qué está ocurriendo?

Me gana la curiosidad. Llamo por radio a los factores (3) de las estaciones de origen y destino para avisar que llegaré algo después de lo establecido con el pretexto de una pequeña avería en el manómetro (4) del vapor, porque decir la verdad sería una insensatez.

Quiero saber qué acontece. Le ruego a Jacinto que me dé agujas (5) y lo invito a la investigación, pero me responde, receloso, que prefiere esperarme. Entonces, expectante, tomo vía en los rieles misteriosos. A media velocidad avanzo unos cinco kilómetros dentro de una atmósfera ilusoria, extraña, diría que surrealista, en la que hasta el ruido de la locomotora parece lejano y como acompañado de una cierta musicalidad ecoica y enigmática.

De pronto me encuentro ante un puente de arco inferior, por lo que no era visible a la distancia. Detengo la máquina y me acerco a la estructura, de unos trescientos metros de longitud, que une los bordes de un profundísimo desfiladero, un terrible tajo en la piel del yermo que no figura en los mapas. El puente emite un extraño fulgor azul, una fosforescencia visible aún bajo el sol despiadado.

Subo de nuevo a mi máquina y entro al viaducto rutilante a no más de quince kilómetros por hora. El abismo bajo las ruedas puede tener doscientos metros de profundidad. Me siento intranquilo ante lo ignoto.

Y al alcanzar la otra orilla el clima cambia súbitamente. Yo no se siente el calor y una deliciosa frescura baña la tierra esteparia.

Vuelvo a preguntarme: ¿Qué está ocurriendo?

Por fortuna no aumenté la velocidad, porque a unos cien metros de puente… ¡la vía desaparece!

Freno en el acto, bajo a tierra e inspecciono los rieles. Sí, acaban de pronto junto con los durmientes, a cinco pasos adelante del miriñaque (6)

 

La soledad es abrumadora. ¿Dónde estoy?

Observo una y otro vez el horizonte que me rodea, y al disponerme a volver a las agujas y contarles a Jacinto y luego a Vicente esta experiencia que parece fruto de de la imaginación de Chirico (7) –no quiero referirla a mis jefes- noto hacia Levante un lejano punto blanco, único bajo el azul y sobre el ocre, que no soy capaz de definir. Aguzo la vista y, después de unos minutos que me parecen eternos, percibo que se trata de alguien que se acerca. Espero otro rato curioso e intranquilo, y distingo una mujer con un traje blanco que corre hacia mí.

Un relámpago de duda, sorpresa, interrogación, perplejidad, sospecha y alegría –todo unido- estalla ante mi vida.

-¿Es mi amada?- grito con todas las fuerzas de mi pecho.

-¡Sí, sí, soy yo…! –escucho desde la distancia.

Emprendo una arrebatada carrera, y luego de otros momentos infinitos caemos jadeantes en el abrazo enorme de dos diminutas figuras en el desierto inmenso.

 

Cuando puedo hablar le pregunto de este prodigio. No me contesta. Se limita a señalar lo que hay a mis espaldas.

Miro hacia atrás… La locomotora, la vía férrea, el puente y el abismo ¡han desaparecido!

Atónito la interrogo con la mirada.

-Varias veces me dijiste que, aunque fascinado, no creías en mis artes mágicas…

-Sí –balbuceo- lo… lo recuerdo…

-Pues, como ves, eran y son verdaderas. –Sus ojos se hacen estrellas: -Y ahora caminemos juntos.

-Estar juntos es lo que más deseo… pero…

-¿La locomotora? Tu querida máquina –y sonriendo: -de la que me he sentido a veces celosa, es conducida en estos momentos por Jacinto, quien le contará a Vicente lo que nunca creerá.

-¿Es posible? ¿Es verdad lo que estoy viviendo?

-Sí –me responde con la mayor naturalidad-. Pero en ese momento lo importante es caminar hacia el Este.

-¿Adónde?

Aún mis pensamientos son confusos y mi amor y mi alegría se amalgaman con la ininteligible.

-A una Patria en la que a los Minerales, a los Animales y a los Vegetales se nos dé la posibilidad de encontrar la dicha.

-¿Cómo hacerlo?

-Abandonando la humanidad.

-¿…?

-Sí. –Ahora sus ojos se hacen brasas:- Porque se ha declarado incapaz de vivir con decoro. Porque es la única raza que no es digna de habitar la Tierra. Porque hizo fracasar, o puso tras las rejas, o asesinó, a aquellos que buscaron apasionadamente un mundo en el cual fuera posible darle curso al Amor. Vamos. Alejémonos de ese mundo ingrato y en destrucción, incapaz ya de ser redimido. Presenciemos la salida de un nuevo Sol y de una nueva Luna.

-¿Pero no será ese país tan irreal como concreto el que dejamos?

-Todo lo desconocido es irreal. Sin embargo, para convertir en verdad lo que no existe, es preciso crearlo. Vamos. Dame la mano…


Glosario

(1)   Ténder: Vagón enganchado a la locomotora, que lleva el combustible y el agua necesarios para alimentarla durante el viaje.

(2)   Agujas: Porción de rieles móviles, que en los ferrocarriles sirven para pasar un tren de una vía a otra.

(3)   Factores: Empleados que cuidan de la recepción, entrega o expedición de las mercancías y equipajes.

(4)   Manómetro: Instrumento que sirve para indicar la presión de los fluidos.

(5)   Dar agujas: Activar el mecanismo para que las agujas se muevan.

(6)   Miriñaque: Aparato colocado delante de la locomotora para apartar cualquier obstáculo que le estorbe el paso.

(7)   Chirico: Giorgio de Chirico (1888-1978), pintor italiano nacido en Grecia, uno de los iniciadores del surrealismo. Se ha dicho que su pintura es “metafísica”.


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